Un rostro entre la multitud
A la gente del Norte le es fácil levantarse temprano la mañana de San Juan, ver el rocío en el borde cubierto de hierba del polvoriento sendero, notar los brotes frescos entre el verde más oscuro del roble y el abeto en el soto, y mirar por encima de la verja el prado segado, sin recordar que es la Natividad de San Juan Bautista.
No así para el florentino —y menos aún para el florentino del siglo quince—: para él, en aquella mañana en particular, el brillo del sol de levante sobre el Arno tenía algo de especial; el repique de las campanas era articulado y proclamaba que se trataba de la gran fiesta de verano de Florencia, el día de San Juan.
San Giovanni había sido el santo patrono de Florencia durante al menos ochocientos años —desde los tiempos en que la reina lombarda Teodolinda había ordenado a sus súbditos rendirle honores peculiares; es más, dice el viejo Villani, que sepa él, desde los días de Constantino el Grande y el papa Silvestre, cuando los florentinos depusieron a su ídolo Marte, a quien, sin embargo, tuvieron la precaución de no tratar con contumelia; pues mientras consagraban su hermoso y noble templo en honor de Dios y del «Beato Messere Santo Giovanni», colocaron respetuosamente al viejo Marte en una alta torre cerca del río Arno, habiendo descubierto en ciertos memoriales antiguos que había sido elegido como su deidad tutelar bajo tales influencias astrales que, si se le rompía o se le trataba de otro modo con indignidad, la ciudad sufriría grandes daños y mutaciones. Pero en el siglo XV aquel prudente respeto por los sentimientos del Destructor de Hombres hacía tiempo que se había desvanecido: el dios de la lanza y del escudo había dejado de fruncir