Habiendo caracterizado en detalle los diferentes fines a los que puede dirigirse la guerra, repasaremos la organización de la guerra en su conjunto para cada una de las tres gradaciones distintas correspondientes a estos fines.
De conformidad con todo lo que se ha dicho sobre el asunto hasta el presente, dos principios fundamentales rigen en todo el plan de guerra y sirven de guía para todo lo demás.
El primero es: reducir el peso del poder del enemigo al menor número posible de centros de gravedad, a uno si puede hacerse; además, limitar el ataque contra estos centros de fuerza al menor número posible de empresas principales, a uno de ser posible; por último, mantener todas las empresas secundarias lo más subordinadas posible. En una palabra, el primer principio es: actuar tan concentradamente como sea posible.
El segundo principio reza así: actuar con la mayor rapidez posible; por tanto, no permitir demora ni rodeo sin razón suficiente.
La reducción del poder del enemigo a un punto central depende
- Sobre la naturaleza de su conexión política.
Si consiste en los ejércitos de una sola Potencia, por lo general no hay dificultad; si se trata de ejércitos aliados, de los cuales uno actúa simplemente como aliado sin ningún interés propio, entonces la dificultad no es mucho mayor; si es una coalición por un objetivo común, entonces depende de la cordialidad de la alianza; ya hemos tratado este tema.
- Sobre la situación del teatro de la guerra en el cual hacen su aparición los diferentes ejércitos hostiles.
Si las fuerzas del enemigo están reunidas en un solo ejército sobre un teatro de guerra, constituyen en realidad una unidad y no necesitamos indagar más; si están en un teatro de guerra, pero en ejércitos separados que pertenecen a diferentes Potencias, ya no hay una unidad absoluta; existe, sin embargo, una interdependencia de las partes suficiente para que un golpe decisivo en una de ellas derribe a la otra por el impacto.
Si los ejércitos están apostados en teatros de guerra contiguos entre sí y no separados por grandes obstáculos naturales, existe también en tal caso una influencia decidida del uno sobre el otro; pero si los teatros de guerra están muy alejados, si hay territorio neutral, grandes montañas, etc., de por medio, entonces la influencia es muy dudosa e improbable también; si se encuentran en lados completamente opuestos del Estado contra el cual se hace la guerra, de modo que las operaciones dirigidas contra ellos deban divergir en líneas excéntricas, entonces casi todo rastro de conexión llega a su fin.
Si Prusia era atacada por Francia y Rusia al mismo tiempo, sería, en lo que respecta a la conducción de la guerra, casi lo mismo que si hubiera dos guerras separadas; al mismo tiempo, la unidad se manifestaría en las negociaciones.
Sajonia y Austria, por el contrario, como potencias militares en la Guerra de los Siete Años, debían ser consideradas como una sola; lo que sufría la una lo sentía también la otra, en parte porque los teatros de guerra se encontraban en la misma dirección para Federico el Grande, en parte porque Sajonia carecía de independencia política.
Numerosos como eran los enemigos de Buonaparte en Alemania en 1813, aún así todos se situaban muy marcadamente en una misma dirección respecto a él, y los teatros de guerra de sus ejércitos estaban en estrecha conexión y se influían recíprocamente de manera muy poderosa.
Si mediante una concentración de todas sus fuerzas hubiese podido doblegar al ejército principal, semejante derrota habría tenido un efecto decisivo en todas las partes. Si hubiese vencido al gran ejército de Bohemia y marchado sobre Viena a través de Praga, Blücher, por muy dispuesto que estuviese, no habría podido permanecer en Sajonia, pues se le habría requerido para cooperar en Bohemia, y el Príncipe Heredero de Suecia tampoco habría estado dispuesto a permanecer en la Marca.
Por otra parte, Austria, si hace la guerra contra los franceses en el Rin y en Italia al mismo tiempo, siempre tendrá dificultades para dar una solución en uno de esos teatros de operaciones mediante un golpe afortunado en el otro.
En parte porque Suiza, con sus montañas, forma una barrera demasiado fuerte entre ambos teatros, y en parte porque la dirección de las carreteras en ambos lados es divergente.
Francia, por el contrario, puede decidir mucho antes en uno mediante un resultado afortunado en el otro, porque la dirección de sus fuerzas en ambos converge hacia Viena, el centro del poder de todo el imperio austriaco; podemos añadir además que un golpe decisivo en Italia tendrá más efecto sobre el teatro del Rin que un éxito en el Rin en Italia, porque el golpe desde Italia llega más cerca del centro, y el desde el Rin más sobre el flanco, de los dominios austriacos.
De lo que hemos dicho se deduce que la concepción de un poder hostil, ya sea separado o conectado, se extiende a través de todos los grados de relación, y que, por tanto, en cada caso, lo primero es descubrir la influencia que los acontecimientos de un teatro de operaciones puedan tener sobre el otro, según la cual podremos determinar después hasta qué punto las diferentes fuerzas del enemigo pueden reducirse a un único centro de fuerza.
Solo hay una excepción al principio de dirigir todas nuestras fuerzas contra el centro de gravedad del poder del enemigo: si las expediciones secundarias prometen ventajas extraordinarias; y aun en este caso, se da por supuesta la condición de que poseemos una superioridad tan decisiva que nos permite emprender tales empresas sin correr un riesgo demasiado grande en el punto que constituye nuestro gran objetivo.
Cuando el general Bülow entró en Holanda en 1814, era de prever que los treinta mil hombres que componían su cuerpo no sólo neutralizarían al mismo número de franceses, sino que, además, darían a los ingleses y a los holandeses la oportunidad de entrar en campaña con fuerzas que de otro modo nunca se habrían puesto en actividad.
Por consiguiente, la primera consideración en la combinación de un plan de guerra es determinar los centros de gravedad del poder del enemigo y, de ser posible, reducirlos a uno solo. La segunda es unir las fuerzas que han de emplearse contra el centro de fuerza en una sola gran acción.
He aquí que ahora se nos pueden presentar los siguientes motivos para dividir nuestras fuerzas:
- La posición original de las fuerzas militares, por tanto también la situación de los Estados involucrados en la ofensiva.
Si la concentración de las fuerzas ocasionara rodeos y pérdida de tiempo, y el peligro de avanzar por líneas separadas no es demasiado grande, entonces lo mismo puede justificarse por tales motivos; pues efectuar una concentración innecesaria de fuerzas, con gran pérdida de tiempo, por la cual se disminuyen la frescura y la rapidez del primer golpe, sería contrario al segundo principio rector que hemos establecido. En todos los casos en los que exista la esperanza de sorprender al enemigo en cierta medida, esto merece particular atención.
Pero el caso se vuelve aún más importante si el ataque es emprendido por Estados aliados que no están situados en una línea dirigida hacia el Estado atacado, no uno detrás de otro, sino situados lado a lado.
Si Prusia y Austria emprendieran una guerra contra Francia, sería una medida muy errónea, un derroche de tiempo y de fuerza, si los ejércitos de las dos potencias se vieran obligados a partir del mismo punto, ya que la línea natural para un ejército que opera desde Prusia hacia el corazón de Francia es desde el Bajo Rin, y la de los austriacos es desde el Alto Rin.
La concentración, por lo tanto, en este caso, solo podría efectuarse mediante un sacrificio; consecuentemente, en cualquier caso particular, la cuestión que debe decidirse sería: ¿Es la necesidad de concentración tan grande que este sacrificio deba hacerse?
- El ataque por líneas separadas puede ofrecer mayores resultados.
Como ahora estamos hablando de avanzar en líneas separadas contra un solo centro de fuerza, estamos, por lo tanto, suponiendo un avance por líneas convergentes. Un avance separado en líneas paralelas o excéntricas pertenece a la rúbrica de empresas accesorias, de las cuales ya hemos hablado.
Ahora bien, todo ataque convergente, tanto en estrategia como en táctica, ofrece la perspectiva de grandes resultados; pues si tiene éxito, la consecuencia no es simplemente una derrota, sino más o menos el corte de la retirada del enemigo.
El ataque concéntrico es, por tanto, siempre el que puede conducir a los mayores resultados; pero debido a la separación de las partes de la fuerza y a la ampliación del teatro de la guerra, entraña también el mayor riesgo; ocurre aquí lo mismo que con el ataque y la defensa: la forma más débil ofrece en perspectiva los mayores resultados.
La cuestión, por lo tanto, es si el agresor se siente con la fuerza suficiente como para intentar este gran resultado.
Cuando Federico el Grande avanzó sobre Bohemia en el año 1757, partió de Sajonia y Silesia con sus fuerzas divididas. Las dos razones principales para ello fueron, primero, que sus fuerzas estaban acantonadas en invierno de tal manera que concentrarlas en un solo punto habría despojado al ataque de todas las ventajas de la sorpresa; y segundo, que mediante este avance concéntrico, cada uno de los dos teatros de operaciones austriacos se veía amenazado en los flancos y en la retaguardia. El peligro al que Federico el Grande se expuso en esa ocasión fue que uno de sus dos ejércitos pudiera ser completamente derrotado por fuerzas superiores; si los austriacos no veían esto, entonces tendrían que dar batalla únicamente con su centro, o correr el riesgo de ser arrojados de su línea de comunicaciones, ya sea por un lado o por el otro, y sufrir una catástrofe; este fue el gran resultado que el rey esperaba de este avance. Los austriacos prefirieron la batalla en el centro, pero Praga, donde tomaron su posición, se encontraba en una situación demasiado bajo la influencia del ataque convergente, el cual, dado que permanecieron totalmente pasivos en su posición, tuvo tiempo de desarrollar su eficacia al máximo. La consecuencia de esto fue que, cuando perdieron la batalla, fue una catástrofe completa; como se manifiesta en el hecho de que dos tercios del ejército con el comandante en jefe se vieron obligados a encerrarse en Praga.
Este brillante éxito en la apertura de la campaña se logró mediante el audaz golpe de un ataque concéntrico.
Si Federico consideraba la precisión de sus propios movimientos, la energía de sus generales, la superioridad moral de sus tropas, por un lado, y la lentitud de los austríacos por el otro, como suficientes para asegurar el éxito de su plan, ¿quién puede culparlo?
Pero como no podemos dejar estas ventajas morales fuera de consideración, tampoco podemos atribuir el éxito únicamente a la mera forma geométrica del ataque.
Pensemos tan solo en la no menos brillante campaña de Buonaparte en el año 1796, cuando los austríacos fueron tan severamente castigados por su marcha concéntrica hacia Italia. Los medios de que disponía el general francés en aquella ocasión, el general austríaco también los tenía a su disposición en 1757 (a excepción de los morales); de hecho, tenía un poco más, pues no era, como Buonaparte, más débil que su adversario.
Por lo tanto, cuando sea de temer que el avance en líneas separadas y convergentes pueda ofrecer al enemigo los medios de contrarrestar la desigualdad de fuerzas numéricas mediante el uso de líneas interiores, tal forma de ataque no es aconsejable; y si debido a la situación de los beligerantes hay que recurrir a ella, solo puede ser considerada como un mal necesario.
Si, desde este punto de vista, dirigimos la mirada al plan que se adoptó para la invasión de Francia en 1814, es imposible aprobarlo. Los ejércitos ruso, austríaco y prusiano estaban concentrados en un punto cercano a Fráncfort del Meno, en la línea más natural y directa hacia el centro de la fuerza de la monarquía francesa. Estos ejércitos fueron separados entonces, para que uno pudiera penetrar en Francia desde Maguncia y el otro desde Suiza.
Como la fuerza del enemigo estaba tan reducida que la defensa de la frontera estaba fuera de discusión, toda la ventaja que cabía esperar de este avance concéntrico, si llegaba a tener éxito, era que, mientras Lorena y Alsacia eran conquistadas por un ejército, el Franco Condado sería tomado por el otro. ¿Valía la pena esta insignificante ventaja de marchar hacia Suiza? Sabemos muy bien que hubo otros motivos (pero igualmente insuficientes) que provocaron esta marcha; pero aquí nos limitamos al punto que estamos considerando.
Por otro lado, Buonaparte era un hombre que entendía a la perfección la defensiva que debía oponerse a un ataque concéntrico, como ya había demostrado en su magistral campaña de 1796; y aunque los Aliados eran muy considerablemente superiores en número, la preponderancia debida a su superioridad como general fue reconocida en todas las ocasiones.
Se unió a su ejército demasiado tarde cerca de Châlons y menospreciaba un poco demasiado, en general, a sus oponentes, pero aun así estuvo muy cerca de golpear a los dos ejércitos por separado; y ¿en qué estado se los encontró en Brienne?
- Blücher solo tenía 27.000 de sus 65.000 hombres con él, y el gran ejército, de un total de 200.000, solo tenía 100.000 presentes.
Era imposible hacerle una jugada mejor al adversario. Y desde el momento en que comenzó la acción activa, no se sintió mayor necesidad que la de la reunión.
Después de todas estas reflexiones, pensamos que, aunque el ataque concéntrico es en sí mismo un medio para obtener mayores resultados, todavía debe proceder por regla general solo a partir de una separación previa de las partes que componen el conjunto de la fuerza, y que hay pocos casos en los que haríamos bien en renunciar a la línea de operación más corta y directa con el fin de adoptar dicha forma.
- La amplitud de un teatro de guerra puede ser un motivo para atacar en líneas separadas.
Si un ejército a la ofensiva, en su avance desde cualquier punto, penetra con éxito a cierta distancia en el interior del país enemigo, entonces, ciertamente, el espacio que domina no se restringe exactamente a la línea de ruta por la que marcha, sino que dominará un margen a cada lado; aun así, eso dependerá en gran medida, si se no permite usar la metáfora, de la solidez y cohesión del Estado opuesto.
Si el Estado apenas se sostiene vagamente, si su pueblo es una raza afeminada desacostumbrada a la guerra, entonces, sin que nos tomemos gran molestia, una extensión considerable de territorio se abrirá a espaldas de nuestro ejército victorioso; pero si hemos de vérnoslas con una población valiente y leal, el espacio a espaldas de nuestro ejército formará un triángulo más o menos agudo.
Para obviar este mal, la fuerza atacante necesita regular su avance sobre una cierta anchura de frente. Si la fuerza del enemigo está concentrada en un punto determinado, esta amplitud de frente solo puede conservarse mientras no estemos en contacto con el enemigo, y debe contraerse a medida que nos acercamos a su posición: eso es fácil de comprender.
Pero si el enemigo mismo ha tomado una posición con una cierta extensión de frente, entonces no hay nada absurdo en una extensión correspondiente por nuestra parte.
Hablamos aquí de un teatro de guerra, o de varios, si están muy cerca el uno del otro. Evidentemente este es, por tanto, el caso cuando, según nuestro criterio, la operación principal debe ser, al mismo tiempo, decisiva en puntos subordinados.
Pero ahora bien, ¿podemos siempre correr el riesgo de esto? ¿Y podemos exponernos al peligro que debe surgir si la influencia de la operación principal no es suficiente para decidir en los puntos secundarios? ¿Acaso la falta de cierta amplitud para un teatro de guerra no merece una consideración especial?
Aquí, al igual que en todas partes, es imposible agotar el número de combinaciones que pueden tener lugar; pero sostenemos que, salvo pocas excepciones, la decisión sobre el punto capital llevará consigo la decisión sobre todos los puntos menores. Por lo tanto, la acción debe regularse de conformidad con este principio, en todos aquellos casos en que lo contrario no sea evidente.
Cuando Buonaparte invadió Rusia, tenía buenos motivos para creer que, al conquistar el grueso del ejército ruso, obligaría a sus fuerzas en el Alto Dvina a sucumbir. Al principio solo dejó al cuerpo de Oudinot para oponerse a ellas, pero Wittgenstein asumió la ofensiva, y Buonaparte se vio entonces obligado a enviar también el sexto cuerpo a ese sector.
Por otra parte, al principio de la campaña, dirigió una parte de sus fuerzas contra Bagration; pero ese general se vio arrastrado por la influencia del movimiento retrógrado en el centro, y a Buonaparte le fue posible entonces recordar esa parte de sus fuerzas. Si Wittgenstein no hubiera tenido que cubrir la segunda capital, también habría seguido la retirada del gran ejército al mando de Barclay.
En los años 1805 y 1809, las victorias de Buonaparte en Ulm y Ratisbona decidieron los asuntos en Italia y también en el Tirol, aunque el primero era un teatro más bien distante y, en sí mismo, independiente.
En el año 1806, sus victorias en Jena y Auerstadt fueron decisivas con respecto a todo lo que se hubiera podido intentar contra él en Westfalia y Hesse, o en el camino de Fráncfort.
Entre la multitud de circunstancias que pueden influir en la resistencia en los puntos secundarios, hay dos que destacan de forma más prominente.
El primero es: que en un país de vasta extensión, y también de relativamente gran poder, como Rusia, podemos aplazar el golpe decisivo en el punto principal durante algún tiempo, y no estamos obligados a hacerlo todo a toda prisa.
El segundo es: cuando un punto menor (como Silesia en el año 1806), a través de un gran número de fortalezas, posee un grado extraordinario de fuerza independiente. Y, sin embargo, Buonaparte trató ese punto con gran desprecio, por cuanto, al tener que dejar un punto así completamente a sus espaldas en la marcha hacia Varsovia, solo destinó 20.000 hombres bajo el mando de su hermano Jerónimo a ese sector.
Si sucede que el golpe en el punto principal, con toda probabilidad, no sacudirá un punto secundario de este tipo, o no lo ha hecho, y si el enemigo aún tiene fuerzas en ese punto, entonces a estas, como un mal necesario, se les debe oponer una fuerza adecuada, porque nadie puede dejar absolutamente abierta su línea de comunicación desde el mismo comienzo.
Pero la prudencia puede ir un paso más allá; puede exigir que el avance hacia el punto principal marche al mismo paso que el de los puntos secundarios, y, por consiguiente, la empresa principal debe retrasarse siempre que los puntos secundarios no capitulen.
Este principio no contradice directamente al nuestro en cuanto a unir toda la acción en la medida de lo posible en una sola gran empresa, pero el espíritu del que brota es diametralmente opuesto al espíritu en el que el nuestro está concebido. Seguir semejante principio introduciría un ritmo tan medido en los movimientos, una paralización tal de la fuerza impulsora, tanto margen para el capricho del azar y una pérdida de tiempo tal que resultarían prácticamente incompatibles por completo con una ofensiva dirigida al derrocamiento total del enemigo.
La dificultad se vuelve aún mayor si las fuerzas apostadas en estos puntos menores pueden retirarse por líneas divergentes. ¿Qué sería entonces de la unidad de nuestro ataque?
Debemos, por lo tanto, declararnos completamente opuestos en principio a la dependencia del ataque principal respecto a los ataques menores, y sostenemos que un ataque dirigido a la destrucción del enemigo que no tenga la audacia de disparar, como la punta de una flecha, directamente al corazón del poder enemigo, jamás podrá dar en el blanco.
- Por último, queda un cuarto fundamento para un avance separado en la facilidad que puede proporcionar para la subsistencia.
Ciertamente es mucho más agradable marchar con un pequeño ejército por un país opulento, que con un gran ejército por uno pobre; pero mediante medidas adecuadas, y con un ejército acostumbrado a las privaciones, lo segundo no es imposible y, por lo tanto, lo primero jamás debería influir en nuestros planes de tal modo que nos conduzca a un gran peligro.
Hemos hecho justicia ahora a los motivos de una separación de fuerzas que divide la operación principal en varias, y si la separación tiene lugar por cualquiera de estos motivos, con una concepción clara del objetivo y tras la debida consideración de las ventajas y desventajas, no nos aventuraremos a encontrar fallos.
Pero si, como suele suceder, un plan es trazado por un Estado Mayor erudito, meramente según la rutina; si los diferentes teatros de guerra, como las casillas de un tablero de ajedrez, deben tener cada uno su pieza colocada en ellos antes de que comiencen los movimientos; si estos movimientos se acercan al objetivo en líneas y relaciones complicadas en virtud de una profundidad imaginaria en el arte de la combinación; si los ejércitos han de separarse hoy para aplicar toda su habilidad en reunirse con el mayor riesgo en catorce días, entonces sentimos un perfecto horror ante este abandono del camino directo, simple y de sentido común para precipitarnos intencionadamente en la confusión absoluta.
Esta insensatez ocurre con tanta mayor facilidad cuanto menos dirige la guerra el general en jefe, y cuanto menos la conduce en el sentido que hemos señalado en el primer capítulo como un acto de su individualidad investida de poderes extraordinarios; cuanto más, por lo tanto, todo el plan es fabricado por un Estado Mayor inexperto y a partir de las ideas de una docena de aficionados.
Nos falta aún considerar la tercera parte de nuestro primer principio; esto es, mantener las partes subordinadas lo más posible en subordinación.
Mientras procuramos subordinar todas las operaciones de una guerra a un solo fin, y tratamos de alcanzarlo en la medida de lo posible mediante un gran esfuerzo, privamos a los demás puntos de contacto de los Estados en guerra entre sí de una parte de su independencia; se convierten en acciones subordinadas.
Si pudiéramos concentrarlo todo absolutamente en una sola acción, esos puntos de contacto quedarían completamente neutralizados; pero esto rara vez es posible, y, por lo tanto, lo que debemos hacer es mantenerlos dentro de tales límites que no provoquen la sustracción de demasiadas fuerzas de la acción principal.
A continuación, sostenemos que el plan de la guerra misma debe tener esta tendencia, aun cuando no sea posible reducir toda la resistencia del enemigo a un solo punto; por consiguiente, en caso de que nos hallemos en la situación ya mencionada de llevar a cabo dos guerras casi completamente separadas al mismo tiempo, una de ellas debe considerarse siempre como el asunto principal al cual deben dedicarse principalmente nuestras fuerzas y nuestra actividad.
Desde este punto de vista, es aconsejable proceder únicamente de forma ofensiva contra ese único punto principal, y mantener la defensiva en todos los demás. El ataque en ese lugar solo está justificado cuando es invitado por circunstancias muy excepcionales.
Además, hemos de llevar a cabo esta defensiva, que tiene lugar en puntos menores, con el menor número de tropas posible, y tratar de aprovecharnos de cada ventaja que la forma defensiva pueda ofrecer.
Este punto de vista se aplica con aún más fuerza a todos los teatros de guerra en los que avanzan ejércitos pertenecientes a diferentes potencias de forma real, pero que aun así serán golpeados cuando se golpee el centro general de fuerza.
Pero contra el enemigo hacia el cual se dirige el gran golpe, no debe haber, según esto, ninguna defensiva en los teatros secundarios de guerra.
El ataque principal en sí mismo y los ataques secundarios que, por otras razones, se combinan con él, componen este golpe y hacen superflua cualquier defensiva en puntos que no estén directamente cubiertos por este.
Todo depende de este ataque principal; mediante él se compensará cada pérdida.
Si las fuerzas son suficientes para que sea razonable buscar esa gran decisión, entonces la posibilidad de fracaso no puede ser motivo para protegerse contra daños en otros puntos bajo ninguna circunstancia; pues precisamente por tal proceder este fracaso se volverá más probable y, por lo tanto, constituye aquí una contradicción en nuestra acción.
Esta misma preponderancia de la acción principal sobre la menor debe ser el principio observado en cada una de las distintas ramas del ataque. Pero, como por lo general existen motivos ulteriores que determinan qué fuerzas deben avanzar desde un teatro de operaciones, y cuáles desde otro, contra el centro común del poder del enemigo, aquí solo queremos decir que debe haber un esfuerzo para hacer que la acción principal sea dominante, pues todo se volverá más sencillo y estará menos sujeto a la influencia de los acontecimientos fortuitos cuanto más cerca se pueda estar de alcanzar este estado de preponderancia.
El segundo principio concierne al uso rápido de las fuerzas.
Todo gasto innecesario de tiempo, todo rodeo innecesario, es un desperdicio de energía y, por tanto, contrario a los principios de la estrategia.
Es sumamente importante tener siempre presente que casi la única ventaja que posee la ofensiva es el efecto de sorpresa en el inicio de la acción.
La rapidez y la impetuosidad irresistible son sus alas más fuertes; y cuando el objetivo es el derrocamiento completo del enemigo, rara vez puede prescindir de ellas.
Por consiguiente, según esto, la teoría exige el camino más corto hacia el objeto, y excluye por completo de su consideración las discusiones interminables sobre la derecha y la izquierda, el aquí y el allí.
Si traemos a la memoria lo que se dijo en el capítulo sobre el tema del ataque estratégico respecto al punto vulnerable de un Estado, y además, lo que aparece en el cuarto capítulo de este libro, sobre la influencia del tiempo, creemos que no se requiere mayor argumento para probar que la influencia que reclamamos para dicho principio realmente le pertenece.
Buonaparte nunca actuó de otro modo. El camino real más corto de ejército a ejército, de una capital a otra, fue siempre el que más le gustaba.
¿Y en qué consistirá ahora la acción principal a la que lo hemos subordinado todo, y para la cual hemos exigido una ejecución rápida y directa?
En el cuarto capítulo hemos explicado, hasta donde es posible de un modo general, lo que significa el derrumbamiento total del enemigo, y es innecesario repetirlo. Cualquiera que sea el factor del que esto dependa en último término en los casos particulares, el primer paso es siempre el mismo en todos ellos, a saber: la destrucción de la fuerza combatiente del enemigo, es decir, una gran victoria sobre ella y su dispersión. Cuanto antes, lo que significa más cerca de nuestras propias fronteras, se busque esta victoria, más fácil será; cuanto más tarde, es decir, cuanto más adentro en el corazón del país enemigo se obtenga, más decisiva será. Aquí, como en todas partes, la facilidad del éxito y su magnitud se equilibran mutuamente.
Si no somos tan superiores al enemigo como para que la victoria esté fuera de duda, entonces debemos, cuando sea posible, salir a su encuentro, es decir, ir en pos de su fuerza principal. Decimos cuando sea posible, pues si este esfuerzo por encontrarlo condujera a grandes desvíos, falsas direcciones y una pérdida de tiempo, muy bien podría resultar un error.
Si la fuerza principal del enemigo no está en nuestro camino, y nuestros intereses nos impiden por lo demás ir en su búsqueda, podemos estar seguros de que lo encontraremos más adelante, pues él no dejará de interponerse en nuestro paso. Entonces, como acabamos de decir, combatiremos en circunstancias menos ventajosas, un mal al que debemos someternos. Sin embargo, si ganamos la batalla, esta será mucho más decisiva.
De esto se deduce que, en el caso que ahora se supone, sería un error pasar por alto deliberadamente la fuerza principal del enemigo si esta se interpone en nuestro camino, al menos si con ello esperamos facilitar una victoria.
Por otra parte, se desprende de lo que antecede que, si tenemos una superioridad decidida sobre la fuerza principal del enemigo, podemos eludirla deliberadamente para librar en el futuro una batalla más decisiva.
Hemos estado hablando de una victoria completa, por consiguiente de una derrota total del enemigo, y no de una mera batalla ganada. Pero semejante victoria exige un ataque envolvente, o una batalla con un frente oblicuo, pues estas dos formas siempre confieren al resultado un carácter decisivo.
Constituye, por tanto, una parte esencial de un plan de guerra adoptar disposiciones para este movimiento, tanto en lo que respecta a la masa de fuerzas requerida como a la dirección que debe dárseles, de lo cual se hablará más en el capítulo sobre el plan de campaña.
Ciertamente no es imposible que incluso las batallas libradas con frentes paralelos conduzcan a derrotas completas, y los casos al respecto no faltan en la historia militar; pero tal acontecimiento es poco común, y lo será aún más a medida que los ejércitos estén más a la par en cuanto a disciplina y destreza en el campo. Ya no colocamos veintiún batallones en una aldea, como hicieron en Blenheim.
Una vez conseguida la gran victoria, la cuestión siguiente no es acerca del descanso, ni de tomar aliento, ni de reflexionar, ni de reorganizarse, etc., etc., sino únicamente de la persecución de nuevos golpes donde sea necesario, de la captura de la capital del enemigo, del ataque a los ejércitos de sus aliados, o de cualquier otra cosa que parezca ser un punto de reunión para el enemigo.
Si la marea de la victoria nos lleva cerca de las fortalezas del enemigo, el poner sitio a estas o no dependerá de nuestros medios. Si tenemos una gran superioridad de fuerza, sería una pérdida de tiempo no tomarlas lo antes posible; pero si no estamos seguros de los acontecimientos futuros que se nos presentan, debemos mantener las fortalezas a raya con el menor número de tropas posible, lo cual excluye cualquier asedio regular y formal.
En el momento en que el sitio de una fortaleza nos obliga a suspender nuestro avance estratégico, dicho avance, por regla general, ha llegado a su punto culminante.
Exigimos, por tanto, que el cuerpo principal avance rápidamente en su persecución sin ningún descanso; ya hemos condenado la idea de hacer que el avance hacia el punto principal dependa del éxito en puntos secundarios; la consecuencia de esto es que, en todos los casos ordinarios, nuestro ejército principal solo deja tras de sí una estrecha franja de territorio que puede considerar propia y que, por tanto, constituye su teatro de guerra. Ya hemos demostrado cómo esto debilita el ímpetu en la vanguardia y los peligros que de ello se derivan para la ofensiva.
¿No llegará esta dificultad, no llegará este contrapeso intrínseco a un punto que impida un mayor avance? Ciertamente eso puede ocurrir; pero así como ya hemos insistido en que sería un error intentar evitar este teatro de guerra reducido al principio y, por mor de ese objetivo, privar al avance de su elasticidad, también sostenemos ahora que, mientras el comandante aún no haya derribado a su adversario, mientras se considere con la fuerza suficiente para lograr ese objetivo, tanto tiempo debe seguir persiguiéndolo.
Lo hace quizás con un riesgo mayor, pero también con la perspectiva de un éxito más rotundo. Si llega a un punto que no puede atreverse a sobrepasar, donde, para proteger su retaguardia, debe extenderse a diestra y siniestra —bien, entonces, este es muy probablemente su punto culminante. El poder de vuelo se ha agotado y, si el enemigo no está subyugado, lo más probable es que no lo sea ahora.
Todo lo que el asaltante hace ahora para intensificar su ataque mediante la conquista de fortalezas, desfiladeros y provincias es, sin duda, todavía un avance lento, pero es de índole meramente relativa, ya no absoluta.
El enemigo ya no está en fuga, tal vez esté preparando una nueva resistencia, por lo que ya es posible que, aunque el asaltante siga avanzando intensamente, la posición de la defensa mejore cada día.
En suma, volvemos a lo mismo: por regla general, no hay una segunda primavera una vez que ha sido necesario un alto.
La teoría, por consiguiente, solo exige que, mientras exista la intención de destruir al enemigo, no se produzca ningún alto en el avance del ataque; si el comandante renuncia a este propósito debido a que conlleva un riesgo demasiado grande, hace bien en detenerse y extender su fuerza. La teoría solo se opone a esto cuando se hace con vistas a derrotar al enemigo con mayor facilidad.
No somos tan necios como para sostener que no pueda encontrarse ningún ejemplo de Estados que hayan sido gradualmente reducidos a la extremidad absoluta.
En primer lugar, el principio que defendemos no es una verdad absoluta, a la que sea imposible toda excepción, sino una fundada únicamente en el resultado ordinario y probable; en segundo lugar, debemos distinguir entre los casos en que la caída de un Estado se ha efectuado por un proceso lento y gradual, y aquellos en que el acontecimiento ha sido el resultado de una primera campaña. Aquí solo tratamos de este último caso, pues solo en él se da esa tensión de fuerzas que o bien vence el centro de gravedad del peso, o corre el peligro de ser vencida por él.
Si en el primer año obtenemos una ventaja moderada, a la que en el siguiente añadimos otra, avanzando así gradualmente hacia nuestro objetivo, no hay en ninguna parte un peligro muy inminente, sino que este se halla distribuido en muchos puntos. Cada pausa entre un resultado y otro le da al enemigo nuevas oportunidades; los efectos de los primeros resultados tienen muy poca influencia en los que siguen, a menudo ninguna, a menudo solo una influencia negativa, porque el enemigo se recupera, o tal vez se ve incitado a una mayor resistencia, o consigue ayuda extranjera; mientras que, cuando todo se hace en una sola marcha, el éxito de ayer arrastra consigo el de hoy, una tea enciende a otra.
Si hay casos en los cuales los Estados han sido vencidos por golpes sucesivos —en los cuales, por consiguiente, el tiempo, por lo general aliado de la defensiva, resultó adverso—, ¡cuán infinitamente más numerosos son los ejemplos en los que los designios del agresor fracasaron estrepitosamente por ese medio! Pensemos tan solo en el resultado de la Guerra de los Siete Años, en la que los austriacos buscaron alcanzar su objetivo de manera tan cómoda, cauta y prudente, que terminaron por errarlo por completo.
Desde este punto de vista, por tanto, no podemos en absoluto compartir la opinión de que el cuidado que requiere la preparación de un teatro de guerra y el impulso que nos urge a avanzar se encuentran al mismo nivel de importancia, y que el primero debe constituir, en cierta medida, un contrapeso para el segundo; sino que consideramos cualquier mal que surja del movimiento hacia adelante como un mal inevitable que solo merece atención cuando ya no nos queda esperanza por delante mediante el avance.
El caso de Bonaparte en 1812, lejos de sacudir nuestra opinión, nos la ha confirmado más bien.
Su campaña no fracasó por haber avanzado con demasiada rapidez o demasiado lejos, como se cree comúnmente, sino porque falló el único medio de éxito. El Imperio ruso no es un país que pueda ser conquistado de manera regular, es decir, que pueda mantenerse en posesión, al menos no por las fuerzas de los Estados actuales de Europa, ni por los 500.000 hombres con los que Buonaparte invadió el país.
Un país así solo puede ser subyugado por su propia debilidad y por los efectos de la disensión interna. Para golpear estos puntos vulnerables en su existencia política, el país debe ser agitado hasta su mismísimo centro.
Solo llegando a Moscú con la fuerza de su golpe podía Buonaparte esperar sacudir el valor del Gobierno, la lealtad y la firmeza del pueblo. En Moscú esperaba encontrar la paz, y este era el único objetivo racional que podía proponerse al emprender semejante guerra.
Condujo, por lo tanto, su cuerpo principal contra el de los rusos, que retrocedió ante él, marchó pesadamente más allá del campamento de Drissa y no se detuvo hasta llegar a Smolensko. Arrastró consigo a Bagration en su movimiento, derrotó al principal ejército ruso y tomó Moscú.
Actuó en esta ocasión como lo había hecho siempre: solo de ese modo se convirtió en el árbitro de Europa, y solo de ese modo le era posible serlo.
Él, por lo tanto, que admira a Buonaparte en todas sus primeras campañas como el mayor de los generales, no debería censurarle en este caso.
Es muy admisible juzgar un acontecimiento según el resultado, ya que esa es la mejor crítica sobre el mismo (véase el quinto capítulo, segundo libro), pero este juicio derivado meramente del resultado no debe hacerse pasar entonces como prueba de un entendimiento superior.
Buscar las causas del fracaso de una campaña no equivale a hacer una crítica de la misma; solo si demostramos que dichas causas no debieron ser pasadas por alto ni ignoradas es cuando hacemos una crítica y nos situamos por encima del General.
Ahora bien, sostenemos que cualquiera que califique la campaña de 1812 de absurdez únicamente a causa de su tremenda reacción, y que, de haber tenido éxito, la consideraría una combinación de lo más espléndida, demuestra una absoluta incapacidad de juicio.
Si Buonaparte se hubiera quedado en Lituania, como la mayoría de sus críticos piensan que debería haber hecho, para apoderarse primero de las fortalezas, de las cuales, por otra parte, excepto Riga, situada bastante a un lado, apenas hay una, porque Bobruisk es una pequeña e insignificante plaza de armas, se habría visto envuelto para el invierno en un mísero sistema defensivo: entonces esa misma gente habría sido la primera en exclamar: ¡Este ya no es el viejo Buonaparte! ¿Cómo es que no ha llegado siquiera a una primera gran batalla?; él, que solía poner el sello definitivo a sus conquistas en las últimas murallas de los estados enemigos, mediante victorias como las de Austerlitz y Friedland. ¿Le ha fallado el valor para no tomar la capital enemiga, la indefensa Moscú, dispuesta a abrir sus puertas, y haber dejado así un núcleo en torno al cual puedan agruparse nuevos elementos de resistencia? Tuvo la singular suerte de tomar este lejano y enorme coloso por sorpresa, tan fácilmente como se sorprende a una ciudad vecinal, o como Federico el Grande entró en el pequeño estado de Silesia, situado a su puerta, y no hace uso de su buena fortuna, se detiene en mitad de su carrera victoriosa, ¡como si algún espíritu maligno lo persiguiera de cerca! De esta manera habría sido juzgado después del resultado, pues esta es la tónica general de los juicios de los críticos.
En oposición a esto, afirmamos que la campaña de 1812 no tuvo éxito porque el gobierno se mantuvo firme, el pueblo leal y constante, porque por lo tanto no podía tener éxito. Buonaparte puede haber cometido un error al emprender semejante expedición; en todo caso, el resultado ha demostrado que se engañó en sus cálculos, pero sostenemos que, suponiendo que fuera necesario buscar la consecución de este objetivo, no podría haberse hecho de ningún otro modo en su conjunto.
En lugar de agobiarse con una interminable y costosa guerra defensiva en el este, como la que tenía entre manos en el oeste, Buonaparte intentó el único medio para lograr su objetivo: extorsionar con un golpe audaz una paz a su asombrado adversario. La destrucción de su ejército fue el peligro al que se expuso en la empresa; era la apuesta en el juego, el precio de las grandes expectativas. Si esta destrucción de su ejército fue más completa de lo que habría sido necesario por culpa propia, dicha culpa no radicó en haber penetrado demasiado en el corazón del país, pues ese era su objetivo y era inevitable, sino en la tardía fecha en que comenzó la campaña, el sacrificio de vidas ocasionado por sus tácticas, la falta del cuidado debido para el abastecimiento de su ejército y para su línea de retirada, y por último, en haber retrasado demasiado su marcha desde Moscú.
Que los rusos hayan podido llegar a la Beresina antes que él, con la intención deliberada de cortarle la retirada, no constituye un argumento de peso en nuestra contra. Pues, en primer lugar, el fracaso de dicho intento demuestra cuán difícil es en realidad cortar la retirada a un ejército, ya que el ejército que en este caso fue interceptado bajo las circunstancias más desfavorables que puedan concebirse, aun así logró abrirse paso al fin; y aunque este hecho en conjunto contribuyó sin duda a acrecentar su catástrofe, no fue esencialmente la causa de esta.
En segundo lugar, fue tan solo la naturaleza muy peculiar del país la que brindó los medios para llevar las cosas tan lejos como lo hicieron los rusos; pues de no haber sido por los pantanos de la Beresina, con sus márgenes boscosas e intransitables cruzando el camino real, el corte de retirada habría sido aún menos posible.
En tercer lugar, por lo general no hay medios para prevenir una eventualidad de este tipo, excepto realizando el avance con un frente de ejército de una amplitud como la que ya hemos desaprobado; pues si procedemos bajo el plan de avanzar con el centro y cubrir los flancos mediante ejércitos destacados a derecha e izquierda, entonces, si cualquiera de estos ejércitos destacados sufre un revés, debemos retroceder con el centro, y en tal caso muy poco se puede ganar con el ataque.
Además, no se puede decir que Buonaparte descuidara sus flancos. Una fuerza superior quedó frente a Wittgenstein, un cuerpo de sitio proporcional se encontraba ante Riga, el cual al mismo tiempo no era necesario allí, y en el sur Schwarzenberg contaba con 50.000 hombres con los que superaba a Tormasof y era casi igual a Chichágov; además, había 30.000 hombres bajo las órdenes de Víctor, que cubrían la retaguardia del centro.
Incluso en el mes de noviembre, por lo tanto, en el momento decisivo en que los ejércitos rusos habían sido reforzados y los franceses se habían reducido considerablemente, la superioridad de los rusos en la retaguardia del ejército de Moscú no era tan extraordinaria.
- Wittgenstein, Chichágov y Sacken sumaban en total una fuerza de 100.000 hombres.
- Schwarzenberg, Regnier, Víctor, Oudinot y St. Cyr aún tenían 80.000 efectivos.
El general más cauto en su avance difícilmente dedicaría una proporción mayor de sus fuerzas a la protección de sus flancos.
Si de los 600.000 hombres que cruzaron el Niemen en 1812, Buonaparte hubiera traído de vuelta 250.000 en vez de los 50.000 que lo reordinaron bajo Schwartzenberg, Regmer y Macdonald, lo cual era posible evitando los errores que se le han reprochado, la campaña habría sido desgraciada aún, pero la teoría no habría tenido nada que objetarle, pues la pérdida de la mitad de un ejército en tal caso no es en absoluto inusual, y solo nos lo parece en esta instancia a causa de la escala enorme de toda la empresa.
Hasta aquí la operación principal, su tendencia necesaria y los riesgos inevitables.
Por lo que respecta a las operaciones subordinadas, debe haber, ante todo, un objetivo común para todas; pero este objetivo debe estar situado de tal manera que no paralice la acción de ninguna de las partes individuales.
Si invadimos Francia desde el Alto y el Medio Rin y desde Holanda, con la intención de unirnos en París, sin que ninguno de los ejércitos empleados arriesgue nada en el avance, sino manteniéndose intacto hasta que se efectúe la concentración, eso es lo que llamamos un plan ruinoso. Es necesario que se produzca una comparación constante del estado de este movimiento triple, lo que provoca retraso, indecisión y timidez en el avance de cada uno de los ejércitos.
Es mejor asignar a cada parte su misión y situar el punto de unión únicamente allí donde estas diversas actividades se convierten en unidad por sí mismas.
Por tanto, cuando una fuerza militar avanza para el ataque en teatros de guerra separados, a cada ejército debe asignársele un objetivo contra el cual deba dirigirse la fuerza de su choque. Aquí la cuestión es que estos choques deben producirse desde todos los lados simultáneamente, y no que deban resultar ventajas proporcionales de todos ellos.
Si la tarea asignada a un ejército resulta demasiado difícil porque el enemigo ha dispuesto sus fuerzas de un modo diferente al esperado, si sufre una derrota, esto no debe ni tiene por qué influir en la acción de los demás, o volveríamos la probabilidad del éxito general en nuestra contra desde el mismo principio.
Es solo el resultado infructuoso de la mayoría de las empresas, o de la principal, el que puede y debe influir sobre las demás; pues entonces entra en la categoría de un plan que ha fracasado.
Esta misma regla se aplica a aquellos ejércitos y porciones de ellos que inicialmente han actuado a la defensiva y, debido a los éxitos obtenidos, han pasado a la ofensiva, a menos que prefiramos adscribir dichas fuerzas de reserva a la ofensiva principal, un punto que dependerá principalmente de la situación geográfica del teatro de la guerra.
Pero bajo estas circunstancias, ¿qué es de la forma geométrica y de la unidad de todo el ataque, qué de los flancos y la retaguardia de los cuerpos de ejército cuando los cuerpos contiguos a ellos son derrotados?
Eso es precisamente lo que deseamos combatir principalmente. Este encasillamiento de un gran plan ofensivo de ataque en un cuadrado geométrico es perderse en las regiones de la falacia.
En el décimo quinto capítulo del Tercer Libro hemos demostrado que el elemento geométrico tiene menos influencia en la estrategia que en la táctica; y aquí nos limitaremos a repetir la deducción allí obtenida, a saber, que especialmente en el ataque, los resultados reales en los diversos puntos merecen más atención que la figura geometría, la cual puede formarse gradualmente a través de la diversidad de los resultados.
Pero en cualquier caso, es bien seguro que, atendiendo a los vastos espacios con los que la estrategia tiene que lidiar, las opiniones y resoluciones que la situación geométrica de las partes pueda crear deben dejarse en manos del general en jefe; que, por lo tanto, ningún general subalterno tiene derecho a preguntar qué está haciendo o dejando de hacer su vecino, sino que a cada uno se le debe ordenar imperativamente que persiga su objetivo.
Si de esto surge realmente alguna incongruencia grave, un remedio siempre puede ser aplicado a tiempo por la autoridad suprema.
Así, pues, puede evitarse el principal mal de este modo separado de acción, el cual consiste en que, en lugar de realidades, una nube de aprehensiones y suposiciones se mezcla en el curso de una operación, en que cada accidente afecta no solo a la parte con la que entra en contacto inmediato, sino también al conjunto, mediante la comunicación de impresiones, y en que se abre un amplio campo de acción para los defectos personales y las animosidades personales de los comandantes subalternos.
Creemos que estas opiniones solo parecerán paradójicas a aquellos que no hayan estudiado la historia militar durante el tiempo suficiente o con la atención necesaria, que no distingan lo importante de lo secundario, ni tengan debidamente en cuenta la influencia de las debilidades humanas en general.
Si aun en la táctica existe una dificultad, que todos los soldados experimentados reconocen, para triunfar en un ataque en columnas separadas donde este depende de la perfecta conexión de las distintas columnas, ¡cuánto más difícil, o más bien imposible, debe ser esto en la estrategia, donde la separación es mucho mayor!
Por lo tanto, si una conexión constante de todas las partes fuera una condición necesaria de éxito, un plan estratégico de ataque de esa índole tendría que descartarse de inmediato.
Pero, por un lado, no depende de nuestra voluntad descartarlo por completo, porque las circunstancias, que no podemos controlar, pueden decidir a favor de él; por otro lado, incluso en la táctica, esta conjunción estrecha y constante de todas las partes en cada momento de la ejecución no es en absoluto necesaria, y lo es aún menos en la estrategia.
Por tanto, en la estrategia debemos prestar menos atención a este punto y exigir con mayor insistencia que se asigne una tarea concreta a cada parte.
Aún debemos añadir una observación importante: se refiere a la distribución adecuada de las partes.
En los años 1793 y 1794, el principal ejército austriaco se encontraba en los Países Bajos; el de los prusianos, en el Alto Rin. Los austriacos marcharon desde Viena hacia Condé y Valenciennes, cruzando la línea de marcha de los prusianos desde Berlín hasta Landau.
Los austriacos tenían ciertamente que defender sus provincias belgas en esa región, y cualquier conquista realizada en Flandes francés habría sido una adquisición convenientemente situada para ellos, pero ese interés no era lo suficientemente fuerte.
Tras la muerte del príncipe Kaunitz, el ministro Thugut sacó adelante una medida para ceder los Países Bajos por completo, en aras de una mejor concentración de las fuerzas austriacas. De hecho, Austria está aproximadamente dos veces más lejos de Flandes que de Alsacia; y en una época en que los recursos militares eran muy limitados y todo tenía que pagarse al contado, aquello no era una consideración baladí.
Aun así, el ministro Thugut tenía claramente otra cosa en mente; su objetivo era, mediante la urgencia del peligro, obligar a Holanda, Inglaterra y Prusia —las potencias interesadas en la defensa de los Países Bajos y del Bajo Rin— a realizar mayores esfuerzos. Ciertamente se engañó en sus cálculos, porque con el gabinete prusiano no había nada que hacer en aquel momento, pero este acontecimiento demuestra siempre la influencia de los intereses políticos en el curso de una guerra.
Prusia no tenía ni nada que conquistar ni que defender en Alsacia. En el año 1792 había emprendido la marcha a través de Lorena hacia Champaña con un espíritu casi caballeresco. Pero como aquella empresa quedó en nada debido al curso desfavorable de los acontecimientos, continuó la guerra con un sentimiento de muy poco interés.
Si las tropas prusianas hubiesen estado en los Países Bajos, habrían estado en comunicación directa con Holanda, a la que casi podían considerar como su propio país, tras haberla conquistado en el año 1787; entonces habrían cubierto el Bajo Rin y, por consiguiente, aquella parte de la monarquía prusiana situada más cerca del teatro de la guerra.
A causa de los subsidios, Prusia también habría tenido una alianza más estrecha con Inglaterra, la cual, bajo estas circunstancias, no habría degenerado tan fácilmente en la política tortuosa de la que el gabinete prusiano fue culpable en aquel tiempo.
Por lo tanto, se habría podido esperar un resultado mucho mejor si los austriacos se hubiesen presentado con su fuerza principal en el Alto Rin, los prusianos con toda su fuerza en los Países Bajos, y los austriacos hubiesen dejado allí únicamente un cuerpo de fuerza proporcional.
Si, en lugar del emprendedor Blücher, el general Barclay hubiera sido puesto al frente del ejército de Silesia en 1814, y Blücher y Schwartzenberg se hubieran mantenido con el gran ejército, la campaña tal vez habría resultado un fracaso completo.
Si el emprendedor Laudon, en vez de tener su teatro de operaciones en el punto más fuerte de los dominios prusianos, a saber, en Silesia, se hubiera hallado en la posición del ejército de los Estados alemanes, tal vez toda la Guerra de los Siete Años habría tomado un rumbo completamente diferente.
Para examinar este asunto más detenidamente, debemos considerar los casos según sus distinciones principales.
La primera es, si continuamos la guerra en conjunto con otras potencias, las cuales no solo participan como nuestros aliados, sino que también tienen un interés independiente.
La segunda es si el ejército del aliado ha venido en nuestra ayuda.
El tercero es, cuando solo se trata de las características personales del General.
En los dos primeros casos, puede plantearse la cuestión de si es mejor mezclar por completo las tropas de las distintas potencias, de modo que cada ejército independiente se componga de cuerpos de diferentes potencias, como se hizo en las guerras de 1813 y 1814, o mantenerlas separadas tanto como sea posible, de modo que el ejército de cada potencia siga siendo distinto y actúe de forma independiente.
Sin duda, el primero es el plan más saludable; pero supone un grado de sentimiento amistoso y de comunidad de intereses que rara vez se encuentra.
Cuando existe esta estrecha y buena camaradería entre las tropas, es mucho más difícil para los gabinetes separar sus intereses; y en lo que respecta a la influencia perjudicial de las miras egoístas de los comandantes, esta solo puede manifestarse en tales circunstancias entre los generales subalternos, por tanto, únicamente en el ámbito de la táctica, y ni siquiera allí con tanta libertad o impunidad como cuando hay una separación completa.
En este último caso, afecta a la estrategia y, por consiguiente, deja huellas decisivas. Pero, como ya se ha observado, para el primer caso debe existir un raro espíritu de conciliación por parte de los Gobiernos.
En el año 1813, las exigencias de la época impulsaron a todos los Gobiernos en esa dirección; y, sin embargo, no podemos alabar lo suficiente al Emperador de Rusia por el hecho de que, aunque entró en campaña con el ejército más fuerte y el cambio de fortuna fue provocado principalmente por él, dejó de lado todo orgullo por aparecer a la cabeza de un ejército ruso separado e independiente, y puso sus tropas bajo las órdenes de los comandantes prusianos y austriacos.
Si semejante fusión de ejércitos no puede llevarse a cabo, una separación completa de los mismos es sin duda mejor que un estado de cosas a medias; lo peor de todo es cuando dos Comandantes independientes de ejércitos de diferentes potencias se encuentran en el mismo teatro de guerra, como ocurrió frecuentemente en la Guerra de los Siete Años con los ejércitos de Rusia, Austria y los Estados alemanes.
Cuando hay una separación completa de las fuerzas, las cargas que deben soportarse también se dividen mejor, y cada uno sufre solo por lo que le es propio, por lo que se siente más impulsado a la actividad por la fuerza de las circunstancias; pero si se encuentran en estrecha conexión, o exactamente en el mismo teatro de guerra, este no es el caso, y además de eso, la mala voluntad de uno paraliza también las facultades del otro por igual.
En el primero de los tres supuestos casos, no habrá dificultad en la completa separación, ya que el interés natural de cada Estado le indica por lo general un modo separado de emplear su fuerza; esto puede no ser así en el segundo caso, y entonces, por regla general, no hay más remedio que subordinarse por completo al ejército auxiliar, si su fuerza guarda alguna proporción con dicha medida, como lo hicieron los austriacos en la última parte de la campaña de 1815, y los prusianos en la campaña de 1807.
Por lo que respecta a las cualidades personales del General, todo en esto pasa a ser particular e individual; pero no debemos omitir hacer una observación general, a saber, que no deberíamos, como se suele hacer, poner a la cabeza de los ejércitos subordinados a los Comandantes más prudentes y cautos, sino a los más audaces; pues repetimos que en las operaciones estratégicas conducidas por separado, no hay nada más importante que el que cada parte desarrolle sus fuerzas al máximo; de ese modo, los errores cometidos en una parte pueden verse compensados por los éxitos en otras.
Esta completa actividad en todos los puntos, sin embargo, solo cabe esperarla cuando los Comandantes son hombres enérgicos y audaces, impulsados por la natural espontaneidad de sus propios corazones, ya que una mera convicción objetiva y fríamente razonada de la necesidad de la acción rara vez es suficiente.
Por último, debemos señalar que, si las circunstancias en otros aspectos lo permiten, las tropas y sus comandantes, en lo que respecta a su destino, deben ser empleados de acuerdo con sus cualidades y la naturaleza del país, es decir: ejércitos regulares; buenas tropas; caballería numerosa; generales veteranos, prudentes e inteligentes en terreno abierto; milicias; levas nacionales; comandantes jóvenes y emprendedores en terreno boscoso, montañas y desfiladeros; ejércitos auxiliares en provincias ricas donde puedan desenvolverse con comodidad.
Lo que hemos dicho ahora sobre un plan de guerra en general, y en este capítulo sobre aquellas en particular que se dirigen a la destrucción del enemigo, tiene la intención de dar especial prominencia al objetivo de la misma, y a continuación indicar principios que puedan servir de guía en la preparación de los medios y arbitrios.
Nuestro deseo ha sido de este modo dar una percepción clara de lo que ha de ser, y debe ser, hecho en semejante guerra. Hemos intentado enfatizar lo necesario y general, y dejar un margen para el juego de lo particular y accidental; pero excluir todo lo arbitrario, infundado, trivial, fantástico o sofístico.
Si hemos tenido éxito en este objetivo, consideramos nuestro problema como resuelto.
Ahora bien, si alguien se extraña de no encontrar aquí nada acerca de desviar ríos, de dominar montañas desde sus puntos más altos, de evitar posiciones fuertes y de encontrar las llaves de un país, es que no nos ha comprendido ni entiende todavía la guerra en sus relaciones generales según nuestros puntos de vista.
En los libros precedentes hemos caracterizado estos temas en general, y allí llegamos a la conclusión de que son mucho más insignificantes en su naturaleza de lo que cabría pensar por su gran reputación. Por tanto, tanto menos pueden o deben desempeñar un papel importante, es decir, hasta el punto de influir en todo el plan de una guerra, cuando se trata de una guerra que tiene por objeto la destrucción del enemigo.
Al final del libro dedicaremos un capítulo especialmente al estudio del mando supremo; el presente capítulo lo cerraremos con un ejemplo.
Si Austria, Prusia, la Confederación Germánica, los Países Bajos e Inglaterra determinan hacer la guerra a Francia, pero Rusia permanece neutral —un caso que ha ocurrido con frecuencia durante los últimos ciento cincuenta años—, son capaces de llevar a cabo una guerra ofensiva cuyo objetivo sea el derrocamiento del enemigo. Pues, por poderosa y grande que sea Francia, todavía es posible para ella ver más de la mitad de su territorio invadido por el enemigo, su capital ocupada y a sí misma reducida en sus medios a un estado de completa ineficacia, sin que haya ninguna potencia, excepto Rusia, que pueda brindarle un apoyo eficaz. España es demasiado distante y está demasiado des выгодamente situada; los Estados italianos son en la actualidad demasiado frágiles e impotentes.
Los países que hemos nombrado tienen, excluyendo sus posesiones fuera de Europa, más de 75.000.000 de habitantes,(*) mientras que Francia solo tiene 30.000.000; y el ejército que podrían convocar para una guerra contra Francia, tomada muy en serio, sería el siguiente, sin exageración:—
* Austria .............250,000
* Prussia .............200,000
* The rest of Germany. 150,000
* Netherlands ..........75,000
* England ..............50,000
—————
Total: ......725,000De ponerse esta fuerza en pie de guerra, con toda probabilidad excedería con mucho a la que Francia podría oponer; pues bajo Bonaparte el país nunca tuvo un ejército de semejante fuerza.
Ahora bien, si tenemos en cuenta las deducciones requeridas como guarniciones para fortalezas y depósitos, para vigilar las costas, etc., no cabe duda de que los aliados tendrían una gran superioridad en el principal teatro de la guerra, y en eso se funda principalmente el objetivo o plan de derrocar al enemigo.
El centro de gravedad del poder francés radica en su fuerza militar y en París. Derrotar a la primera en una o más batallas, tomar París y empujar los restos de los franceses al otro lado del Loira, debe ser el objetivo de los aliados.
El punto vulnerable del estómago de la monarquía francesa está entre París y Bruselas; por ese lado, la frontera se encuentra a sólo treinta millas de la capital.
Parte de los aliados —los ingleses, neerlandeses, prusianos y estados del norte de Alemania— tienen su punto natural de reunión en esa dirección, ya que estos estados se hallan en parte en las inmediaciones, en parte en línea recta detrás de ella.
Austria y el sur de Alemania sólo pueden llevar a cabo su guerra cómodamente desde el alto Rin. Su dirección natural es hacia Troyes y París, o tal vez Orleans.
Ambos ataques, por tanto, el procedente de los Países Bajos y el otro del alto Rin, son completamente directos y naturales, cortos y potentes; y ambos recaen sobre el centro de gravedad del poder del enemigo.
Entre estos dos puntos, por consiguiente, debe dividirse todo el ejército invasor.
Pero hay dos consideraciones que interfieren con la simplicidad de este plan.
Los austriacos no querían dejar desguarnecidos sus dominios italianos; deseaban conservar a toda costa el dominio sobre los acontecimientos en ese lugar y, por consiguiente, no correrían el riesgo de lanzar un ataque contra el corazón de Francia, dejando así a Italia protegida solo de manera indirecta.
Si se considera la situación política del país, esta consideración secundaria no debe desdeñarse; pero sería un error rotundo vincular a ella el viejo y tantas veces probado plan de un ataque desde Italia dirigido contra el sur de Francia, y que a causa de ello se aumentaran las fuerzas en Italia hasta un tamaño innecesario para la mera seguridad ante imprevistos en la primera campaña.
Solo el número necesario para esa seguridad debía permanecer en Italia, solo ese número debía restarse de la gran empresa, si no queríamos traicionar aquella primera máxima: Unidad de plan, concentración de fuerza.
Pensar en conquistar Francia por el Ródano equivaldría a intentar levantar un fusil por la punta de su bayoneta; pero también como empresa auxiliar debe condenarse un ataque al sur de Francia, pues este no hace sino levantar nuevas fuerzas contra nosotros. Siempre que se atiza un ataque en provincias distantes, se despiertan intereses y actividades que de otro modo habrían permanecido latentes.
Solo en el caso de que las fuerzas dejadas para la seguridad de Italia superaran el número requerido y, por tanto, para evitar dejarlas inactivas, se justificaría un ataque al sur de Francia desde ese frente.
Repetimos, por tanto, que la fuerza que se deje en Italia debe reducirse al mínimo que permitan las circunstancias; y será lo suficientemente grande si basta para impedir que los austriacos pierdan todo el país en una sola campaña. Supongamos que ese número sea de 50.000 hombres a efectos de nuestra ilustración.
Otra consideración que merece atención es la situación de Francia con respecto a su costa marítima.
Como Inglaterra lleva la ventaja en el mar, se sigue que Francia debe ser, por ese motivo, muy vulnerable en lo que concierne a toda su costa atlántica y, por consiguiente, debe protegerla con guarniciones de mayor o menor fuerza.
Ahora bien, por débil que sea esta defensa costera, las fronteras de Francia quedan triplicadas por ella; y, a causa de esto, inevitablemente habrá que detraer grandes contingentes del ejército francés en el teatro de operaciones.
Veinte o treinta mil tropas disponibles para efectuar un desembarco, con las que los ingleses amenazan a Francia, probablemente absorberían el doble o el triple de tropas francesas; y, además, debemos pensar no solo en las tropas, sino también en el dinero, la artillería, etcétera, necesarios para los buques y las baterías de costa.
Supongamos que los ingleses destinan 25.000 hombres a este objetivo.
Nuestro plan de guerra consistiría entonces simplemente en esto:
1. That in the Netherlands:—
* 200,000 Prussians,
* 75,000 Netherlanders,
* 25,000 English,
* 50,000 North German Confederation,
* —————
Total: 350,000 be assembled,de los cuales unos 50.000 debían destinarse a guarnecer las fortalezas fronterizas, y los 300.000 restantes debían avanzar contra París y librar una batalla decisiva contra el ejército francés.
- Que 200.000 austriacos y 100.000 soldados del sur de Alemania se reúnan en el Alto Rin para avanzar al mismo tiempo que el ejército de los Países Bajos, dirigiéndose hacia el Alto Sena, y desde allí hacia el Loira, con vistas, asimismo, a una gran batalla. Estos dos ataques se unirían, quizás, en uno solo sobre el Loira.
Con esto queda determinado el punto principal. Lo que tenemos que añadir tiene por objeto principal erradicar las falsas concepciones, y es lo siguiente:—
- Buscar la gran batalla, tal como está prescrito, y librarla en condiciones tales de fuerza numérica y bajo circunstancias que prometan una victoria decisiva, es el camino que deben seguir los comandantes en jefe; a este objetivo debe sacrificarse todo; y se debe emplear al menor número posible de hombres en sitios, bloqueos, guarniciones, etc. Si, como Schwarzenberg en 1814, tan pronto como entran en las provincias enemigas se extienden en rayos excéntricos, todo está perdido. Que esto no ocurriera en 1814, los Aliados solo pueden agradecérselo a la impotencia de Francia. El ataque debe ser como una cuña bien clavada, no como una pompa de jabón, que se dilata hasta que estalla.
- Debe dejarse a Suiza a sus propias fuerzas. Si permanece neutral, forma un buen point d’appui en el Alto Rin; si es atacada por Francia, que se defienda por sí misma, para lo cual está muy bien capacitada en más de un aspecto.
Nada es más absurdo que atribuir a Suiza una influencia geográfica predominante sobre los acontecimientos de la guerra por ser la tierra más alta de Europa. Dicha influencia solo existe bajo ciertas condiciones muy restringidas, que no se dan aquí.
Cuando los franceses son atacados en el corazón de su país, no pueden emprender ninguna ofensiva desde Suiza, ni contra Italia ni contra Suabia, y, menos que nada, la situación elevada del país puede entrar en consideración como una circunstancia decisiva. La ventaja de un país que domina en sentido estratégico es, ante todo, sumamente importante en la defensiva, y cualquier importancia que tenga en la ofensiva solo puede manifestarse en un único enfrentamiento.
Quien no sepa esto no ha reflexionado sobre el asunto ni ha llegado a una clara percepción del mismo, y en caso de que en algún futuro consejo de potentados y generales se hallare algún oficial instruido del estado mayor que, con el ceño fruncido, haga gala de tal sabiduría, lo declaramos desde ya pura necedad y deseamos que en ese mismo consejo esté presente algún auténtico espadachín, algún hijo del sano sentido común, que le cierre la boca.
- El intervalo entre dos ataques nos parece de muy poca importancia. Cuando 600.000 hombres se reúnen a treinta o cuarenta millas de París para marchar contra el corazón de Francia, ¿pensaría alguien en cubrir el Rin medio, además de Berlín, Dresde, Viena y Múnich? No tendría ningún sentido semejante cosa.
¿Debemos cubrir las comunicaciones? Eso no carecería de importancia; pero entonces pronto podríamos vernos llevados a otorgar a esta cobertura la importancia de un ataque, y entonces, en lugar de avanzar en dos líneas, como la situación de los Estados exige categóricamente, nos veríamos conducidos a avanzar en tres, lo cual no es necesario. Estas tres se convertirían tal vez en cinco, o quizás en siete, y de ese modo la vieja monserga volvería a estar a la orden del día.
Nuestros dos ataques tienen cada uno su objetivo; las fuerzas empleadas en ellos son probablemente muy superiores en número a las del enemigo. Si cada uno prosigue su marcha con vigor, no podrán dejar de influirse ventajosamente el uno al otro.
Si uno de los dos ataques resulta desafortunado porque el enemigo no ha dividido sus fuerzas por igual, podemos esperar razonablemente que el resultado del otro repare por sí mismo este desastre, y esta es la verdadera interdependencia entre ambos.
Una interdependencia que se extienda a (de modo que se vea afectada por) los acontecimientos de cada día es imposible debido a la distancia; tampoco es necesaria y, por lo tanto, la conexión inmediata, o más bien directa, no tiene un valor tan grande.
Además, el enemigo atacado en el centro mismo de su territorio no tendrá fuerzas dignas de mención que emplear en interrumpir esta línea de comunicación; todo lo que cabe temer es que esta interrupción se intente mediante una cooperación de los habitantes con los partisanos, de modo que este objetivo no le cueste en realidad ninguna tropa al enemigo.
Para evitarlo, basta con enviar un cuerpo de 10.000 o 15.000 hombres, particularmente fuerte en caballería, en dirección de Tréveris a Reims. Podrá dispersar a cualquier partisano que se le interponga y marchar alineado con el gran ejército.
Este cuerpo no debe sitiar ni vigilar fortalezas, sino marchar entre ellas, sin depender de ninguna base fija, sino cediendo ante fuerzas superiores en cualquier dirección; no podría ocurrirle ninguna desgracia grave y, si tal cosa llegara a suceder, tampoco sería una desgracia seria para el conjunto. En estas circunstancias, tal cuerpo podría servir probablemente como eslabón intermedio entre los dos ataques.
- Las dos empresas subordinadas, es decir, el ejército austríaco en Italia y el ejército inglés para el desembarco en la costa, podían seguir su objetivo según les pareciera mejor. Si no permanecen ociosos, su misión está cumplida en cuanto al punto principal, y bajo ningún concepto debe hacerse depender de ningún modo ninguno de los dos grandes ataques de estos menores.
Estamos plenamente convencidos de que de este modo Francia puede ser derrocada y castigada siempre que tenga a bien adoptar ese aire insolente con el que ha oprimido a Europa durante ciento cincuenta años.
Solo al otro lado de París, en el Loira, pueden obtenerse de ella aquellas condiciones que son necesarias para la paz de Europa.
Solo de este modo la relación natural entre 30 millones de hombres y 75 millones se hará notar rápidamente, pero no si el país desde Dunkerque hasta Génova ha de ser rodeado del modo en que lo ha sido durante 150 años por un cinturón de ejércitos, mientras se persiguen cincuenta objetivos pequeños diferentes, ninguno de los cuales es lo suficientemente poderoso como para superar la inercia, la fricción y las influencias ajenas que surgen y se reproducen por doquier, pero más especialmente en los ejércitos aliados.
Cuán poco adaptada está la organización provisional de los ejércitos federales alemanes a tal disposición, llamará la atención del lector.
Por esa organización, la parte federativa de Alemania forma el núcleo del poder alemán, y Prusia y Austria, así debilitadas, pierden su influencia natural. Pero un Estado federativo es un núcleo muy frágil en la guerra. No hay en él unidad, ni energía, ni elección racional de un comandante, ni autoridad, ni responsabilidad.
Austria y Prusia son los dos centros de fuerza naturales del imperio alemán; forman el pivote (o fulcro), la fuerza de la espada; son estados monárquicos, acostumbrados a la guerra; tienen intereses bien definidos, independencia de poder; son predominantes sobre los demás.
La organización debe seguir estas líneas naturales, y no una falsa noción sobre la unidad, que es una imposibilidad en tal caso; y quien descansa en lo posible en pos de lo imposible es un necio.