a otros, hasta que se escucharon afuera unos pasos pesados y algo parecido al forcejeo de un hombre que era arrastrado. Los sonidos pronto se apagaron, y la interrupción pareció hacer que la camaradería de la última hora fuera más firme y vigorosa. Todos estaban dispuestos a olvidar un incidente desagradable.
El corazón de Tito le palpitaba con fuerza, y el vino no le sabía mejor que si hubiera sido sangre.
Esta noche había pagado un precio más alto que nunca para ponerse a salvo. No le gustaba el precio, y sin embargo era inevitable que se alegrara de la compra.
Y después de todo él dirigía el coro. Se encontraba en un estado de excitación en el que las sensaciones opresivas y la mísera conciencia de algo odioso pero irrevocable se mezclaban con un sentimiento de triunfo que parecía imponerse como el sentimiento que habría de prevalecer y ser dueño del mañana.