que agradables predicciones sobre Niccolò Macchiavelli, como un joven prometedor de quien se esperaba que remediara las arruinadas fortunas de su antigua familia.
—Pero, Melema, ¿qué mal sueño tuviste anoche para tomar mi ligero apretón por el de un sbirro o algo peor?
«¡Ah, messer Niccolò! —dijo Tito, reponiéndose al instante—; debe de ser un exceso de torpeza en mis venas lo que esta mañana se ha estremecido ante el acercamiento de vuestro ingenio. Pero el caso es que he tenido una mala noche».
«Es una mala suerte, porque hoy se espera que brilles sin ninguna niebla que te estorbe en los Jardines Rucellai. Doy por sentado que vas a estar allí».
—Messer Bernardo tuvo la gentileza de invitarme —dijo Tito—, pero estaré ocupado en otra parte.
—¡Ah! Ya recuerdo, estás enamorado —dijo Maquiavelo, encogiéndose de hombros—, de otro modo nunca tendrías compromisos tan inoportunos. Vaya, vamos a comernos un pavo real y ortolanos bajo la logia, entre los árboles raros de Bernardo Rucellai; allí estarán los espíritus más selectos de Florencia y los vinos más exquisitos. Solo que, como Piero de' Medici va a estar allí, puede que los espíritus selectos terminen ahogados en la competición de versos improvisados. Odio ese juego; es un artificio para el triunfo de los pequeños ingenios, que siempre se sienten más inspirados por las ocasiones más insignificantes.
—¿Qué es eso que va diciendo de Piero de’ Medici y de los espíritus mediocres, Messer Niccolò? —dijo Nello, cuya ligera figura se imponía en aquel momento sobre la hercúlea estructura de Niccolò Caparra.
Aquel famoso trabajador del hierro, a quien vimos por última vez con los fornidos brazos desnuestos y delantal de cuero en el Mercato Vecchio,