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CAPÍTULO XXV. Retirada al interior del país

Hemos considerado la retirada voluntaria hacia el interior del país como una forma indirecta particular de defensa mediante la cual se espera destruir al enemigo, no tanto por la espada como por el agotamiento derivado de sus propios esfuerzos.

En este caso, por lo tanto, o bien no se supone una gran batalla, o bien se asume que esta tendrá lugar cuando las fuerzas del enemigo se hayan reducido considerablemente.

Todo atacante, al avanzar, disminuye su fuerza militar con el avance; consideraremos esto más en detalle en el séptimo libro; aquí debemos dar por supuestos estos resultados, lo cual podemos hacer tanto más fácilmente cuanto que la historia militar los demuestra claramente en toda campaña en la que haya habido un avance considerable.

Esta pérdida en el avance se ve acrecentada si el enemigo no ha sido derrotado, sino que se retira por propia voluntad con sus fuerzas intactas y, ofreciendo una resistencia firme y continua, vende cada palmo de terreno a un precio sangriento, de modo que el avance constituye un combate continuo por el terreno y no una mera persecución.

Por otra parte, las pérdidas que un partido a la defensiva sufre en una retirada son mucho mayores si su retirada ha sido precedida por una derrota en el combate que si su retirada es voluntaria.

Pues si es capaz de ofrecer al perseguidor la resistencia diaria que esperamos en una retirada voluntaria, sus pérdidas serían al menos las mismas de ese modo, además de las cuales aún deben sumarse las sufridas en la batalla.

¡Pero qué contrario a la naturaleza de las cosas sería una suposición como esta! El mejor ejército del mundo, si se ve obligado a retirarse lejos hacia el interior del país tras la pérdida de una batalla, sufrirá pérdidas en la retirada desproporcionadamente más allá de toda medida; y si el enemigo es considerablemente superior, como suponemos que es en el caso del que ahora hablamos, si persigue con gran energía como casi siempre se ha hecho en las guerras modernas, entonces existe la más alta probabilidad de que tenga lugar una huida regular por la cual el ejército suele quedar completamente arruinado.

Una resistencia diaria medida con regularidad, es decir, una que en cada ocasión solo dura mientras el equilibrio del éxito en el combate pueda mantenerse oscilante, y en la cual nos aseguramos contra la derrota cediendo en el momento oportuno el terreno que ha sido disputado, le costará al atacante al menos tantos hombres como al defensor en estos combates, pues la pérdida que este último, al retirarse de vez en cuando, debe sufrir inevitablemente en prisioneros, será compensada por las pérdidas del otro bajo el fuego, ya que el atacante debe luchar siempre contra las ventajas del terreno.

Es cierto que el bando que se retira pierde por completo a todos aquellos hombres que están gravemente heridos, pero el atacante pierde igualmente a todos los suyos en el mismo caso por el momento, ya que por lo general permanecen varios meses en los hospitales.

El resultado será que los dos ejércitos se desgastarán mutuamente en proporciones casi iguales en estas perpetuas colisiones.

Muy diferente es la persecución de un ejército derrotado. Aquí las tropas perdidas en la batalla, la desorganización general, el valor quebrantado, la ansiedad por la retirada, hacen que semejante resistencia por parte del ejército en retirada sea muy difícil, en muchos casos imposible; y el perseguidor que, en el primer caso, avanza con extrema cautela, incluso vacilante, como un ciego, palpando siempre a tientas, avanza en este último caso con el paso firme del conquistador, con el espíritu soberbio que la buena fortuna otorga, con la confianza de un semidiós, y cuanto más osadamente apremia la persecución, tanto más apresura las cosas en la dirección que ya han tomado, porque este es el verdadero terreno de las fuerzas morales que se intensifican y multiplican sin quedar restringidas a los rígidos números y medidas del mundo físico.

Es, por tanto, muy evidente cuán diferentes serán las relaciones de dos ejércitos según sea por la primera o por la segunda de las formas antedichas que llegan a aquel punto que puede considerarse como el final de la trayectoria del atacante.

Esto es meramente el resultado de la destrucción mutua; a esto hay que añadir ahora las reducciones que el partido que avanza sufre además por otros motivos, y respecto de las cuales, como ya se ha dicho, nos remitimos al séptimo libro; además, por otra parte, tenemos que tomar en cuenta los refuerzos que el partido que se retira recibe en la gran mayoría de los casos, mediante fuerzas que se le unen posteriormente ya sea en forma de ayuda del exterior o a través de esfuerzos persistentes en el interior.

Por último, existe en los medios de subsistencia tal desproporción entre la parte que retrocede y la que avanza, que no es infrecuente que la primera viva en la superfluidad cuando la otra se ve reducida a la penuria.

El ejército en retirada tiene los medios para recoger víveres en todas partes, y marcha hacia ellos, mientras que el perseguidor debe hacer que se lo lleven todo tras de sí, lo cual, mientras está en movimiento, incluso con las líneas de comunicación más cortas, es difícil y, por esa razón, engendra escasez desde el primer momento.

Todo lo que el país produce será tomado para el beneficio del ejército en retirada en primer lugar, y será consumido en su mayor parte. No queda nada más que pueblos y aldeas devastados, campos de los cuales se han cosechado los cultivos, o que han sido pisoteados, pozos vacíos y arroyos fangosos.

El ejército perseguidor, por lo tanto, desde el primer día mismo, tiene que lidiar con frecuencia con las necesidades más acuciantes. Con los suministros del enemigo no puede contar; es únicamente por accidente, o por algún error imperdonable por parte del enemigo, que aquí y allá algo pequeño cae en sus manos.

Por consiguiente, no puede caber duda de que en países de vastas dimensiones, y cuando no existe una desproporción extraordinaria entre los poderes beligerantes, puede producirse de este modo una relación entre las fuerzas militares que le ofrece a la defensa una probabilidad inconmensurablemente mayor de un resultado final a su favor de la que habría tenido de haberse librado una gran batalla en la frontera.

No solo la probabilidad de obtener la victoria se vuelve mayor a través de esta alteración en las proporciones de los ejércitos contendientes, sino que también aumentan las perspectivas de grandes resultados a partir de la victoria, mediante el cambio de posición.

¡Qué diferencia entre una batalla perdida cerca de la frontera de nuestro país y una en el centro del país del enemigo!

En verdad, la situación del atacante es a menudo tal al final de su primer impulso, que incluso una batalla ganada puede obligarlo a retirarse, porque no le queda suficiente fuerza propulsora para completar y aprovechar una victoria, ni se encuentra en condiciones de reemplazar las fuerzas que ha perdido.

Existe, por tanto, una inmensa diferencia entre un golpe decisivo al comienzo y al final del ataque.

A la gran ventaja de este modo de defensa se le oponen dos inconvenientes. El primero es la pérdida que sufre el país por la presencia del enemigo en su avance, el otro es la impresión moral.

Proteger al país de la pérdida ciertamente nunca puede considerarse como el objetivo de toda la defensa. Ese objetivo es una paz ventajosa. Obtenerla con la mayor seguridad posible es el empeño, y para ello ningún sacrificio momentáneo debe considerarse demasiado grande. Al mismo tiempo, la pérdida anterior, aunque no sea decisiva, debe colocarse aún en la balanza, pues siempre afecta a nuestros intereses.

Esta pérdida no afecta directamente a nuestro ejército; solo actúa sobre él de un modo más o menos indirecto, mientras que la retirada en sí misma refuerza directamente a nuestro ejército. Es, por tanto, difícil establecer una comparación entre la ventaja y la desventaja en este caso; son cosas de distinta naturaleza cuya acción no se dirige hacia ningún punto común. Debemos, por consiguiente, conformarnos con decir que la pérdida es mayor cuando tenemos que sacrificar provincias fértiles y bien pobladas, y grandes ciudades comerciales; pero alcanza su máximo cuando al mismo tiempo perdemos medios de guerra, ya sea listos para su uso o en vía de preparación.

El segundo contrapeso es la impresión moral. Hay casos en los que el comandante debe estar por encima de tales consideraciones, en los que debe llevar a cabo tranquilamente sus planes y correr el riesgo de las objeciones que el desánimo miope pueda presentar; pero, sin embargo, esta impresión no es un fantasma que deba despreciarse.

No es como una fuerza que actúa sobre un punto, sino como una fuerza que, con la velocidad del rayo, penetra en cada fibra y paraliza todas las potencias que deberían estar en plena actividad, tanto en una nación como en su ejército.

Hay, en efecto, casos en los que la causa de la retirada hacia el interior del país es comprendida rápidamente tanto por la nación como por el ejército, y en los que la confianza, así como la esperanza, se ven elevadas por el paso; pero tales casos son raros. Lo más común es que el pueblo y el ejército no puedan distinguir si se trata de un movimiento voluntario o de una retirada precipitada, y mucho menos si el plan ha sido sabiamente adoptado con vistas a asegurar ventajas ulteriores, o si es el resultado del temor a la espada del enemigo.

El pueblo alberga un sentimiento mixto de compasión y descontento al ver que el destino de las provincias es sacrificado; el ejército pierde fácilmente la confianza en sus líderes, o incluso en sí mismo, y los constantes combates de la retaguardia durante la retirada tienden siempre a dar nuevas fuerzas a sus temores.

Estas son consecuencias de la retirada sobre las cuales nunca debemos engañarnos. Y ciertamente es —considerado en sí mismo— más natural, más simple, más noble y más acorde con la existencia moral de una nación, entrar en la liza de inmediato, para que el enemigo no cruce las fronteras de su pueblo sin que su genio se oponga a él y le pida sangrientas cuentas.

Estas son las ventajas y desventajas de este tipo de defensa; ahora unas pocas palabras sobre sus condiciones y las circunstancias que le son favorables.

Un país de gran extensión, o en todo caso, una larga línea de retirada, es la primera y fundamental condición; pues un avance de unas pocas jornadas no debilitará naturalmente al enemigo de forma grave.

El centro de Bonaparte, en el año 1812, en Vítebsk, era de 250.000 hombres; en Smolensko, de 182.000; en Borodinó solo había disminuido hasta 130.000, es decir, se había reducido aproximadamente a la paridad con el centro ruso.

Borodinó dista noventa millas de la frontera; pero no fue hasta que se acercaron a Moscú cuando los rusos alcanzaron esa superioridad decidida en número que por sí misma invirtió la situación de los combatientes con tanta seguridad que la victoria francesa en Malo-Yaroslávets ya no pudo alterarla sustancialmente.

Ningún otro estado europeo tiene las dimensiones de Rusia, y en muy pocos puede imaginarse una línea de retirada de 100 millas de longitud.

Pero tampoco una potencia como la de los franceses en 1812 aparecerá fácilmente bajo otras circunstancias, y menos aún una superioridad numérica como la que existía al comienzo de la campaña, cuando el ejército francés doblaba con creces al de su adversario, además de su indudable superioridad moral.

Por lo tanto, lo que aquí solo se logró al cabo de 100 millas, tal vez pueda conseguirse en otros casos al cabo de 50 o 30 millas.

Las circunstancias que favorecen este modo de defensa son:

  1. Un país poco cultivado.
  1. Un pueblo leal y guerrero.
  1. Una estación inclemente.

Todas estas cosas aumentan la dificultad de mantener un ejército, hacen necesarios grandes convoyes, muchos destacamentos, tareas fatigosas, provocan la propagación de enfermedades y facilitan al defensor las operaciones contra los flancos.

Por último, aún nos queda por hablar de la masa absoluta por sí sola de la fuerza armada, en cuanto influye en el resultado.

Está en la naturaleza de la cosa misma que, con independencia de la relación mutua de las fuerzas opuestas, una fuerza pequeña se agote antes que una mayor y, por tanto, que su trayectoria no pueda ser tan larga, ni su teatro de guerra tan amplio.

Existe, por consiguiente, hasta cierto punto, una relación constante entre el tamaño absoluto de un ejército y el espacio que dicho ejército puede ocupar.

Está fuera de toda duda intentar expresar esta relación mediante cifras y, además, siempre se verá modificada por otras circunstancias; es suficiente para nuestro propósito decir que estas cosas guardan necesariamente esta relación por su propia naturaleza.

Podremos marchar sobre Moscú con 500.000 hombres, pero no con 50.000, incluso aunque la relación numérica entre el ejército invasor y el del defensor fuera mucho más favorable en este último caso.

Ahora bien, si suponemos que existe esta relación de poder absoluto con el espacio en dos casos diferentes, entonces es seguro que el efecto de nuestra retirada hacia el interior para debilitar al enemigo aumentará con las masas.

  1. La subsistencia y el alojamiento de las tropas se vuelven más difíciles, pues, aun suponiendo que el espacio que abarca un ejército aumente en proporción al tamaño del mismo, la subsistencia para el ejército nunca podrá obtenerse exclusivamente de este espacio, y todo lo que deba ser transportado en pos de un ejército está además sujeto a mayores pérdidas; el espacio total ocupado nunca se utiliza para el acuartelamiento de las tropas, solo se requiere una pequeña parte de él, y esta no aumenta en la misma proporción que las masas.
  1. El avance es de la misma manera más tedioso en proporción a como aumentan las masas; en consecuencia, el tiempo es mayor antes de que la carrera de la agresión llegue a su término, y la suma total de las pérdidas diarias es mayor.

Tres mil hombres persiguiendo a dos mil en un país ordinario no les permitirán marchar a razón de 1, 2, o a lo sumo 3 millas por día, y hacer de vez en cuando altos de algunos días.

Darles alcance, atacarlos y obligarlos a realizar una retirada adicional es cuestión de unas pocas horas; pero si multiplicamos estas masas por 100, la situación cambia. Las operaciones para las que bastaban unas pocas horas en el primer caso, requieren ahora un día entero, quizás dos.

Las fuerzas contendientes no pueden permanecer juntas cerca de un punto; por lo tanto, la diversidad de movimientos y combinaciones aumenta y, en consecuencia, también el tiempo requerido. Pero esto sitúa al atacante en desventaja, debido a que su dificultad con la subsistencia es mayor, se ve obligado a extender su fuerza más que el perseguido, y, por lo tanto, siempre corre el peligro de ser abrumado por este último en algún punto en particular, como los rusos intentaron hacer en Vítebsk.

  1. Cuanto mayores son las masas, más severos son los esfuerzos exigidos a cada individuo para los deberes cotidianos requeridos estratégica y tácticamente. Cien mil hombres que tienen que marchar hacia y desde el punto de reunión todos los días, detenidos al mismo tiempo, y luego puestos en movimiento de nuevo, llamados ahora a las armas, luego cocinando o recibiendo sus raciones —cien mil que no deben ir a su vivac hasta que se entreguen los partes necesarios desde todos los flancos—, estos hombres, por regla general, requieren para todos estos esfuerzos relacionados con la marcha real el doble de tiempo del que requerirían 50.000, pero solo hay veinticuatro horas en el día para ambos.

Cuánto difieren el tiempo y la fatiga de la marcha misma según el tamaño del cuerpo de tropas que ha de moverse se ha mostrado en el noveno capítulo del libro precedente. Ahora bien, el ejército en retirada, es verdad, participa de estas fatigas tanto como el que avanza, pero estas son mucho mayores para este último:—

  1. porque la masa de sus tropas es mayor debido a la superioridad que supusimos,
  1. porque el defensor, al ser siempre la parte que cede terreno, compra con este sacrificio el derecho a la iniciativa y, por consiguiente, el derecho a dictar siempre la ley al otro. Elabora su plan de antemano, el cual, en la mayoría de los casos, puede llevar a cabo sin alteraciones, mientras que el agresor, por otra parte, solo puede hacer sus planes en conformidad con los de su adversario, los cuales debe averiguar en primera instancia.

Debemos, sin embargo, recordar a nuestros lectores que estamos hablando de la persecución de un enemigo que no ha sufrido una derrota, que ni siquiera ha perdido una batalla. Es necesario mencionar esto para que no se suponga que nos contradecemos con lo dicho en el duodécimo capítulo de nuestro cuarto libro.

Pero este privilegio de dictar la ley al enemigo marca una diferencia en el ahorro de tiempo y en el gasto de fuerza, así como en lo que respecta a otras ventajas menores que, a la larga, llegan a ser muy importantes.

  1. porque la fuerza que se retira, por un lado, hace todo lo posible para facilitar su propia retirada, repara caminos y puentes, elige los lugares más convenientes para acampar, etc., y, por otro lado, hace todo lo posible para interponer obstáculos en el camino del perseguidor, ya que destruye puentes, con el solo hecho de marchar empeora los caminos malos, priva al enemigo de buenos lugares para acampar ocupándolos él mismo, etc.

Por último, debemos agregar aún, como circunstancia especialmente favorable, la guerra hecha por el pueblo. Esta no requiere mayor examen aquí, ya que le asignaremos un capítulo al tema en sí.

Hasta ahora, nos hemos ocupado de las ventajas que asegura una retirada semejante, de los sacrificios que exige y de las condiciones que deben existir; ahora diremos algo sobre el modo de ejecutarla.

La primera pregunta que tenemos que proponernos se refiere a la dirección de la retirada.

Debe hacerse hacia el interior del país, por lo tanto, si es posible, hacia un punto donde el enemigo se vea rodeado por todas partes por nuestras provincias; allí estará expuesto a su influencia, y no correremos el peligro de vernos separados de la masa principal de nuestro territorio, lo cual podría suceder si escogiéramos una línea demasiado cercana a la frontera, como les habría ocurrido a los rusos en 1812 de haberse retirado hacia el sur en lugar de hacia el este.

Esta es la condición que reside en el objeto de la medida misma.

Qué punto del país es el mejor, hasta qué punto la elección de dicho punto coincidirá con el propósito de cubrir la capital o cualquier otro punto importante directamente, o de alejar al enemigo de la dirección de tales lugares importantes, depende de las circunstancias.

Si los rusos hubieran reflexionado bien sobre su retirada en 1812 de antemano y, por consiguiente, la hubieran realizado en total conformidad con un plan regular, fácilmente habrían tomado desde Smolensko el camino a Kaluga, que solo tomaron al salir de Moscú; es muy posible que en estas circunstancias Moscú se hubiera salvado por completo.

Es decir, que los franceses eran unos 130.000 hombres en Borodino, y no hay motivo para suponer que hubiesen sido más fuertes si esta batalla la hubiesen librado los rusos a mitad de camino hacia Kaluga; ahora bien, ¿a cuántos de estos hombres habrían podido prescindir para destacar en Moscú? Claramente, a muy pocos; pero no es con unas pocas tropas como se puede enviar una expedición a una distancia de cincuenta millas (la distancia de Smolensk a Moscú) contra un lugar como Moscú.

Suponiendo que Buonaparte, cuando estaba en Smolensk, donde contaba con una fuerza de 160.000 hombres, hubiera pensado que podía aventurarse a destacar una división contra Moscú antes de empeñarse en una gran batalla, y hubiera empleado a 40.000 hombres con ese fin, dejando a 120.000 frente al ejército ruso principal, en ese caso, estos 120.000 hombres no habrían sido más de 90.000 en la batalla, es decir, 40.000 menos que el número que combatió en Borodino; los rusos, por lo tanto, habrían tenido una superioridad numérica de 30.000 hombres.

Tomando el curso de la batalla de Borodino como norma, bien podemos suponer que con tal superioridad habrían vencido. En todo caso, la situación relativa de ambas partes habría sido más favorable para los rusos de lo que fue en Borodino.

Pero la retirada de los rusos no fue el resultado de un plan bien madurado; se retiraron tan lejos como lo hicieron porque cada vez que estaban a punto de presentar batalla no se consideraban aún lo suficientemente fuertes para una gran acción; todos sus suministros y refuerzos estaban en el camino de Moscú a Smolensk, y a nadie en Smolensk se le podía pasar por la cabeza abandonar ese camino. Pero, además, una victoria entre Smolensk y Kaluga jamás habría justificado, a los ojos de los rusos, la ofensa de haber dejado Moscú desguarnecido y expuesto a la posibilidad de ser tomado.

Buonaparte, en 1813, habría asegurado París con mayor certeza frente a un ataque si hubiera tomado posición a cierta distancia en dirección lateral, en algún lugar detrás del canal de Borgoña, dejando en París, junto con la gran fuerza de la Guardia Nacional, tan solo unos pocos miles de tropas regulares. Los aliados nunca habrían tenido el valor de marchar con un cuerpo de 50.000 o 60.000 hombres contra París mientras Buonaparte estuviera en campaña en Auxerre con 100.000 hombres.

Si se supusiera el caso inverso, y los aliados estuvieran en el lugar de Buonaparte, entonces nadie, en verdad, les habría aconsejado dejar el camino abierto a su propia capital con Buonaparte como adversario. Con tal preponderancia, él no habría dudado ni un momento en marchar sobre la capital. Tan diferente es el efecto bajo las mismas circunstancias pero bajo diferentes relaciones morales.

Como habremos de volver más adelante sobre este asunto al tratar del plan de una guerra, nos limitaremos por ahora a añadir que, cuando se adopta una posición lateral semejante, la capital o plaza cuyo objetivo es proteger debe, en todo caso, ser capaz de ofrecer cierta resistencia para no ser ocupada e impuesta contribución por cualquier columna volante o partida irregular.

Pero aún tenemos que considerar otra peculiaridad en la dirección de tal línea de retirada, esto es, un cambio repentino de dirección. Después de que los rusos hubieron mantenido la misma dirección hasta Moscú, abandonaron dicha dirección que los habría llevado a Vladímir, y tras tomar primero el camino a Riazán durante un trecho, trasladaron luego su ejército al camino de Kaluga.

Si se hubieran visto obligados a continuar su retirada, podrían haberlo hecho fácilmente en esta nueva dirección que los habría conducido a Kiev, por lo tanto mucho más cerca de nuevo de la frontera del enemigo. Que los franceses, aun habiendo conservado todavía una gran superioridad numérica sobre los rusos, no hubieran podido mantener su línea de comunicación a través de Moscú bajo tales circunstancias es evidente por sí mismo; habrían tenido que renunciar no solo a Moscú sino, con toda probabilidad, también a Smolensko, y por lo tanto haber abandonado de nuevo las conquistas obtenidas con tanto esfuerzo, y haberse conformado con un teatro de guerra a este lado del Beresina.

Ahora bien, ciertamente, el ejército ruso se habría metido así en la misma dificultad a la que se habría expuesto tomando la dirección de Kiev al principio, a saber, la de quedar separado de la masa de su propio territorio; pero esta desventaja se habría vuelto ahora casi insignificante, pues cuán diferente habría sido la condición del ejército francés si hubiera marchado directamente sobre Kiev sin hacer el rodeo por Moscú.

Es evidente que un cambio de dirección tan repentino de una línea de retirada, el cual es muy practicable en un país espacioso, asegura ventajas notables.

  1. Hace imposible que el enemigo (la fuerza que avanza) mantenga su antigua línea de comunicación; pero la organización de una nueva es siempre un asunto difícil, además de que el cambio se realiza gradualmente, por lo que, probablemente, tenga que probar más de una línea nueva.
  1. Si ambas partes se aproximan de nuevo a la frontera de este modo; la posición del agresor ya no cubre sus conquistas y, con toda probabilidad, tendrá que renunciar a ellas.

Rusia, con sus enormes dimensiones, es un país en el cual dos ejércitos podrían de este modo jugar regularmente a las prendas (Zeck jagen).

Pero un cambio semejante en la línea de retirada también es posible en países más pequeños, cuando otras circunstancias son favorables, lo cual solo puede juzgarse en cada caso individual, según sus diferentes relaciones.

Una vez fijada la dirección en la que el enemigo debe ser atraído al país, se deduce por sí mismo que nuestro ejército principal debe tomar esa dirección, pues de otro modo el enemigo no avanzaría en ella y, aunque lo hiciera, no podríamos entonces imponerle todas las condiciones arriba supuestas.

La única cuestión que queda entonces es si tomaremos esta dirección con nuestras fuerzas indivisas, o si porciones considerables deben desplegarse lateralmente y dar por tanto a la retirada una forma divergente (excéntrica).

A esto respondemos que esta última forma en sí misma debe ser rechazada.

  1. Porque divide nuestras fuerzas, al tiempo que su concentración en un punto es justo una de las principales dificultades para el enemigo.
  1. Debido a que el enemigo obtiene la ventaja de operar sobre líneas interiores, puede permanecer más concentrado que nosotros y, en consecuencia, presentarse con mucha mayor fuerza en cualquier punto dado. Ciertamente, esta superioridad es menos de temer cuando seguimos un sistema de ceder constantemente; pero la condición misma de este repliegue continuo es seguir siendo siempre formidables para el enemigo y no permitirle vencernos en detalle, lo cual podría suceder fácilmente. Un objetivo adicional de dicha retirada es lograr gradualmente que nuestra fuerza principal alcance una superioridad numérica y, con esta superioridad, dar un golpe decisivo, lo cual, mediante una partición de las fuerzas, se volvería incierto.
  1. Porque, por regla general, la acción concéntrica (convergente) contra el enemigo no se adapta a las fuerzas más débiles.
  1. Porque muchas de las desventajas de los puntos débiles de la agresión desaparecen cuando el ejército del defensor se divide en partes separadas.

Los puntos más débiles en un largo avance por parte del agresor son, por ejemplo: la longitud de las líneas de comunicación y la exposición de los flancos estratégicos.

Mediante la forma divergente de retirada, el agresor se ve obligado a hacer que una parte de su fuerza presente un frente hacia el flanco, y esta porción, destinada propiamente solo a neutralizar nuestra fuerza situada inmediatamente frente a él, logra ahora, en cierta medida y además de aquello, cubrir una parte de las líneas de comunicación.

Por el mero efecto estratégico de la retirada, la forma divergente no es, por tanto, favorable; pero si ha de preparar una acción ulterior contra la línea de retirada del enemigo, entonces debemos remitirnos a lo que se ha dicho sobre eso en el último capítulo.

Solo hay un objeto que puede dar ocasión a una retirada divergente, y es cuando podemos por ese medio proteger provincias que de otro modo el enemigo ocuparía.

Qué porciones de territorio ocupará el enemigo que avanza a la derecha y a la izquierda de su ruta, puede discernirse con razonable exactitud por el punto de reunión y las direcciones dadas a sus fuerzas, por la situación de sus propias provincias, fortalezas, etc., con respecto a las nuestras.

Destacar tropas en aquellos distritos del territorio que con toda probabilidad dejará desocupados, sería un peligroso desperdicio de nuestras fuerzas.

Pero ahora bien, si mediante alguna disposición de nuestras fuerzas podremos impedirle ocupar aquellos distritos que con toda probabilidad deseará ocupar, es más difícil de decidir y, por tanto, es un punto cuya solución depende en gran medida del tacto del juicio.

Cuando los rusos se retiraron en 1812, dejaron 30.000 hombres bajo el mando de Tormásov en Volinia, para oponerse a las fuerzas austriacas que se esperaba invadieran dicha provincia. La extensión de la provincia, los numerosos obstáculos del terreno que presenta el país, la estrecha proporción entre las fuerzas que probablemente entrarían en conflicto justificaban las expectativas de los rusos de poder mantener la superioridad en ese sector, o al menos de sostenerse cerca de su frontera.

De esto habrían podido derivarse en el futuro ventajas muy importantes, que no nos detenemos a discutir aquí; además, era casi imposible que estas tropas se hubieran unido al ejército principal a tiempo aunque lo hubiesen deseado. Por estas razones, la decisión de dejar estas tropas en Volinia para librar allí una guerra propia y diferenciada fue acertada.

Ahora bien, por otra parte, si según el plan de campaña propuesto presentado por el general Phul, solo el ejército de Barclay (80.000 hombres) debía retirarse a Drissa, y el ejército de Bagratión (40.000 hombres) debía permanecer en el flanco derecho de los franceses, con vistas a atacar posteriormente su retaguardia, resulta evidente de inmediato que este cuerpo no habría podido mantenerse de ningún modo en el sur de Lituania, tan cerca de la retaguardia del cuerpo principal del ejército francés, y pronto habría sido destruido por sus abrumadoras masas.

Que el interés del defensor en sí mismo consista en ceder el menor número posible de provincias al agresor se comprende bastante bien, pero esto es siempre una consideración secundaria; que el ataque también se hace más difícil cuanto más pequeño, o más bien más estrecho, sea el teatro de la guerra al que podamos confinar al enemigo, es asimismo claro en sí mismo; pero todo esto está subordinado a la condición de que al hacerlo tengamos la probabilidad de un resultado a nuestro favor, y de que el cuerpo principal de la fuerza a la defensiva no se vea demasiado debilitado; pues de esa fuerza debemos depender principalmente para la solución final, porque las dificultades y angustias sufridas por el cuerpo principal del enemigo son las que primero provocan su decisión de retirarse y aumentan al máximo la pérdida de poder físico y moral vinculada a ello.

El repliegue hacia el interior del país debe hacerse, por tanto, por regla general, directamente ante el enemigo y tan lentamente como sea posible, con un ejército que no haya sufrido una derrota y que permanezca unido; y mediante su resistencia incesante debe obligar al enemigo a mantenerse en un estado constante de disposición para el combate y a un desgaste ruinoso de fuerzas en medidas de precaución tácticas y estratégicas.

Cuando ambas partes han llegado de este modo al final de la primera arrancada del agresor, el defensor debe entonces disponer su ejército en una posición, si es que se puede encontrar alguna, que forme un ángulo oblicuo con la ruta de su oponente, y operar contra la retaguardia del enemigo con todos los medios a su alcance.

La campaña de 1812 en Rusia muestra todas estas medidas a gran escala y sus efectos, por decirlo así, bajo una lupa.

Aunque no fue una retirada voluntaria, podemos considerarla fácilmente desde ese punto de vista.

Si los rusos, con la experiencia que ahora tienen de los resultados así producidos, tuvieran que emprender la defensa de su país de nuevo, exactamente bajo las mismas circunstancias, harían voluntaria y sistemáticamente lo que en gran parte se hizo sin un plan definido en 1812; pero sería un gran error suponer que no hay ni puede haber en ninguna otra parte un ejemplo del mismo modo de acción donde falten las dimensiones del imperio ruso.

Siempre que un ataque estratégico, sin llegar a dirimirse en una batalla, se estrella meramente contra las dificultades encontradas, y el agresor se ve obligado a emprender una retirada más o menos desastrosa, allí se habrán manifestado las condiciones principales y los efectos fundamentales de este modo de defensa, cualesquiera que sean las circunstancias modificatorias que de otro modo lo acompañen.

La campaña de Federico el Grande en Moravia en 1742, en Bohemia en 1744, la campaña francesa en Austria y Bohemia en 1743, la campaña del duque de Brunswick en Francia en 1792, la campaña de invierno de Massena en Portugal en 1810-11, son casos todos en los que esto se ejemplifica, aunque en proporciones y relaciones menores; existen además innumerables operaciones fragmentarias de esta índole, cuyos resultados, aunque no en su totalidad, deben atribuirse en parte al principio que aquí sostenemos; estas no las traemos a colación porque requeriría un desarrollo de circunstancias que nos llevaría a un campo demasiado extenso.

En Rusia, y en los otros casos citados, la crisis o el giro de los acontecimientos tuvo lugar sin una batalla victoriosa que decidiera en el punto culminante; pero aun cuando no deba esperarse tal efecto, es siempre una cuestión de inmensa importancia en este modo de defensa lograr una relación de fuerzas que haga posible la victoria y, mediante esa victoria, como a través de un primer golpe, provocar un movimiento que por lo general sigue aumentando en sus efectos desastrosos según las leyes aplicables a los cuerpos que caen.

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