vidas en la miseria bajo la mera imaginación del peso. Tu mente, que capta las ideas con tanta facilidad, mi Romola, es capaz de distinguir entre el bien sustancial y estas fantasías forjadas por el cerebro. Pregúntate, queridísima, ¿qué bien posible pueden hacer estos libros y antigüedades, guardados juntos bajo el nombre de tu padre en Florencia, más del que harían si estuvieran divididos o transportados a otra parte? Es más, ¿no es la propia dispersión de tales cosas en manos que saben cómo valorarlas uno de los medios para extender su utilidad? Esta rivalidad entre las ciudades italianas es muy mezquina e iliberal. La pérdida de Constantinopla fue la ganancia de todo el mundo civilizado.
Romola estaba todavía demasiado bajo la dolorosa presión de la nueva revelación que Tito estaba haciendo de sí mismo, como para que su resistencia encontrara una vía de escape intensa.
Mientras ese discurso fluido caía en sus oídos, crecía en su interior un desprecio que solo la hacía más consciente de su amor herido y desesperado, su amor por el Tito con el que se había casado y en el que había creído.
Su naturaleza, poseída por las energías de una emoción intensa, retrocedía ante esta disposición irremediablemente superficial que presumía de apropiarse de las simpatías más amplias y no tenía un solo latido para las más cercanas.
Aún hablaba como alguien a quien se le impedía mostrar todo lo que sentía. Tan solo había retirado el brazo de la rodilla de él, y se sentía con las manos cruzadas ante sí, fría y sin movimiento como aguas estancadas.
“¡Hablas de un bien sustancial, Tito! ¿Acaso la fidelidad, el amor y los dulces y agradecidos recuerdos no son un bien?