—Bien, bien; a un florentino no le importa pagar un precio justo por una noticia: le calma un poco el estómago aunque no saque calzas en limpio de ello. Si te llevo con la doncella más bonita del Mercato para que te den una taza de leche, ese será un trato justo.
«No; ya la encontraré yo mismo, si es que realmente está en el Mercato, pues las lindas cabezas suelen asomarse a las puertas y a las ventanas. No, no. Además, un comerciante sagaz como tú debería saber que quien puja por nueces y noticias, corre el riesgo de hallarlas vacías».
—¡Ah, muchacho! —dijo Bratti, con una mirada de reojo que denotaba cierta admiración—, no naciste en domingo; las tiendas de sal estaban abiertas cuando viniste al mundo. No eres hebreo, ¿eh? ¿Vienes de España o de Nápoles, eh? Déjame decirte que los Frati Minori están tratando de poner a Florencia tan caliente como a España para esos perros del infierno que quieren quedarse con todo el lucro de la usura para ellos y no dejar nada a los cristianos; y cuando camines por el Calimara con un trozo de tela amarilla en la gorra, afearás tu rostro más que con un tajo de espada en esa suave mejilla tuya, que parece de aceituna. —Abbaratta, baratta —chi abbaratta?—. Te digo, muchacho, que el paño gris está contra el paño amarillo; y en Florencia hay tanto paño gris que alcanzaría para una sotana y una capucha para el Duomo, y no hay tanto paño amarillo como para hacerle calzas a San Cristóbal —¡bendito sea su nombre y haz que hoy pueda yo verlo!—. Abbaratta, baratta, b’ratta —chi abbaratta?
—Todo eso es información muy divertida que estás regalando por nada —dijo el desconocido, con cierto desprecio—; pero da la casualidad de que a mí no me concierne. No soy hebreo.
—¡Mira, ya ves! —dijo Bratti, triunfante—; he hecho un buen negocio con meras palabras. Te he hecho decirme algo, muchacho, aunque eres tan difícil de atrapar como una lamprea. ¡Bendito sea San Giovanni! Un florentino ciego vale por dos tuertos. Pero aquí estamos en el Mercato.