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XLVI. Bajo una farola

aferraba el hombro de Tito—; ¿a qué saliste corriendo a esconderte? No sabías que eran camaradas los que venían. Menos mal que te alcancé a ver; así ahorramos tiempo. ¿Qué hay de la cacería de mañana temprano? ¿Saltará la pieza calva? ¿Hay que tener listos los halcones?

Si hubiera estado en la naturaleza de Tito sentir un acceso de rabia, lo habría sentido contra este cómplice de cara de toro, incapaz tanto de líder como de instrumento. Sus labios se pusieron blancos, pero su agitación provenía de la apremiante dificultad de elegir un ardid seguro. Si intentaba callar a Spini, eso no haría más que profundizar la sospecha de Romola, y la conocía lo bastante como para saber que, si se despertaba en ella una fuerte alarma, no había modo de silenciarla ni de engañarla; por otra parte, si repelía a Spini con ira, el Compagnaccio con aliento a vino podría volverse violento, ya que era más propenso al resentimiento que a la adivinación de los móviles. Adoptó un tercer curso, lo que demostraba que Romola conservaba cierto tipo de poder sobre él: el poder del miedo.

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