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VI. Esperanzas al amanecer

¡Pero no! Él lucía tan radiante y amable: tenía que sentir, al igual que ella, que en aquel ardor de la ceguera senil había la piedad suficiente como para suscitar una paciencia inagotable. ¡Cuánto más fuertemente sentiría esto si supiera lo de su hermano! Una muchacha de dieciocho años se imagina los sentimientos que hay tras el rostro que la ha conmovido con su juvenil simpatía con tanta facilidad como los pueblos primitivos imaginaban los humores de los dioses en tiempo apacible: ¿en qué ha de creer, si no es en esta visión tejida desde su propio interior?

Y Tito estaba en realidad muy lejos de sentirse impaciente. Le encantaba sentarse allí con la sensación de que la atención de Romola estaba fija en él, y de que podía mirarla de vez en cuando.

Le complacía que Bardo se interesara por él; y no reflexionaba con la suficiente seriedad sobre la perspectiva del trabajo en el que iba a colaborar, como para sentirse movido por ello a otra cosa que no fuera esa aquiescencia fácil y de buen humor que le era natural.

—Estaré orgulloso y feliz —dijo,

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