La guerra en su sentido literal es combate, pues el combate por sí solo es el principio eficiente en la múltiple actividad que en un sentido amplio se denomina Guerra.
Pero el combate es una prueba de fuerza de las fuerzas morales y físicas por medio de estas últimas. Que lo moral no puede omitirse es evidente por sí mismo, pues el estado de ánimo siempre tiene la influencia más decisiva en las fuerzas empleadas en la Guerra.
La necesidad de combatir condujo muy pronto a los hombres a inventos especiales para decantar la ventaja a su favor; como consecuencia de estos, el modo de combatir ha experimentado grandes alteraciones; pero, de cualquier modo que se lleve a cabo, su concepción permanece inalterada, y el combate es aquello que constituye la Guerra.
Los inventos han sido desde el principio armas y equipos para los combatientes individuales. Estos tienen que ser provistos y su uso aprendido antes de que la guerra comience. Se hacen adecuados a la naturaleza de los combates, por consiguiente son regidos por ella; pero claramente la actividad empleada en estos aparatos es una cosa diferente del combate en sí; es solo la preparación para el combate, no la conducción del mismo. Que el armar y equipar no son esenciales para la concepción del combate es evidente, porque la mera lucha libre es también un combate.
El combate ha determinado todo lo relativo a las armas y al equipo, y estos a su vez modifican el modo de combatir; existe, por lo tanto, una reciprocidad de acción entre ambos.
Sin embargo, el combate mismo sigue siendo una actividad completamente especial, más particularmente porque se desarrolla en un elemento totalmente especial, a saber, en el elemento del peligro.
Si, por tanto, hay alguna necesidad de trazar una línea entre dos actividades diferentes, es aquí; y para ver con claridad la importancia de esta idea, solo necesitamos recordar con qué frecuencia una aptitud personal eminente en un campo ha resultado ser nada más que la pedantería más inútil en el otro.
Tampoco es en modo alguno difícil separar conceptualmente una actividad de la otra, si consideramos a las fuerzas combatientes plenamente armadas y equipadas como un medio dado, cuyo uso provechoso no requiere nada más que el conocimiento de sus resultados generales.
El arte de la guerra es, por tanto, en su sentido propio, el arte de hacer uso de los medios dados en el combate, y no podemos darle mejor nombre que el de «Conducta de la Guerra».
Por otra parte, en un sentido más amplio, todas las actividades que tienen su existencia a causa de la guerra, y por consiguiente toda la creación de tropas, es decir, su reclutamiento, armamento, equipamiento y ejercicio, pertenecen al arte de la guerra.
Para elaborar una teoría sólida, es fundamental separar estas dos actividades, pues es fácil ver que si cada acto de guerra ha de comenzar con la preparación de las fuerzas militares y presuponer fuerzas organizadas de tal modo que constituyan una condición primordial para conducir la guerra, esa teoría solo será aplicable a los pocos casos en los que la fuerza disponible resulte exactamente adecuada.
Si, por otra parte, deseamos tener una teoría que se adapte a la mayoría de los casos y que no sea totalmente inútil en ninguno, debe fundarse en aquellos medios que estén en uso más general y, con respecto a estos, únicamente en los resultados reales que de ellos se deriven.
La conducción de la guerra es, por tanto, la formación y conducción del combate. Si este combate fuera un acto único, no habría necesidad de ninguna subdivisión posterior, pero el combate se compone de un número mayor o menor de actos individuales, completos en sí mismos, a los que llamamos enfrentamientos, tal como hemos demostrado en el primer capítulo del primer libro, y que forman nuevas unidades.
De esto surgen dos actividades totalmente distintas: la de la formación y conducción de estos combates individuales en sí mismos, y la de su combinación entre sí, con vistas al objetivo último de la Guerra. La primera se llama táctica, la otra estrategia.
Esta división en táctica y estrategia es hoy de uso casi general, y cada cual sabe tolerablemente bien bajo qué cabeza ubicar cualquier hecho aislado, sin conocer con mucha precisión los fundamentos en los que se basa la clasificación.
Pero cuando tales divisiones se siguen ciegamente en la práctica, deben tener alguna raíz profunda. Hemos buscado esta raíz y podríamos decir que es precisamente el uso de la mayoría el que nos ha conducido a ella.
Por otra parte, consideramos que las definiciones arbitrarias y antinaturales de estos conceptos que algunos escritores han intentado establecer no están de acuerdo con el uso general de los términos.
Según nuestra clasificación, por lo tanto, la táctica es la teoría del uso de las fuerzas militares en el combate. La estrategia es la teoría del uso de los combates para el objeto de la Guerra.
La manera en que la concepción de un combate único o independiente se determina más estrechamente, las condiciones a las que está unida esta unidad, solo podremos explicarla con claridad cuando consideremos el combate; por el momento debemos conformarnos con decir que, en relación con el espacio, y por tanto en los combates que tienen lugar al mismo tiempo, la unidad llega tan lejos como llega el mando personal; pero en cuanto al tiempo, y por tanto en relación con los combates que se suceden en estrecha sucesión, llega hasta el momento en que la crisis que tiene lugar en todo combate ha pasado por completo.
Que puedan presentarse casos dudosos —casos, por ejemplo, en los que varios combates tal vez puedan considerarse también como uno solo— no echará por tierra el fundamento de la distinción que hemos adoptado, pues lo mismo ocurre con todos los fundamentos de distinción de cosas reales que se diferencian mediante una escala gradualmente decreciente.
Puede haber, por tanto, con toda certeza, actos de actividad en la guerra que, sin alteración alguna del punto de vista, puedan contarse tanto como estratégicos como tácticos; por ejemplo, posiciones muy extendidas que se asemejan a una cadena de puestos, los preparativos para el paso de un río en varios puntos, etcétera.
Nuestra clasificación alcanza y abarca únicamente el uso de la fuerza militar. Pero ahora bien, hay en la guerra una serie de actividades que le son subordinadas y que aun así son bastante diferentes de ella; a veces estrechamente aliadas, a veces menos cercanas en su afinidad. Todas estas actividades se relacionan con el mantenimiento de la fuerza militar.
Del mismo modo que su creación y adiestramiento preceden a su uso, su mantenimiento es siempre una condición necesaria. Pero, vistas estrictamente, todas las actividades así vinculadas deben considerarse siempre solo como preparativos para el combate; ciertamente no son más que actividades muy próximas a la acción, de modo que recorren el acto hostil alternando en importancia con el uso de las fuerzas.
Tenemos, por lo tanto, el derecho de excluirlas —así como a las demás actividades preparatorias— del arte de la guerra en su sentido restringido, de la conducción de la guerra propiamente dicha; y estamos obligados a hacerlo si queremos cumplir con el primer principio de toda teoría: la eliminación de todos los elementos heterogéneos.
¿Quién incluiría en la verdadera «conducción de la guerra» toda la letanía de la subsistencia y la administración, dado que se admite que mantiene una acción recíproca constante con el uso de las tropas, pero que es algo esencialmente diferente de este?
Hemos dicho, en el tercer capítulo de nuestro primer libro, que como la lucha o combate es la única actividad directamente eficaz, por tanto los hilos de todas las demás, al desembocar en ella, están incluidos en ella. Con esto quisimos decir que a todas las demás se les asigna así un objeto que, de acuerdo con las leyes propias de cada una, deben procurar alcanzar.
Aquí debemos profundizar un poco más en este tema.
Los temas que constituyen las actividades fuera del combate son de varias clases.
La una parte pertenece, en un aspecto, al combate mismo, es idéntica a él, mientras que en otro aspecto sirve para el mantenimiento de la fuerza militar.
La otra parte pertenece puramente a la subsistencia, y solo tiene, como consecuencia de la acción recíproca, una influencia limitada en los combates por sus resultados.
Los asuntos que en un aspecto pertenecen a la lucha misma son las marchas, los campamentos y los acantonamientos, pues suponen otras tantas situaciones diferentes de las tropas, y donde se suponen tropas, allí la idea del combate debe estar siempre presente.
Las demás materias, que solo corresponden al mantenimiento, son la subsistencia, el cuidado de los enfermos, el suministro y la reparación de armas y equipos.
Las marchas son bastante idénticas al empleo de las tropas. El acto de marchar en el combate, llamado generalmente maniobra, ciertamente no incluye necesariamente el uso de las armas, pero está tan completa y necesariamente combinado con él que forma una parte integrante de eso que llamamos combate.
Pero la marcha fuera del combate no es más que la ejecución de una medida estratégica. Mediante el plan estratégico se determina cuándo, dónde y con qué fuerzas debe librarse una batalla, y para llevarlo a cabo la marcha es el único medio.
La marcha fuera del combate es, por tanto, un instrumento de estrategia, pero no por ello exclusivamente un asunto de la estrategia, pues como la fuerza armada que la ejecuta puede verse envuelta en un combate posible en cualquier momento, su ejecución se rige también por reglas tanto tácticas como estratégicas.
Si le prescindimos a una columna su ruta en un lado determinado de un río o de una estribación de una montaña, eso es una medida estratégica, pues contiene la intención de combatir en ese lado particular de la colina o del río con preferencia al otro, en caso de que sea necesario un combate durante la marcha.
Pero si una columna, en vez de seguir el camino por un valle, marcha a lo largo de la cresta paralela de las alturas, o para la comodidad de la marcha se divide en varias columnas, entonces estas son disposiciones tácticas, pues se relacionan con la manera en que usaremos las tropas en el combate previsto.
El orden particular de marcha se halla en constante relación con la preparación para el combate y es, por consiguiente, de naturaleza táctica, ya que no es otra cosa que la primera o preliminar disposición para la batalla que posiblemente pueda tener lugar.
Como la marcha es el instrumento por el cual la estrategia distribuye sus elementos activos, los combates —si bien estos últimos a menudo solo aparecen por sus resultados y no en los detalles de su curso real—, no podía dejar de suceder que en la teoría se haya sustituido con frecuencia el instrumento por el principio eficiente.
Así, oímos hablar de una marcha hábil y decisiva, haciéndose con ello alusión a aquellas combinaciones de combates a las que condujeron dichas marchas. Esta sustitución de ideas es demasiado natural y la concisión de expresión demasiado deseable como para exigir su alteración, pero no deja de ser una cadena condensada de ideas respecto a la cual nunca debemos olvidar tener presente todo su significado, si queremos evitar caer en el error.
Caemos en un error de esta índole si atribuimos a las combinaciones estratégicas un poder independiente de los resultados tácticos. Leemos acerca de marchas y maniobras combinadas, de cómo se alcanza el objetivo y, al mismo tiempo, ni una palabra sobre el combate, de lo cual se deduce que existen medios en la guerra para vencer a un enemigo sin luchar. La naturaleza prolífica de este error no podremos demostrarla hasta más adelante.
Pero aunque una marcha pueda considerarse absolutamente como parte integrante del combate, todavía existen en ella ciertas relaciones que no pertenecen al combate y que, por tanto, no son ni tácticas ni estratégicas.
A estas pertenecen todas las disposiciones que conciernen únicamente al alojamiento de las tropas, la construcción de puentes, caminos, etc.
Estas son solo condiciones; bajo muchas circunstancias están en muy estrecha conexión y pueden casi identificarse con las tropas, como en la construcción de un puente en presencia del enemigo; pero en sí mismas son siempre actividades cuya teoría no forma parte de la teoría de la conducción de la guerra.
Campamentos, por los cuales entendemos toda disposición de tropas en orden concentrado y, por lo tanto, de batalla, en contradistinción a los acantonamientos o alojamientos, son un estado de reposo y, por consiguiente, de recuperación; pero son al mismo tiempo también la cita estratégica para un combate en el lugar elegido; y por la manera en que se adoptan, contienen las líneas fundamentales de la batalla, condición de la que parte toda batalla defensiva; son, por lo tanto, partes esenciales tanto de la estrategia como de la táctica.
Los acantonamientos ocupan el lugar de los campamentos para un mejor descanso de las tropas.
Son, por tanto, al igual que los campamentos, temas estratégicos en lo que respecta a su posición y extensión; temas tácticos en cuanto a su organización interna, con vistas a la disposición para el combate.
La ocupación de campamentos y acantonamientos sin duda suele combinar con la recuperación de las tropas otro objetivo también, por ejemplo, la cobertura de una región del país, la defensa de una posición; pero bien puede ser únicamente el primero.
Recordamos a nuestros lectores que la estrategia puede perseguir una gran diversidad de objetivos, ya que todo lo que parece una ventaja puede ser el objeto de un combate, y la preservación del instrumento con el que se hace la guerra debe convertirse necesariamente muy a menudo en el objeto de sus combinaciones parciales.
Si, por tanto, en tal caso la estrategia sirve únicamente para el mantenimiento de las tropas, no por ello salimos del campo de la estrategia, pues seguimos ocupados con el uso de la fuerza militar, porque toda disposición de dicha fuerza en cualquier punto que sea del teatro de la guerra constituye tal uso.
Pero si el mantenimiento de las tropas en campamento o acuartelamiento exige actividades que no son un empleo de la fuerza armada, tales como la construcción de chozas, el levantamiento de tiendas, los servicios de subsistencia y sanidad en los campamentos o acuartelamientos, entonces estas no pertenecen ni a la estrategia ni a la táctica.
Hasta las trincheras, cuyo emplazamiento y preparación forman parte evidente del orden de batalla y, por tanto, son materias tácticas, no pertenecen a la teoría de la conducción de la guerra en lo que respecta a la ejecución de su construcción, ya que los conocimientos y la destreza requeridos para tal trabajo son, en realidad, cualidades inherentes a la naturaleza de un ejército organizado; la teoría del combate las da por supuestas.
Entre los asuntos que pertenecen al mero sostenimiento de una fuerza armada, debido a que ninguna de sus partes se identifica con el combate, el aprovisionamiento de las propias tropas ocupa el primer lugar, ya que debe realizarse casi a diario y para cada individuo.
Es así como impregna por completo la acción militar en las partes que constituyen la estrategia —decimos partes que constituyen la estrategia porque durante una batalla la subsistencia de las tropas rara vez influirá en la modificación del plan, aunque la cosa sea bastante concebible—.
La atención a la subsistencia de las tropas entra, por tanto, en acción recíproca principalmente con la estrategia, y no hay nada más común que las líneas maestras estratégicas de una campaña y de la guerra se tracen en relación con una perspectiva de este abastecimiento.
Pero por frecuentes e importantes que sean estas consideraciones de suministro, la subsistencia de las tropas sigue siendo siempre una actividad completamente distinta del uso de las tropas, y la primera solo ejerce influencia sobre la segunda a través de sus resultados.
Las otras ramas de la actividad administrativa que hemos mencionado se encuentran mucho más alejadas del empleo de las tropas.
El cuidado de enfermos y heridos, por muy importante que sea para el bien de un ejército, solo afecta directamente a una pequeña parte de los individuos que lo componen y, por consiguiente, tiene tan solo una influencia débil e indirecta sobre el empleo del resto.
El completar y reemplazar los artículos de armamento y equipo —salvo en la medida en que, por el organismo de las fuerzas, constituya una actividad continua inherente a ellas— tiene lugar únicamente de forma periódica y, por tanto, rara vez afecta a los planes estratégicos.
Debemos, sin embargo, guardarnos aquí de un error. En ciertos casos estos asuntos pueden ser realmente de una importancia decisiva. La distancia de los hospitales y de los depósitos de municiones puede imaginarse muy fácilmente como la causa única de decisiones estratégicas muy importantes. No queremos ni rebatir ese punto ni restarle importancia.
Pero en este momento no nos ocupamos de los hechos particulares de un caso concreto, sino de la teoría abstracta; y nuestra afirmación, por tanto, es que dicha influencia es demasiado rara como para otorgar a la teoría de las medidas sanitarias y al suministro de municiones y armas una importancia en la teoría de la conducción de la Guerra que haga que valga la pena incluir en esta última la consideración de las diversas vías y sistemas que las teorías anteriores puedan proporcionar, del mismo modo que sin duda es necesario hacerlo en lo que respecta al abastecimiento de las tropas.
Si hemos comprendido claramente los resultados de nuestras reflexiones, las actividades pertenecientes a la guerra se dividen en dos clases principales: en aquellas que son meramente «preparaciones para la guerra» y en la «guerra misma». Por consiguiente, esta división también debe hacerse en la teoría.
El conocimiento y las aplicaciones de la destreza en los preparativos para la Guerra se ocupan de la creación, la disciplina y el mantenimiento de todas las fuerzas militares; no entramos a determinar qué nombres generales deben darse a estas cosas, pero vemos que la artillería, la fortificación, la llamada táctica elemental, toda la organización y administración de las diversas fuerzas armadas, y todas las cuestiones de esta índole están incluidas.
Pero la teoría de la Guerra en sí misma se ocupa del uso de estos medios preparados para el objetivo de la guerra. De lo primero solo necesita los resultados, es decir, el conocimiento de las principales propiedades de los medios adoptados para su uso. A esto lo llamamos «El arte de la guerra» en un sentido limitado, o «Teoría de la conducción de la guerra», o «Teoría del empleo de las fuerzas armadas», designando todo ello para nosotros una misma cosa.
La presente teoría tratará, por tanto, el combate como el enfrentamiento real; las marchas, los campamentos y los acantonamientos como circunstancias más o menos idénticas a este. La subsistencia de las tropas solo entrará en consideración, al igual que otras circunstancias dadas, en lo que respecta a sus resultados, no como una actividad perteneciente al combate.
El Arte de la Guerra, visto así en su sentido limitado, se divide a su vez en táctica y estrategia. La primera se ocupa de la forma del combate aislado; la segunda, de su uso. Ambas se relacionan con las circunstancias de las marchas, los campamentos y los acantonamientos únicamente a través del combate, y estas circunstancias son tácticas o estratégicas según se relacionen con la forma o con el significado de la batalla.
No dudo de que habrá muchos lectores que consideren superflua esta cuidadosa separación de dos cosas tan estrechamente vinculadas como la táctica y la estrategia, dado que no tiene un efecto directo sobre la conducción misma de la guerra. Admitimos, ciertamente, que sería una pedantería buscar efectos directos sobre el campo de batalla a partir de una distinción teórica.
Pero la primera tarea de toda teoría es aclarar los conceptos e ideas que se han mezclado y, por decirlo así, enredado y confundido; y sólo cuando se establece un entendimiento correcto en cuanto a nombres y conceptos, podemos esperar progresar con claridad y facilidad, y tener la certeza de que autor y lector verán siempre las cosas desde el mismo punto de vista.
La táctica y la estrategia son dos actividades que se interpenetran mutuamente en el tiempo y en el espacio, siendo al mismo tiempo actividades esencialmente diferentes cuyas leyes internas y relaciones mutuas no pueden ser comprendidas en absoluto por la mente hasta que no se establezca una concepción clara de la naturaleza de cada una de ellas.
Aquel para quien todo esto no es nada, debe o bien repudiar toda consideración teórica, o bien su entendimiento aún no ha sufrido a causa de las ideas confusas y desconcertantes que no se apoyan en ningún punto de vista fijo, que no conducen a ningún resultado satisfactorio, a veces áridas, a veces fantásticas, a veces flotando en vagas generalidades, que a menudo nos vemos obligados a escuchar y leer sobre la conducción de la Guerra, debido a que el espíritu de la investigación científica apenas se ha dirigido hasta ahora a estos temas.