Una voz cautivadora
Cuando Romola se sentó en la piedra bajo el ciprés, todo conspiraba para darle la sensación de libertad y soledad:
- su huida de los muros y calles acostumbrados;
- la creciente distancia respecto a su esposo, quien a estas horas cabalgaba hacia Siena, mientras cada hora la llevaría más lejos en la dirección opuesta;
- la quietud matutina;
- la gran depresión del terreno al borde del camino que creaba un abismo entre ella y la sombría calma de las montañas.
Por primera vez en su vida se sintió sola en presencia de la tierra y del cielo, sin ninguna presencia humana que se interpusiera y dictara una ley para ella.
De repente, una voz muy cerca de ella dijo:
“Tú eres Romola de’ Bardi, la esposa de Tito Melema”.
Ella conocía la voz: había vibrado en su interior más de una vez antes; y porque la conocía, no se dio la vuelta ni levantó la mirada. > Se quedó sentada, sacudida por la reverencia, y sin embargo rebelándose interiormente contra ella. Era uno de aquellos monjes de saya negra el que se atrevía a hablarle y a interferir en su intimidad: eso era todo. Y, no obstante, estaba estremecida, como si aquel destino al que los hombres consideraban