Había sido igualmente cauto en el hospital, limitándose a responder a las preguntas de los frailes del lugar que había sido hecho prisionero por los franceses cuando venía de Génova.
Pero su edad, y los indicios en su forma de hablar y en sus maneras de que pertenecía a una clase distinta de la de los mendigos ordinarios y los pobres viajeros que eran acogidos en el hospital, habían inducido a los monjes a ofrecerle una caridad adicional: una túnica de lana basta para protegerlo del frío, un par de zapatos de campesino y unos pocos danari, la más pequeña de las monedas florentinas, para ayudarlo en su camino.
Había tomado el camino de Arezzo temprano por la mañana; pero se había detenido en el primer pueblecito y había gastado un par de sus danari en afeitarse y en recortarse el círculo de pelo, a su antigua usanza. El barbero del lugar tenía un espejillo de mano de acero brillante: hacía mucho tiempo, hacía años, que Baldassarre no se miraba, y ahora, al posarse sus ojos en aquel espejo de mano, un nuevo pensamiento le cruzó la mente como un rayo.
«¿Estaba tan cambiado que Tito realmente no lo había reconocido?»
El pensamiento supuso una detención tan repentina de sus impetuosos impulsos, que le provocó una sacudida dolorosa; su mano tembló como una hoja cuando apartó el brazo del barbero y pidió el espejo. Deseaba verse a sí mismo antes de afeitarse. El barbero, al notar su temblor, le sostuvo el espejo.
No, no estaba tan cambiado como eso. Él mismo había conocido las arrugas tal como eran hacía tres años; ahora solo eran más profundas: tenía la misma piel áspera y torpe, que formaba pequeños relieves superficiales en la frente, como otras tantas marcas de cifras; la piel estaba tan solo más amarillenta, parecía más una corteza sin vida. Esa barba blanca y desgreñada —no era ningún disfraz para unos ojos que lo