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CAPÍTULO X. Marchas

Las marchas son un mero paso de una posición a otra bajo dos condiciones primordiales.

La primera es el cuidado debido de las tropas, de modo que no se malgaste ninguna fuerza inútilmente cuando pueda ser empleada con provecho; la segunda es la precisión en los movimientos, para que estos encajen con exactitud.

Si marcháramos con 100.000 hombres en una sola columna, es decir, por un solo camino sin intervalos de tiempo, la retaguardia de la columna jamás llegaría al destino propuesto el mismo día que la cabeza de la misma; tendríamos que avanzar a un ritmo desacostumbradamente lento, o la masa se dispersaría en gotas, como un hilo de agua; y esta dispersión, unida al esfuerzo excesivo impuesto a los de la retaguardia debido a la longitud de la columna, pronto sumiría todo en la confusión.

Si desde este extremo tomamos la dirección opuesta, hallamos que cuanto menor sea la masa de tropas en una sola columna, mayor será la facilidad y precisión con que podrá realizarse la marcha.

El resultado de esto es la necesidad de una división, con independencia absoluta de aquella división de un ejército en partes separadas que corresponde a su posición; por tanto, aunque la división en columnas de marcha se origina en la disposición estratégica en general, no ocurre así en cada caso particular.

Una gran masa que deba concentrarse en un punto cualquiera tiene que dividirse necesariamente para la marcha. Pero aun cuando una disposición del ejército en partes separadas motive una marcha en divisiones separadas, ya las condiciones de la disposición primitiva, ya las de la marcha, resultan primordiales.

Por ejemplo, si la disposición de las tropas se hace meramente para descansar, una en la que no se espera una batalla, entonces predominan las condiciones de la marcha, y estas condiciones son principalmente la elección de caminos buenos y muy transitados.

Teniendo presente esta diferencia, elegimos un camino en un caso debido a los cuarteles y al terreno de acampada; en el otro, tomamos los cuarteles y los campamentos tal como son, debido al camino.

Cuando se espera una batalla, y todo depende de que alcancemos un punto determinado con una masa de tropas, entonces no debemos reparar en llegar a ese punto incluso por los peores caminos vecinales, si es necesario; si, por el contrario, nos encontramos aún en viaje hacia el teatro de la guerra, se eligen entonces los grandes caminos más cercanos para las columnas, y buscamos los mejores alojamientos y campamentos que se puedan conseguir cerca de ellos.

Ya sea que la marcha sea de un tipo o del otro, si existe la posibilidad de un combate, esto es, dentro de todo el ámbito de la guerra real, es una regla invariable en el arte militar moderno organizar las columnas de modo que la masa de tropas que compone cada columna sea apta por sí misma para entablar un combate independiente.

Esta condición se satisface mediante la combinación de las tres armas, una subdivisión organizada del conjunto y el nombramiento de un comandante competente.

Las marchas han sido, por lo tanto, la causa principal del nuevo orden de batalla, y son las que más se benefician de él.

Cuando a mediados del siglo pasado, especialmente en el teatro de operaciones en el que Federico II participó, los generales empezaron a considerar el movimiento como un principio inherente al combate, y a pensar en obtener la victoria mediante el efecto de movimientos imprevistos, la falta de un orden de batalla organizado ocasionó las evoluciones más complicadas y laboriosas durante una marcha.

Al ejecutar un movimiento cerca del enemigo, un ejército debe estar siempre dispuesto a combatir; pero en aquel entonces nunca estaban dispuestos a combatir a menos que todo el ejército estuviera presente en conjunto, porque nada que no fuera el ejército constituía un todo completo.

En una marcha de flanco, la segunda línea, para estar siempre a la distancia reglamentada, es decir, a cerca de un cuarto de milla de la primera, tenía que marchar monte arriba y monte abajo, lo cual exigía un esfuerzo inmenso, así como un gran caudal de conocimiento del terreno; pues ¿dónde se pueden encontrar dos buenos caminos que corran paralelos a una distancia de un cuarto de milla el uno del otro?

La caballería en las alas tenía que enfrentarse a las mismas dificultades cuando la marcha era directa hacia el frente.

Había otra dificultad con la artillería, que requería un camino para sí misma, protegido por la infantería; pues las líneas de infantería necesitaban ser líneas continuas, y la artillería aumentaba aún más la longitud de sus ya largas columnas rezagadas, y desordenaba todas sus distancias reglamentadas.

Solo es necesario leer las disposiciones para las marchas en la Historia de la Guerra de los Siete Años de Tempelhof, para convencerse de todos estos incidentes y de las restricciones impuestas así a la acción de la guerra.

Pero desde entonces el arte moderno de la guerra ha subdividido los ejércitos según un principio regular, de modo que cada una de las partes principales forma en sí misma un todo completo, de pequeñas proporciones, pero capaz de actuar en el combate exactamente igual que el gran todo, excepto en un aspecto: que la duración de su acción debe ser más breve.

La consecuencia de este cambio es que, incluso cuando se pretende que toda la fuerza tome parte en una batalla, ya no es necesario que las columnas estén tan cerca unas de otras como para unirse antes de que comience el combate; ahora basta con que la concentración se produzca en el transcurso de la acción.

Cuanto más pequeño es un cuerpo de tropas, con mayor facilidad puede moverse y, por tanto, menos requiere de esa subdivisión que no es el resultado de una disposición separada, sino de la pesadez de la masa.

Un cuerpo pequeño, por consiguiente, puede marchar por un solo camino, y si ha de avanzar en varias líneas, halla fácilmente caminos cercanos entre sí que son tan buenos como los que necesita. Cuanto mayor es la masa, mayor se vuelve la necesidad de subdividirse, mayor es el número de columnas y la escasez de caminos acondicionados, o incluso de grandes carreteras, y en consecuencia también la distancia de las columnas entre sí.

Ahora bien, el peligro de esta subdivisión se expresa aritméticamente en razón inversa a la necesidad de la misma.

  • Cuanto más pequeñas son las partes, con mayor rapidez deben poder prestarse asistencia mutua;
  • cuanto más grandes son, más tiempo se les puede dejar que dependan de sí mismas.

Si solo traemos a la memoria lo que se ha dicho en el libro precedente sobre este tema, y consideramos además que en los países cultivados, a pocas millas de distancia del camino principal, hay siempre otros caminos tolerablemente buenos que corren en dirección paralela, es fácil ver que, al regular una marcha, no existen grandes dificultades que hagan que la rapidez y la precisión en el avance sean incompatibles con la concentración adecuada de la fuerza.

En un país montañoso las carreteras paralelas son tanto escasas como grandes las dificultades de comunicación entre ellas; pero el poder defensivo de una sola columna es mucho mayor.

Para hacer esta idea más clara, examinémosla por un momento en forma concreta.

Una división de 8.000 hombres, con su artillería y demás carruajes, ocupa, como sabemos por experiencia en los casos ordinarios, un espacio de una legua; si, por consiguiente, dos divisiones marchan una tras otra por el mismo camino, la segunda llega una hora después de la primera; pero ahora, como se dice en el sexto capítulo del cuarto libro, una división de esta fuerza es perfectamente capaz de sostener un combate durante varias horas, incluso contra una fuerza superior, y, por lo tanto, en el peor de los casos, es decir, suponiendo que la primera tuviera que entablar combate instantáneamente, la segunda división no llegaría demasiado tarde.

Además, a una legua a derecha e izquierda del camino por el que marchamos, en los países cultivados de Europa central suele haber caminos laterales que se pueden utilizar para la marcha, de modo que no hay necesidad de marchar a campo traviesa, como se hacía tan a menudo en la Guerra de los Siete Años.

Nuevamente, consta por experiencia que la cabeza de una columna compuesta por cuatro divisiones y una reserva de caballería, aun en caminos mediocres, suele realizar una marcha de tres millas en ocho horas; ahora bien, si calculamos para cada división una legua de profundidad, y otro tanto para la reserva de caballería y artillería, toda la marcha durará entonces trece horas.

No es este un tiempo excesivo y, sin embargo, en este caso cuarenta mil hombres habrían marchado por el mismo camino.

Pero con una masa como esta podemos hacer uso de caminos laterales que se encuentran a mayor distancia y, por lo tanto, acortar fácilmente la marcha. Si la masa de tropas que marcha por el mismo camino es aún mayor de lo supuesto anteriormente, nos encontramos entonces ante un caso en el que la llegada de la totalidad en el mismo día ya no es indispensable, pues tales masas hoy en día nunca entran en combate en el momento de encontrarse, por lo general no lo hacen hasta el día siguiente.

Hemos introducido estos casos concretos, no como consideraciones exhaustivas de esta índole, sino para hacernos más inteligibles, y por medio de esta ojeada a los resultados de la experiencia demostrar que en el modo actual de hacer la guerra la organización de las marchas ya no ofrece tan grandes dificultades; que las marchas más rápidas, ejecutadas con la mayor precisión, ya no exigen ni esa habilidad peculiar ni ese conocimiento exacto del país que se necesitaban para las rápidas y exactas marchas de Federico en la guerra de los Siete Años.

Mediante la organización actual de los ejércitos, estas se desarrollan hoy casi por sí mismas, al menos sin necesidad de grandes planes preparatorios.

En tiempos pasados, las batallas se dirigían con la mera voz de mando, pero las marchas exigían un plan regular; ahora el orden de batalla requiere lo segundo, y para una marcha casi basta la voz de mando.

Como es bien sabido, todas las marchas son perpendiculares [al frente] o paralelas. Estas últimas, llamadas también marchas de flanco, alteran la posición geométrica de las divisiones; aquellas partes que, por su posición, estaban en línea, se sucederán unas a otras, y viceversa. Ahora bien, aunque la línea de marcha pueda formar cualquier ángulo con el frente, el orden de la marcha debe pertenecer decididamente a una u otra de estas clases.

Esta alteración geométrica solo podía llevarse a cabo por completo mediante la táctica, y esta únicamente por medio de la llamada marcha en columna, lo cual, con grandes masas, es imposible.

Mucho menos es posible que la estrategia lo haga. Las partes que cambiaban su relación geométrica en el antiguo orden de batalla eran solo el centro y las alas; en el nuevo son las divisiones del primer rango: cuerpos, divisiones o incluso brigadas, según la organización del ejército.

Ahora bien, las consecuencias que se acaban de deducir del nuevo orden de combate ejercen también aquí su influencia; pues, como ya no es tan necesario como antes que todo el ejército esté reunido antes de que comience la acción, se procura con mayor esmero que aquellas tropas que marchan juntas formen un todo (una unidad).

Si dos divisiones estuvieran colocadas de tal manera que una formara la reserva de la otra, y tuvieran que avanzar contra el enemigo por dos caminos, a nadie se le ocurriría enviar una parte de cada división por cada uno de los caminos, sino que se le asignaría un camino a cada división; por lo tanto, marcharían una al lado de la otra, y a cada general de división se le dejaría la tarea de proveerse una reserva para sí mismo en caso de un combate.

La unidad de mando es mucho más importante que la relación geométrica original; si las divisiones alcanzan su nueva posición sin combatir, podrán retomar sus relaciones anteriores.

Mucho menos si dos divisiones, marchando juntas, van a realizar una marcha paralela (de flanco) por dos caminos, debemos pensar en colocar la segunda línea o reserva de cada división en el camino trasero; en lugar de eso, debemos asignar a cada una de las divisiones uno de los caminos y, por lo tanto, durante la marcha, considerar que una división constituye la reserva de la otra.

Si un ejército dividido en cuatro cuerpos, de los cuales tres forman la primera línea y el cuarto la reserva, ha de marchar contra el enemigo en ese orden, lo natural es asignar un camino a cada uno de los cuerpos delanteros y hacer que la reserva siga por el centro.

Si no hay tres caminos a una distancia adecuada entre sí, no necesitamos dudar en marchar de inmediato por dos caminos, ya que no puede derivarse ningún inconveniente grave de ello.

Es lo mismo en el caso contrario, la marcha de flanco.

Otro punto es la salida en marcha de las columnas por el flanco derecho o izquierdo. En las marchas paralelas (marchas hacia un flanco) esto es evidente por sí mismo. Nadie saldría desde la derecha para realizar un movimiento hacia el flanco izquierdo. En una marcha al frente o a la retaguardia, el orden de marcha debe elegirse adecuadamente según la dirección de las líneas de carreteras respecto a la futura línea de despliegue.

Esto también puede hacerse frecuentemente en la táctica, ya que sus espacios son menores y, por lo tanto, se puede obtener más fácilmente una visión de conjunto de las relaciones geométricas. En la estrategia es totalmente imposible y, por consiguiente, aunque hemos visto aquí y allá una cierta analogía trasladada de la táctica a la estrategia, no era más que mera pedantería.

Antiguamente, todo el orden de marcha era un asunto puramente táctico, porque el ejército en marcha permanecía siempre como un todo indivisible y no contemplaba otra cosa que un combate del conjunto; sin embargo, Schwerin, por ejemplo, cuando se puso en marcha desde su posición cerca de Brandeis el 5 de mayo, no podía saber si su futuro campo de batalla estaría a su derecha o a su izquierda, y por esta razón se vio obligado a realizar su famosa contramarcha.

Si un ejército, según el antiguo orden de batalla, avanzaba contra el enemigo en cuatro columnas, la caballería de la primera y segunda líneas en cada ala formaba las dos columnas exteriores, y las dos líneas de infantería que componían las alas formaban las dos columnas centrales.

Ahora bien, estas columnas podían marchar todas desde la derecha o todas desde la izquierda, o bien el ala derecha desde la derecha, el ala izquierda desde la izquierda, o bien la izquierda desde la derecha y la derecha desde la izquierda. En este último caso se habría denominado «doble columna desde el centro».

Pero todas estas formas, aunque debían haber guardado una relación directa con el despliegue futuro, eran en realidad bastante indiferentes a este respecto.

Cuando Federico el Grande entró en la batalla de Leuthen, su ejército había marchado por alas desde la derecha en cuatro columnas; por lo tanto, la maravillosa transición a la marcha en orden de batalla, tal como la describen todos los historiadores, se realizó con la mayor facilidad, debido a que el rey eligió atacar el ala izquierda de los austriacos; si hubiera querido rodear la derecha de estos, habría tenido que hacer dar media vuelta a su ejército, tal como lo hizo en Praga.

Si estas formas no respondían a aquel propósito en aquellos tiempos, hoy no serían más que una mera trivialidad respecto al mismo. Hoy sabemos tan poco como antes la situación del futuro campo de batalla en relación con el camino que tomamos; y la pequeña pérdida de tiempo ocasionada por marchar en orden invertido es hoy infinitamente menos importante que antes. El nuevo orden de batalla tiene además una influencia beneficiosa en este aspecto, a saber, que ahora es indiferente qué división llega primero o qué brigada entra en fuego primero.

Bajo estas circunstancias, el inicio de la marcha por la derecha o por la izquierda carece ya de importancia, aparte de que, al hacerse de forma alternada, tiende a igualar la fatiga que sufren las tropas. Esto, que es el único objetivo, es sin duda importante para conservar ambos modos de iniciar la marcha con cuerpos numerosos.

El avance desde el centro como una evolución definitiva llega naturalmente a su fin debido a lo que acaba de exponerse, y solo puede tener lugar de manera accidental.

Un avance desde el centro por una y la misma columna en estrategia es, de hecho, un sin sentido, pues presupone un camino doble.

El orden de marcha pertenece, por lo demás, más al ámbito de la táctica que al de la estrategia, pues se trata de la división de un todo en partes que, tras la marcha, han de volver a constituir un todo.

Como, sin embargo, en la guerra moderna no se exige que la conexión formal de las partes se mantenga constantemente durante una marcha, sino que, por el contrario, dichas partes pueden separarse aún más durante la misma y, por consiguiente, quedar más abandonadas a sus propios recursos, hoy en día es mucho más fácil que se produzcan combates independientes en los que las partes tengan que valerse por sí mismas —razón por la cual deben considerarse combates completos en sí y por sí— y, a causa de ello, hemos creído necesario decir tanto sobre el tema.

Además, siendo un orden de batalla en tres partes yuxtapuestas, como hemos visto en el segundo capítulo de este libro, el más natural cuando no predomina ningún objetivo especial, de ello resulta también que el orden de marcha en tres columnas es el más natural.

Solo resta observar que la noción de columna en estrategia no se funda principalmente en la línea de marcha de un solo cuerpo de tropas. El término se utiliza en estrategia para designar masas de tropas que marchan por el mismo camino en días distintos también.

Pues la división en columnas se hace principalmente para acortar y facilitar la marcha, ya que un número pequeño marcha más rápido y con mayor comodidad que los grandes cuerpos. Pero este fin puede alcanzarse haciendo marchar a las tropas en días diferentes, así como haciéndolas marchar por diferentes caminos.

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