Aún debemos añadir algo respecto a la influencia de los arroyos y ríos en la defensa de un país, incluso cuando estos no son defendidos por sí mismos.
Todo río importante, con su valle principal y sus valles adyacentes, constituye un obstáculo muy considerable en un país y, de ese modo, resulta ventajoso para la defensa en general; pero su influencia peculiar permite ser especificada con mayor detalle en sus efectos principales.
Primero debemos distinguir si fluye paralela a la frontera, es decir, al frente estratégico general, o en un ángulo oblicuo o recto respecto a ella. En el caso de la dirección paralela debemos observar la diferencia entre tener nuestro propio ejército o el del enemigo a su espalda, y en ambos casos, de nuevo, la distancia entre este y el ejército.
Un ejército a la defensiva que tiene a sus espaldas un gran río a una distancia prudencial (pero no a menos de un día de marcha), y sobre ese río un número adecuado de cruces seguros, se encuentra indudablemente en una situación mucho más sólida que sin el río; pues si pierde un poco de libertad de movimiento debido al cuidado necesario para la seguridad de los cruces, gana aún mucho más con la seguridad de su retaguardia estratégica, lo que significa principalmente la de sus líneas de comunicación.
En todo esto aludimos a una defensa en nuestro propio país; porque en el país del enemigo, aunque su ejército estuviera ante nosotros, siempre tendríamos que temer más o menos su aparición a nuestra espalda al otro lado del río, y entonces el río, al implicar desfiladeros estrechos en los caminos, resultaría más desventajoso que otra cosa en su efecto sobre nuestra situación.
Cuanto más lejos esté el río a la espalda del ejército, menor será su utilidad, y a ciertas distancias su influencia desaparece por completo.
Si un ejército en avance tiene que dejar un río a su espalda, el río no puede ser sino perjudicial para sus movimientos, pues restringe las comunicaciones del ejército a unos pocos pasos aislados.
Cuando el príncipe Enrique marchó contra los rusos en la margen derecha del Óder, cerca de Breslau, tenía claramente un point d’appui en el Óder fluyendo a sus espaldas a la distancia de una jornada; por otra parte, cuando los rusos al mando de Cznernitschef cruzaron el Óder con posterioridad, se hallaron en una situación muy embarazosa, precisamente debido al riesgo de perder su línea de retirada, la cual estaba limitada a un solo puente.
Si un río cruza el teatro de la guerra más o menos en ángulo recto con respecto al frente estratégico, la ventaja vuelve a estar del lado de la defensiva; porque, en primer lugar, por lo general hay una serie de buenas posiciones apoyadas en el río y cubiertas en su frente por los valles transversales conectados con el valle principal (como el Elba para los prusianos en la Guerra de los Siete Años); en segundo lugar, el atacante debe dejar un lado del río u otro sin ocupar, o debe dividir sus fuerzas; y dicha división no puede dejar de favorecer nuevamente a la defensiva, debido a que esta estará en posesión de más pasos bien asegurados que el atacante.
Solo necesitamos echar una ojeada a toda la Guerra de los Siete Años para convencernos de que el Óder y el Elba le fueron muy útiles a Federico el Grande en la defensa de su teatro de guerra (a saber, Silesia, Sajonia y la Marca), y que, en consecuencia, constituyeron un gran impedimento para la conquista de estas provincias por parte de los austriacos y los rusos, aunque no hubo una defensa real de dichos ríos en toda la Guerra de los Siete Años, y su curso es principalmente, en relación con el enemigo, en un ángulo oblicuo o recto más que paralelo al frente.
Es únicamente la comodidad de un río como medio de transporte, cuando su curso es más o menos en dirección perpendicular, lo que puede, en general, ser ventajoso para el atacante; a ese respecto puede serlo por esta razón: puesto que tiene la línea de comunicación más larga y, por consiguiente, mayor dificultad en el transporte de todo lo que necesita, el transporte fluvial puede aligerarle de una gran cantidad de problemas y resultar muy útil.
El defensor, por su parte, ciertamente tiene el poder de cerrar la navegación dentro de su propia frontera mediante fortalezas; aun así, incluso por ese medio no se perderán las ventajas que el río ofrece al atacante en lo que concierne a su curso hasta dicha frontera.
Pero si reflexionamos sobre el hecho de que muchos ríos a menudo no son navegables, incluso allí donde no poseen una anchura insignificante respecto a otras relaciones militares, que otros no son navegables en todas las estaciones, que la navegación remonta el curso con lentitud, que los meandros de un río a menudo duplican su longitud, que las principales comunicaciones entre países son ahora carreteras, y que hoy más que nunca las necesidades de un ejército se abastecen en el país adyacente al escenario de sus operaciones, y no mediante transporte desde puntos distantes, podemos comprender bien que el uso de un río por lo general no desempeña un papel tan destacado en la subsistencia de las tropas como suele representarse en los libros, y que su influencia en el curso de los acontecimientos es, por tanto, muy remota e incierta.