mirada cobró una expresión más definida y al fin dijo con brusco énfasis:
«¡Ah! ¡habrías sido mi hija!»
El rápido rubor acudió al rostro de Romola y se desvaneció con la misma rapidez, dejándola con los labios pálidos y ligeramente entreabiertos, como una imagen de horror esculuida en mármol.
Para su mente, la revelación era un hecho. Adivinó los sucesos que se ocultaban tras aquella única palabra y, en el primer instante, no hubo freno posible para la creencia impulsiva que brotaba de su agudo conocimiento de la naturaleza de Tito.
La viva respuesta de su rostro sirvió de estímulo a Baldassarre; por primera vez sus palabras habían surtido el efecto deseado. Continuó con creciente ardor y firmeza, poniendo una mano sobre el brazo de ella.
—Eres una mujer de sangre orgullosa; ¿no es verdad? Vas a escuchar al predicador; odias la bajeza... la bajeza que sonríe y triunfa. ¿Odias a tu marido?