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XVIII. El Retrato

estuche de madera —os mostraré el tamaño— en forma de tríptico. El interior puede ser de un dorado simple: es en el exterior donde quiero el motivo. Es un tema favorito entre vosotros los florentinos: el triunfo de Baco y Ariadna; pero quiero que se trate de un modo nuevo. Un relato de Ovidio os dará las pistas necesarias. El joven Baco debe ir sentado en una nave, con la cabeza ceñida de racimos de uva y una lanza entrelazada con pámpanos en la mano; hiedra de bayas oscuras debe enroscarse en los mástiles y las velas, los remos han de ser tirsos, y las flores deben engalanar la popa; leopardos y tigres deben agazaparse ante él, y delfines juguetear alrededor. Pero quiero que la bella Ariadna le acompañe, hecha inmortal con su corona de oro —eso no está en el cuento de Ovidio, pero no importa, ya lo concebiréis todo— y arriba debe haber jóvenes Amores, de esos que sabéis pintar, disparando con rosas en las puntas de sus flechas—”

—¡No digas más! —dijo Piero—. Tengo a Ovidio en lengua vulgar. Búscame el pasaje. No me gusta ahogarme con los pensamientos ajenos. Puedes pasar.

Piero abrió el paso a través de la primera habitación, donde había una cesta con huevos depositada en el hogar abierto, cerca de un montón de cáscaras de huevo rotas y un banco de cenizas.

En extraña consonancia con aquel sórdido desorden, había una cama baja de madera de ébano tallada, cubierta descuidadamente con un trozo de rica alfombra oriental, que parecía haber servido para cubrir los peldaños del trono de una Virgen; y un cassone, o arcón grande tallado, con motivos pintados en los costados y en la tapa.

Apenas había otros muebles en la gran estancia, salvo calcos, peldaños de madera, caballetes y cajas toscas, todo ello festoneado de telarañas.

La siguiente estancia era aún mayor, pero también estaba mucho más llena. Aparentemente, Piero estaba celebrando la Fiesta, pues la puerta

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