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VI. Esperanzas al amanecer

—Sí; hicimos lo que podría llamar una peregrinación llena de peligro, con el fin de visitar lugares que casi se han borrado de la memoria de Occidente, pues se hallan fuera de la ruta de los peregrinos; y mi padre solía decir que los propios eruditos apenas imaginan que tengan existencia fuera de los libros.

Opinaba que una era nueva y más gloriosa se abriría para el saber cuando los hombres empezaran a buscar sus comentarios sobre los antiguos escritores en los restos de ciudades y templos, sí, en los cauces de los ríos y en la faz de los valles y de las montañas.

—¡Ah! —dijo Bardo, con fervor—, vuestro padre, entonces, no era un hombre común. ¿Tuvo buena fortuna, puedo preguntar? ¿Tenía muchos amigos? Estas últimas palabras fueron pronunciadas en un tono cargado de significado.

—No; hizo enemigos⁠—principalmente, creo, debido a cierta franqueza impetuosa; y ellos entorpecieron su ascenso, de modo que vivió en la oscuridad. Y jamás se dignaba conciliar: nunca pudo olvidar una afrenta.

—¡Ah! —dijo Bardo de nuevo, con una larga y profunda entonación.

“Entre nuestras peligrosas expediciones —continuó Tito, con deseos de evitar más preguntas sobre un asunto tan personal—, recuerdo con particular viveza una visita a Atenas hecha a toda prisa. Nuestra prisa, y el doble peligro de ser apresados por los turcos o de que nuestra galera levantara ancora antes de que pudiéramos regresar, hicieron que pareciera la visión febril de una noche: la vasta llanura, las montañas circundantes, los pórticos y columnas arruinados, ya fuera alzándose muy distantes, como si retrocedieran ante nuestros apresurados pasos, o bien apiñados de manera confusa entre las viviendas de cristianos reducidos a la servidumbre, o entre los fuertes y torrecillas de sus conquistadores musulmanes, que tienen su bastión en la Acrópolis”.

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