La coacción que debemos ejercer contra nuestro enemigo estará regulada por las proporciones de nuestras propias demandas políticas y las suyas. En la medida en que estas sean recíprocamente conocidas, darán la medida de los esfuerzos mutuos; pero no siempre son del todo evidentes, y esto puede ser un primer motivo de diferencia en los medios adoptados por cada uno.
La situación y las relaciones de los estados no son iguales entre sí; esto puede convertirse en una segunda causa.
La fuerza de voluntad, el carácter y las capacidades de los gobiernos son tan poco similares; esta es una tercera causa.
Estos tres elementos provocan incertidumbre en el cálculo de la cantidad de resistencia que ha de esperarse , en consecuencia, incertidumbre en cuanto a la cantidad de medios que deben aplicarse y al objeto que debe elegirse.
Como en la guerra la falta de un esfuerzo suficiente puede resultar no solo en el fracaso sino en un daño positivo, por lo tanto, las dos partes buscan respectivamente superarse mutuamente, lo que produce una acción recíproca.
Esto podría conducir al extremo absoluto del esfuerzo, si fuera posible definir semejante punto. Pero entonces se perdería la consideración de la magnitud de las exigencias políticas, los medios perderían toda relación con el fin, y en la mayoría de los casos este propósito de alcanzar un esfuerzo extremo zozobraría ante el peso opuesto de las fuerzas internas.
De este modo, quien emprende la guerra es reconducido a un camino intermedio, en el cual actúa, hasta cierto punto, bajo el principio de aplicar solo la fuerza y perseguir en la guerra un objetivo que sean justamente suficientes para alcanzar su fin político. Para hacer este principio practicable, debe renunciar a toda necesidad absoluta de un resultado y descartar del cálculo las contingencias remotas.
Aquí, por lo tanto, la acción de la mente abandona el ámbito de la ciencia, hablando estrictamente, de la lógica y de las matemáticas, y se convierte, en el sentido más amplio del término, en un arte, esto es, en la habilidad para discriminar, mediante el tacto del juicio entre una multitud infinita de objetos y relaciones, aquello que es lo más importante y decisivo.
Este tacto del juicio consiste indiscutiblemente, en mayor o menor medida, en alguna comparación intuitiva de cosas y relaciones mediante la cual lo remoto y sin importancia se desecha con mayor rapidez, y lo más inmediato e importante se descubre antes de lo que podría hacerse mediante una deducción estrictamente lógica.
Para determinar la escala real de los medios que debemos desplegar para la guerra, debemos reflexionar sobre el objeto político tanto de nuestro lado como del lado del enemigo; debemos considerar el poder y la posición del Estado enemigo así como del nuestro, el carácter de su gobierno y de su pueblo, y las capacidades de ambos, y todo eso de nuevo de nuestro lado, y las conexiones políticas de otros estados, y el efecto que la guerra producirá en esos Estados.
Que la determinación de estas diversas circunstancias y sus diversas conexiones mutuas es un problema inmenso, que es el verdadero destello de genio el que descubre aquí en un momento lo que es correcto, y que estaría fuera de todo orden dominarse ante la complejidad meramente mediante un estudio metódico, esto es fácil de concebir.
En este sentido, Buonaparte tenía toda la razón cuando decía que sería un problema de álgebra ante el cual un Newton podría quedarse atónito.
Si la diversidad y magnitud de las circunstancias y la incertidumbre en cuanto a la medida justa aumentan en alto grado la dificultad de obtener un resultado correcto, no debemos pasar por alto el hecho de que, aunque la incomparable importancia del asunto no incremente la complejidad y la dificultad del problema, sin embargo, aumenta en gran manera el mérito de su solución.
En los hombres de cuño ordinario, la libertad y la actividad de la mente se ven deprimidas, no incrementadas, por la sensación de peligro y responsabilidad; pero cuando estas cosas dan alas para fortalecer el juicio, sin duda alguna debe de haber en ello una grandeza de alma inusual.
En primer lugar, por tanto, debemos admitir que el juicio sobre una guerra que se aproxima, sobre el fin al que debe dirigirse y sobre los medios que se requieren, solo puede formarse tras una consideración plena de la totalidad de las circunstancias relacionadas con ella; con la cual deben combinarse, por consiguiente, los rasgos más individuales del momento; en segundo lugar, que esta decisión, como todas las de la vida militar, no puede ser puramente objetiva, sino que debe estar determinada por las cualidades mentales y morales de príncipes, hombres de Estado y generales, ya estén reunidas en la persona de un solo hombre o no.
El asunto se vuelve general y más apto para ser tratado en abstracto si consideramos las relaciones generales en las que las circunstancias han colocado a los Estados en diferentes épocas. Debemos permitirnos aquí una rápida ojeada a la historia.
Tártaros semicultos, las repúblicas de la antigüedad, los señores feudales y las ciudades comerciales de la Edad Media, los reyes del siglo XVIII y, por último, los príncipes y pueblos del siglo XIX, todos hacen la guerra a su manera, la hacen de forma distinta, con medios diferentes y por un objetivo distinto.
Los tártaros buscan nuevas moradas. Marchan como una nación con sus mujeres y sus hijos; son, por lo tanto, superiores a cualquier otro ejército en número, y su objetivo es hacer que el enemigo se rinda o expulsarlo por completo. Por estos medios pronto derrocarían todo a su paso si un alto grado de civilización pudiera hacerse compatible con tal condición.
Las antiguas Repúblicas, con excepción de Roma, eran de pequeña extensión; aún menores sus ejércitos, pues excluían a la gran masa del populacho: eran demasiado numerosas y se hallaban demasiado próximas las unas a las otras para no encontrar un obstáculo a las grandes empresas en el equilibrio natural en que las pequeñas partes separadas siempre se colocan según la ley general de la naturaleza: por tanto, sus guerras se reducían a devastar el campo abierto y a tomar algunas ciudades para asegurarse en ellas un cierto grado de influencia para el futuro.
Roma por sí sola constituye una excepción, pero no hasta el período posterior de su historia.
Durante mucho tiempo, por medio de pequeñas bandas, llevó a cabo la guerra habitual con sus vecinos por botín y alianzas. Llegó a ser grande más a través de las alianzas que formó, y mediante las cuales los pueblos vecinos se fueron amalgamando gradualmente con ella en un todo, que a través de conquistas reales.
Fue solo después de haberse extendido de esta manera por todo el sur de Italia, que comenzó a avanzar como una potencia verdaderamente conquistadora. Cartago cayó, España y la Galia fueron conquistadas, Grecia subyugada, y su dominio se extendió hasta Egipto y Asia.
En este período su poder militar era inmenso, sin que sus esfuerzos estuvieran en la misma proporción. Estas fuerzas se mantenían gracias a sus riquezas; ya no se parecía a las antiguas repúblicas, ni a sí misma tal como había sido; permanece sola.
Tan peculiares a su manera son las guerras de Alejandro. Con un pequeño ejército, pero distinguido por su perfección intrínseca, derribó el caduco edificio de los Estados asiáticos; sin descanso, y sin importarle los riesgos, atraviesa lo ancho de Asia y penetra en la India.
Ninguna república podría hacer esto. Solo un rey, en cierta medida su propio condottiere, podía lograr tanto en tan poco tiempo.
Las grandes y pequeñas monarquías de la Edad Media llevaban a cabo sus guerras con ejércitos feudales.
Todo se limitaba entonces a un corto período de tiempo; lo que no pudiera hacerse en ese plazo se consideraba impracticable.
La fuerza feudal en sí se reclutaba mediante una organización del vasallaje; el vínculo que la mantenía unida era en parte obligación legal, en parte contrato voluntario; el conjunto formaba una verdadera confederación.
El armamento y la táctica se basaban en el derecho del más fuerte, en el combate singular, y por ello eran poco adecuados para grandes cuerpos. De hecho, en ninguna época ha sido la unión de los Estados tan débil, ni el ciudadano individual tan independiente.
Todo esto influyó de la manera más clara en el carácter de las guerras de aquel período. Se llevaban a cabo con relativa rapidez, se perdía poco tiempo ociosamente en los campamentos, pero el objetivo solía ser únicamente castigar al enemigo, no someterlo. Se llevaban su ganado, quemaban sus ciudades y luego regresaban a casa.
Las grandes ciudades comerciales y las pequeñas repúblicas sacaron a la luz a los condotieros.
Esa era una fuerza militar costosa y, por tanto, en lo que respecta a su fuerza visible, muy limitada; en cuanto a su fuerza intensiva, era de aún menor valor en ese aspecto; tan lejos estaban de mostrar algo parecido a una energía o impetuosidad extremas en el campo de batalla, que sus combates eran generalmente meros simulacros.
En una palabra, el odio y la enemistad ya no incitaban a un Estado a la actividad personal, sino que se habían convertido en artículos de comercio; la guerra perdió gran parte de su peligro, alteró por completo su naturaleza, y nada de lo que podamos decir del carácter que entonces adoptó sería aplicable a ella en su realidad.
El sistema feudal se condensó gradualmente en una supremacía territorial decidida; los lazos que unían al Estado se volvieron más estrechos; las obligaciones que concernían a la persona se hicieron objeto de composición; poco a poco el oro se convirtió en el sustituto en la mayoría de los casos, y los ejércitos feudales se transformaron en mercenarios.
Los condotieros formaron el eslabón de unión en este cambio y fueron, por tanto, durante un tiempo, el instrumento de los Estados más poderosos; pero esto no duró mucho, cuando el soldado, contratado por un plazo limitado, se convirtió en un mercenario permanente, y la fuerza militar de los Estados pasó a ser un ejército con base en el tesoro público.
Es perfectamente natural que el lento avance hacia esta fase provocara un entrelazamiento diversificado de las tres clases de fuerza militar. Bajo Enrique IV encontramos los contingentes feudales, los condottieri y el ejército permanente empleados conjuntamente. Los condottieri prolongaron su existencia hasta el período de la Guerra de los Treinta Años; de hecho, quedan leves rastros de ellos incluso en el siglo XVIII.
Las demás relaciones de los Estados de Europa en estos diferentes períodos eran tan peculiares como sus fuerzas militares.
En conjunto, esta parte del mundo se había dividido en una multitud de pequeños Estados, en parte repúblicas en estado de disensión interna, en parte pequeñas monarquías en las que el poder del gobierno era muy limitado e inseguro.
Un Estado en cualquiera de estos casos no podía considerarse como una unidad real; era más bien una aglomeración de fuerzas débilmente conectadas. Por lo tanto, un Estado así tampoco podía considerarse un ser inteligente, que actúa de acuerdo con reglas lógicas simples.
Es desde este punto de vista como debemos contemplar la política exterior y las guerras de la Edad Media.
Pensemos tan solo en las continuas expediciones de los emperadores de Alemania a Italia durante cinco siglos, sin que de ellas resultara conquista sustancial alguna de aquel país, ni que tal cosa hubiera estado siquiera en perspectiva. Es fácil considerar esto como un error repetido una y otra vez, como un falso punto de vista que tenía su raíz en la naturaleza de los tiempos; pero es más acorde con la razón considerarlo consecuencia de un centenar de causas importantes que podemos concebir parcialmente en la mente, pero cuya energía vital nos es imposible comprender con tanta viveza como aquellos que se vieron abocados a un conflicto real con ellas.
Mientras los grandes Estados que surgieron de este caos necesitaron tiempo para consolidarse y organizarse, todo su poder y su energía se dirigieron principalmente a ese fin; sus guerras exteriores son pocas, y las que tuvieron lugar llevan el sello de una unidad estatal aún no bien cimentada.
Las guerras entre Francia e Inglaterra son las primeras que aparecen, y sin embargo en ese tiempo no se ha de considerar a Francia propiamente como una monarquía, sino como una aglomeración de ducados y condado; Inglaterra, aunque con mayor apariencia de unidad, luchaba todavía con la organización feudal, y estaba obstaculizada por graves problemas domésticos.
Bajo Luis XI, Francia dio su mayor paso hacia la unidad interior; bajo Carlos VIII aparece en Italia como una potencia empeñada en la conquista; y bajo Luis XIV había llevado su estado político y su ejército permanente a la más alta perfección.
España alcanza la unidad bajo Fernando el Católico; mediante casuales enlaces matrimoniales, bajo Carlos V surgió repentinamente la gran monarquía española, compuesta por la España, la Borgoña, la Alemania y la Italia unidas.
Lo que a este coloso le faltaba en unidad y cohesión política interna, lo compensaba con oro, y su ejército permanente entró por primera vez en colisión con el ejército permanente de Francia.
Tras la abdicación de Carlos, el gran coloso español se dividió en dos partes, España y Austria. Esta última, fortalecida por la adquisición de Bohemia y Hungría, aparece ahora en la escena como una gran potencia, remolcando a la Confederación Germánica como a una pequeña embarcación tras de sí.
El fin del siglo XVII, la época de Luis XIV, debe considerarse como el momento de la historia en el que el poder militar permanente, tal como existió en el siglo XVIII, alcanzó su apogeo.
Esa fuerza militar se basaba en el reclutamiento y el dinero. Los Estados se habían organizado en unidades completas; y los gobiernos, al conmutar las obligaciones personales de sus súbditos en un pago en dinero, habían concentrado todo su poder en sus tesoros.
Gracias a los rápidos avances en las mejoras sociales y a un sistema de gobierno más ilustrado, este poder se había vuelto muy grande en comparación con lo que había sido. Francia se presentó en el campo con un ejército permanente de un par de cientos de miles de hombres, y las demás potencias en proporción.
Las demás relaciones de los Estados habían alterado asimismo. Europa estaba dividida en una docena de reinos y dos repúblicas; ahora era concebible que dos de estas potencias pudieran luchar entre sí sin que otras diez veces más se vieran mezcladas en la disputa, como sin duda habría sido el caso anteriormente. Las combinaciones posibles en las relaciones políticas seguían siendo múltiples, pero podían discernirse y determinarse de vez en cuando según la probabilidad.
Las relaciones internas se habían establecido casi en todas partes en una forma monárquica pura; los derechos e influencia de los cuerpos privilegiados o estamentos habían desaparecido gradualmente, y el gabinete se había convertido en una unidad completa, que actuaba en nombre del Estado en todas sus relaciones externas. Había llegado, por tanto, el momento en que un instrumento adecuado y una voluntad despótica podían dar a la guerra una forma acorde con la concepción teórica.
Y en esta época aparecieron tres nuevos Alejandros: Gustavo Adolfo, Carlos XII y Federico el Grande, cuyo objetivo era, mediante ejércitos pequeños pero altamente disciplinados, elevar a pequeños Estados al rango de grandes monarquías y derribar todo lo que se les opusiera.
Si solo hubiesen tenido que vérselas con Estados asiáticos, se habrían parecido más a Alejandro en los papeles que desempeñaron.
En cualquier caso, podemos considerarlos como los precursores de Buonaparte en lo que respecta a lo que se puede arriesgar en la guerra.
Pero lo que la guerra ganaba por un lado en fuerza y consistencia, lo volvía a perder por el otro.
Los ejércitos eran mantenidos con fondos del tesoro, que el soberano consideraba en parte como su bolsa privada, o al menos como un recurso perteneciente al gobierno, y no al pueblo.
Las relaciones con otros estados, salvo en lo referente a unos pocos asuntos comerciales, afectaban por lo general únicamente a los intereses del tesoro o del gobierno, no a los del pueblo; al menos las ideas tendían por doquier en esa dirección.
Los gabinetes, por lo tanto, se consideraban a sí mismos como los propietarios y administradores de grandes haciendas, que procuraban incrementar continuamente sin que los arrendatarios de dichas haciendas tuviesen un interés particular en esta mejora.
El pueblo, por consiguiente, que en las invasiones tártaras lo era todo en la guerra, que en las antiguas repúblicas y en la Edad Media (si restringimos la idea a aquellos que poseían los derechos de ciudadanos) era de gran importancia, era en el siglo XVIII absolutamente nada de manera directa, conservando tan solo una influencia indirecta sobre la guerra a través de sus virtudes y defectos.
De este modo, a medida que el gobierno se separaba del pueblo y se consideraba a sí mismo como el Estado, la guerra se convirtió de un modo más exclusivo en un asunto del gobierno, el cual la llevaba a cabo por medio del dinero de sus arcas y de los vagabundos ociosos que podía reclutar en su propio país y en los vecinos.
La consecuencia de esto fue que los medios de los que el gobierno podía disponer poseían límites bastante bien definidos, que podían calcularse mutuamente tanto en su alcance como en su duración; esto despojó a la guerra de su característica más peligrosa, a saber: el esfuerzo hacia el extremo y la serie oculta de posibilidades vinculadas a él.
Los medios financieros, el contenido del tesoro, el estado del crédito del enemigo se conocían aproximadamente tan bien como el tamaño de su ejército. Cualquier aumento considerable de estos al estallido de una guerra era imposible.
Puesto que de este modo podían juzgarse los límites del poder del enemigo, un Estado se sentía razonablemente seguro de quedar totalmente subyugado, y como el Estado era consciente al mismo tiempo de los límites de sus propios medios, se veía restringido a un objetivo moderado. Protegido de un extremo, no había necesidad de aventurarse en un extremo.
Como la necesidad ya no impulsaba en esa dirección, ese impulso solo podía ser dado ahora por el valor y la ambición. Pero estos hallaban un contrapeso poderoso en las relaciones políticas.
Incluso los reyes al mando se veían obligados a usar el instrumento de la guerra con precaución. Si el ejército se dispersaba, no se podía conseguir uno nuevo, y salvo el ejército no había nada. Esto imponía como una necesidad una gran prudencia en todas las empresas.
Solo cuando una ventaja decidida parecía presentarse hacían uso del costoso instrumento; provocar tal oportunidad era el arte de un general; pero hasta que se provocaba, flotaban hasta cierto punto en un vacío absoluto, no había base para la acción y todas las fuerzas, es decir, todos los diseños, parecían descansar. El motivo original del agresor se desvanecía en la prudencia y la circunspección.
Así la guerra, en realidad, se convirtió en un juego regular, en el que el Tiempo y el Azar mezclaban las cartas; pero en su significado no era sino diplomacia algo intensificada, una manera más enérgica de negociar, en la que las batallas y los sitios sustituían a las notas diplomáticas. Obtener alguna ventaja moderada para utilizarla en las negociaciones de paz era el objetivo incluso de los más ambiciosos.
Esta forma de guerra restringida y marchita procedía, como hemos dicho, de la estrecha base sobre la que se sustentaba. Pero que excelentes generales y reyes, como Gustavo Adolfo, Carlos XII y Federico el Grande, a la cabeza de ejércitos igualmente excelentes, no pudieran cobrar mayor relieve en la masa general de los fenómenos y que incluso estos hombres tuvieran que conformarse con permanecer en el nivel ordinario de los resultados moderados, debe atribuirse al equilibrio de poder en Europa.
Ahora que los Estados se habían vuelto más grandes y sus centros se hallaban más alejados unos de otros, lo que antes se lograba mediante intereses directos y perfectamente naturales —la proximidad, el contacto, los vínculos familiares, la amistad personal— para evitar que un solo Estado entre todos creciera de repente, se conseguía mediante un mayor cultivo del arte de la diplomacia. Los intereses políticos, las atracciones y las repulsiones se desarrollaron hasta convertirse en un sistema muy refinado, de modo que no se podía disparar un cañonazo en Europa sin que todos los gabinetes tuvieran algún interés en el acontecimiento.
Un nuevo Alejandro debe, por tanto, probar el uso de una buena pluma así como de su buena espada; y, sin embargo, nunca llegó muy lejos con sus conquistas.
Pero aunque Luis XIV tenía la mira puesta en derrocar el equilibrio de poder en Europa, y a finales del siglo XVII ya había llegado al punto de importarle poco el sentimiento general de animosidad, llevó a cabo la guerra tal como se había conducido hasta entonces; pues aunque su ejército era sin duda el del monarca más grande y rico de Europa, en su naturaleza era exactamente igual al de los demás.
El saqueo y la devastación del país enemigo, que desempeñan un papel tan importante entre los tártaros, en las naciones antiguas y aun en la Edad Media, ya no estaban de acuerdo con el espíritu de la época. Se les consideraba con razón una barbarie innecesaria, de la que fácilmente podía tomarse represalia, y que perjudicaba más a los súbditos del enemigo que al gobierno enemigo; por lo tanto, no producía más efecto que hacer retroceder a la nación muchas etapas en todo lo relacionado con las artes pacíficas y la civilización.
La guerra, por consiguiente, se limitó cada vez más, tanto en lo que respecta a los medios como al fin, al ejército mismo. El ejército, con sus fortalezas y algunas posiciones preparadas, constituía un Estado dentro de un Estado, en cuyo interior el elemento de la guerra se consumía lentamente. Toda Europa se regocijó de que tomara este rumbo y lo consideró una consecuencia necesaria del espíritu de progreso.
Aunque había en esto un error, por cuanto el progreso del espíritu humano nunca puede conducir a lo absurdo, nunca puede hacer que dos por dos sean cinco, como ya hemos dicho y debemos repetir, no obstante, en conjunto, este cambio tuvo un efecto beneficioso para el pueblo; solo que no puede negarse que tenía la tendencia a hacer de la guerra un asunto aún más propio del Estado y a separarla todavía más de los intereses del pueblo.
El plan de una guerra por parte del Estado que asumía la ofensiva en aquellos tiempos consistía por lo general en la conquista de una u otra provincia del enemigo; el plan del defensor era evitarlo; el plan particular de campaña consistía en tomar una u otra fortaleza del enemigo, o en evitar que se tomara una de las propias; solo cuando la batalla se volvía inevitable con este propósito, se la buscaba y se la libraba.
Quien libraba una batalla sin esta necesidad inevitable, por el mero deseo innato de obtener la victoria, era considerado un general demasiado atrevido. Por lo general, la campaña transcurría con un sitio, o si era muy activa, con dos sitios, y los cuarteles de invierno, que se consideraban una necesidad y durante los cuales jamás se podía aprovechar la mala disposición de uno u otro bando, y en los cuales las relaciones mutuas de ambas partes cesaban casi por completo, constituían un límite claro para la actividad que se consideraba propia de una campaña.
Si las fuerzas opuestas estaban demasiado igualadas, o si el agresor era decididamente el más débil de los dos, entonces no se libraban ni batallas ni sitios, y todas las operaciones de la campaña giraban en torno al mantenimiento de ciertas posiciones y depósitos, y al agotamiento sistemático de determinadas regiones del país.
Mientras la guerra se condujo universalmente de este modo, y los límites naturales de su fuerza fueron tan cercanos y obvios, tan lejos de percibirse en ello nada absurdo, todo se consideraba en el orden más regular; y la crítica, que en el siglo XVIII comenzó a dirigir su atención al campo del arte de la guerra, se ocupaba de los detalles sin preocuparse mucho por el principio y el fin.
Así hubo eminencia y perfección de toda clase, y hasta el mariscal de campo Daun —a quien se debió principalmente que Federico el Grande alcanzara por completo su objetivo y que María Teresa fracasara por completo en el suyo— podía pasar todavía por un gran general. Solo de vez en es cuando hacía su aparición un juicio más penetrante, es decir, el sano sentido común reconocía que con fuerzas superiores debía lograrse algo positivo o la guerra está mal conducida, por mucho arte que se despliegue.
Así estaban las cosas cuando estalló la Revolución Francesa; Austria y Prusia intentaron su arte bélico diplomático; este muy pronto demostró ser insuficiente.
Mientras que, según la manera habitual de ver las cosas, todas las esperanzas se depositaban en una fuerza militar muy limitada, en 1793 hizo su aparición una fuerza tal como nadie jamás había imaginado.
La guerra se había convertido de repente otra vez en un asunto del pueblo, y el de un pueblo de treinta millones de habitantes, cada uno de los cuales se consideraba ciudadano del Estado.
Sin entrar aquí en los detalles de las circunstancias que acompañaron a este gran fenómeno, nos limitaremos a los resultados que nos interesan en el presente.
Mediante esta participación del pueblo en la guerra, en lugar de un gabinete y un ejército, una nación entera con su peso natural entró en la balanza.
En adelante, los medios disponibles y los esfuerzos que podían desencadenarse ya no tenían límites definidos; la energía con la que la guerra misma podía llevarse a cabo ya no tenía contrapeso y, en consecuencia, el peligro para el adversario había aumentado al extremo.
Si toda la guerra de la revolución pasó sin que todo esto se hiciera sentir con toda su fuerza y se hiciera del todo evidente; si los generales de la revolución no presionaron persistentemente hasta el extremo final, y no derrocaron las monarquías de Europa; si los ejércitos alemanes tuvieron de vez en cuando la oportunidad de resistir con éxito y frenar por un tiempo el torrente de la victoria, la causa radicaba en realidad en esa imperfección técnica con la que los franceses tuvieron que lidiar, la cual se manifestó primero entre los soldados rasos, luego en los generales, y por último, en la época del Directorio, en el Gobierno mismo.
Después de que todo esto fuera perfeccionado por la mano de Buonaparte, este poder militar, basado en la fuerza de toda la nación, marchó a través de Europa, destrozando todo en pedazos con tanta seguridad y certeza que, allí donde solo se encontraba con los ejércitos anticuados, el resultado no estuvo dudoso ni por un momento.
Una reacción, sin embargo, se despertó a su debido tiempo.
- En España, la guerra se convirtió por sí misma en un asunto del pueblo.
- En Austria, en el año 1809, el gobierno emprendió esfuerzos extraordinarios, mediante reservas y Landwehr, que se acercaban más al verdadero objetivo y superaban con creces en grado lo que este Estado había concebido hasta entonces como posible.
- En Rusia, en 1812, el ejemplo de España y Austria fue tomado como modelo; las enormes dimensiones de ese imperio, por un lado, permitieron que los preparativos, aunque demasiado demorados, aún produjeran efecto; y, por otro lado, intensificaron el efecto producido.
El resultado fue brillante. En Alemania, Prusia se levantó la primera, hizo de la guerra una causa nacional y, sin dinero ni crédito, y con una población reducida a la mitad, se lanzó al campo con un ejército dos veces más fuerte que el de 1806. El resto de Alemania siguió el ejemplo de Prusia tarde o temprano, y Austria, aunque menos enérgica que en 1809, también se presentó con más de su fuerza habitual.
Así fue como Alemania y Rusia en los años 1813 y 1814, incluyendo a todos los que tomaron parte activa o fueron absorbidos en estas dos campañas, se presentaron contra Francia con cerca de un millón de hombres.
Bajo estas circunstancias, la energía volcada en la conducción de la guerra fue muy distinta; y, aunque no del todo a la altura de la de los franceses, aunque en algunos puntos aún se observaba timidez, puede decirse que el curso de las campañas, en conjunto, estuvo en la nueva, no en la vieja, manera.
En ocho meses el teatro de la guerra fue trasladado del Óder al Sena. La orgullosa París tuvo que inclinar la cabeza por primera vez; y el temible Buonaparte yacía encadenado en el suelo.
Por tanto, desde la época de Buonaparte, la guerra, al haber sido primero de un bando y luego del otro un asunto de toda la nación, ha asumido una naturaleza totalmente nueva, o más bien se ha acercado mucho más a su verdadera naturaleza, a su perfección absoluta.
Los medios entonces convocados no tenían un límite visible, un límite que se desvanecía en la energía y el entusiasmo del Gobierno y de sus súbditos.
Por la magnitud de los medios y el amplio campo de los resultados posibles, así como por la poderosa agitación de los sentimientos que prevalecía, la energía en la conducción de la guerra aumentó inmensamente; el objetivo de su acción era la caída del enemigo, y no fue hasta que este yació impotente en el suelo cuando se supuso posible detenerse o llegar a un entendimiento con respecto a los objetivos mutuos de la contienda.
Así, por tanto, el elemento de la guerra, liberado de todas las restricciones convencionales, se desató con toda su fuerza natural. La causa fue la participación del pueblo en este gran asunto de Estado, y dicha participación surgió en parte de los efectos de la Revolución Francesa en los asuntos internos de los países, y en parte de la actitud amenazante de los franceses hacia todas las naciones.
Ahora bien, si esto será así siempre en el futuro, si todas las guerras de aquí en adelante en Europa se llevarán a cabo con todo el poder de los Estados y, en consecuencia, solo tendrán lugar a causa de grandes intereses que afecten de cerca al pueblo, o si gradualmente volverá a surgir una separación entre los intereses del Gobierno y los del pueblo, sería un punto difícil de resolver; y, menos que nadie, seremos nosotros quienes nos tomemos la molestia de resolverlo.
Pero todos coincidirán con nosotros en que los límites, que hasta cierto punto existían solo en una inconsciencia de lo que es posible, una vez derribados, no se reconstruyen fácilmente; y en que, al menos, siempre que haya grandes intereses en disputa, la hostilidad mutua se desatará de la misma manera en que lo ha hecho en nuestros tiempos.
Ponemos aquí fin a nuestro recorrido histórico, pues no era nuestro propósito repasar a la ligera algunos de los principios según los cuales se ha librado la guerra en cada época, sino tan solo mostrar cómo cada periodo ha tenido sus propias formas peculiares de guerra, sus propias condiciones restrictivas y sus propios prejuicios.
Cada periodo mantendría, por lo tanto, también su propia teoría de la guerra, aun cuando en todas partes, tanto en los tiempos primitivos como en los posteriores, se hubiera acometido la tarea de elaborar una teoría basada en principios filosóficos.
Los acontecimientos de cada época deben juzgarse, por consiguiente, en relación con las peculiaridades de su tiempo, y solo quien, menos a través del estudio minucioso de los detalles que mediante una visión certera del conjunto, sea capaz de trasladarse a cada época en particular, es apto para comprender y valorar a sus generales.
Pero este modo de hacer la guerra, condicionado por las peculiares relaciones de los Estados y de la fuerza militar empleada, debe contener todavía siempre en sí algo más general, o más bien algo completamente general, de lo que, por encima de todo, se ocupa la teoría.
El último período del tiempo pasado, en el cual la guerra alcanzó su fuerza absoluta, contiene la mayor parte de lo que es de aplicación general y necesario. Pero es tan improbable que las guerras de aquí en adelante tengan todas este carácter grandioso como que las amplias barreras que se les han abierto vuelvan a cerrarse jamás por completo.
Por lo tanto, mediante una teoría que solo se detenga en esta guerra absoluta, todos los casos en los que las influencias externas alteran la naturaleza de la guerra quedarían excluidos o condenados como falsos. Este no puede ser el objeto de la teoría, que debe ser la ciencia de la guerra, no bajo circunstancias ideales, sino reales.
La teoría, por consiguiente, al tiempo que arroja una mirada penetrante, discriminatoria y clasificadora sobre los objetos, debe tener siempre a la vista la múltiple diversidad de causas de las que puede proceder la guerra, y debe, por ende, trazar sus grandes rasgos de modo que deje espacio para lo que exigen las urgencias del tiempo y del momento.
Por consiguiente, debemos añadir que el objeto que todo aquel que emprende la guerra se propone a sí mismo, y los medios que convoca, se determinan enteramente según los detalles particulares de su posición; y por esa misma razón llevarán también en sí mismos el carácter del tiempo y de las relaciones generales; por último, que están siempre sujetos a las conclusiones generales que deben deducirse de la naturaleza de la guerra.