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I. El náufrago desconocido

El orador se había unido al grupo justo a tiempo para escuchar el final del discurso de Nello, pero era una de esas figuras a las que todo el mundo les abre paso instintivamente, como lo haría ante un ariete.

No era mucho más alto que la media, pero la impresión de enorme fuerza que transmitían su amplio pecho y sus fornidos brazos desnudos hasta los hombros se veía intensificada por la aguda perspicacia y la serena resolución expresadas en su mirada y en cada surco de su mejilla y su frente.

A menudo había sido modelo involuntario para Domenico Ghirlandajo, cuando ese gran pintor hacía que los muros de las iglesias reflejaran la vida de Florencia, y traducía pálidas tradiciones aéreas al color profundo y las líneas enérgicas de los rostros que conocía.

El tinte naturalmente oscuro de su piel estaba aún más bronceado por el mismo polvillo que confería una superficie negra y pulida a su delantal de cuero: un depósito que la costumbre probablemente había convertido en una condición necesaria para su absoluta comodidad, pues no se lavaba con escrupulosa regularidad.

Goro volvió su mejilla regordeta y su ojo vidrioso hacia el franco orador con una mirada de desagrado más que de resentimiento.

—Vaya, Niccolò —dijo, en tono ofendido—, te he oído cantar otra canción muy distinta, y bastantes veces, cuando estabas sentando cátedra en San Gallo en día de fiesta. Te he oído decir a ti mismo que un hombre no es la rueda de un molino, para estar moliendo y moliendo mientras lo empujen, y luego quedarse quieto en su sitio sin moverse cuando el agua escasea. Y a ti te gusta tanto tu voto como a cualquiera en Florencia... ¡vaya!, y te he oído decir que si Lorenzo...

—Sí, sí —dijo Niccolò—. No andes tú sacando a relucir mis discursos otra vez después de habértelos tragado, ni los andes repartiendo como si

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