Según la noción que nos hemos formado de la táctica y la estrategia, se desprende, como algo natural, que si la naturaleza de la primera cambia, ese cambio debe influir en la segunda.
Si los hechos tácticos en un caso son enteramente distintos de los de otro, los estratégicos deben serlo también, para que sigan siendo coherentes y razonables. Es, por tanto, importante caracterizar la acción general en su forma moderna antes de avanzar en el estudio de su empleo en la estrategia.
¿Qué es lo que hacemos por lo general hoy en día en una gran batalla? Nos colocamos tranquilamente en grandes masas dispuestas contiguas y detrás unas de otras. Desplegamos relativamente solo una pequeña porción del conjunto, y dejamos que se consuma en un combate de fuego que dura varias horas, interrumpido solo de vez en cuando, y desplazado aquí y allá por pequeños choques aislados de cargas a la bayoneta y ataques de caballería.
Cuando esta línea ha agotado gradualmente parte de su ardor guerrero de este modo y no quedan más que las cenizas, es retirada(*) y reemplazada por otra.
De este modo, la batalla bajo un principio modificado arde lentamente como pólvora mojada, y si el velo de la noche ordena que se detenga, porque ninguna de las partes puede ver ya y ninguna elige correr el riesgo de la ciega casualidad, entonces cada bando hace un balance respectivo de las masas restantes que aún pueden llamarse efectivas, es decir, que aún no se han derrumbado por completo como volcanes extintos; se toma nota del terreno ganado o perdido y de cómo se encuentra la seguridad de la retaguardia; estos resultados, junto con las impresiones especiales sobre la valentía y la cobardía, la habilidad y la estupidez que se cree haber observado en nosotros mismos y en el enemigo, se recogen en una sola impresión global, de la cual surge la resolución de abandonar el campo o de renovar el combate al día siguiente.
Esta descripción, que no pretende ser un cuadro acabado de un combate moderno, sino solo dar su tono general, sirve tanto para la ofensiva como para la defensiva, y los rasgos especiales que aportan el objetivo propuesto, el terreno, etc., etc., pueden introducirse en ella sin alterar sustancialmente la concepción.
Pero las batallas modernas no lo son por accidente; lo son porque los bandos se encuentran casi al mismo nivel en lo que respecta a la organización militar y al conocimiento del Arte de la Guerra, y porque el elemento belicoso, inflamado por grandes intereses nacionales, ha roto los límites artificiales y fluye ahora por su cauce natural. Bajo estas dos condiciones, las batallas conservarán siempre este carácter.
Esta idea general de la batalla moderna nos será útil en lo sucesivo en más de un lugar, si queremos estimar el valor de los coeficientes particulares de fuerza, país, etc., etc.
Esta descripción solo es válida para los combates generales, grandes y decisivos, y aquellos que se les aproximan; los inferiores también han cambiado de carácter en la misma dirección, pero menos que los grandes.
La prueba de esto pertenece a la táctica; sin embargo, tendremos ocasión más adelante de aclarar este tema dando algunos pormenores.