como sabes, tiene asuntos en Francia y es responsable, entre otras cosas, de una deuda con aquel francamente sabio y experimentado francés, el señor Philippe de Comines, por la biblioteca de los Médici, que compramos; pero supongo que el propio Domenico Mazzinghi puede regresar a la ciudad antes del anochecer, y ganaría más tiempo para la preparación de las cartas si esperara a depositarlas en sus manos.
—Ciertamente, reverendo padre, eso podría ser mejor por todos los motivos, excepto uno: a saber, que si ocurriera algo que impidiera el regreso de Messer Domenico, el envío de las cartas requeriría que yo volviera a San Marco a altas horas, o que usted me las enviara con su secretario; y me consta que desea evitar las falsas inferencias que podrían sacarse de una comunicación demasiado frecuente entre usted y cualquier oficial del gobierno.
Al plantir esta dificultad, Tito sintió que, cuanta más reticencia mostraba el Frate a confiar en él, más seguro estaría de su conjetura.
Savonarola guardó silencio; pero mientras mantenía la boca firme, un leve rubor ascendió a su rostro debido a la emoción reprimida que crecía en su interior. Sería un momento crítico: aquel en el que entregara la carta con sus propias manos.
“Es muy probable que meser Domenico regrese a tiempo”, dijo Tito, fingiendo dar por zanjada la determinación del fraile, y levantándose de su silla al hablar.
“Con su venia, voy a retirarme, padre, para no abusar de su tiempo una vez cumplido mi cometido; pero como tal vez no se me conceda el favor de otra entrevista, me atrevo a confiarle —algo que aún no es de dominio público, salvo para los Magníficos Diez— que tengo el propósito de renunciar a mi secretaría y abandonar Florencia en breve. ¿Acaso presumo demasiado de su interés al manifestarle algo que atañe principalmente a mi persona?”