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XI. El dilema de Tito

Así entró en la habitación del segundo piso —donde Romola y su padre se sentaban entre el pergamino y el mármol, ajenos a la vida de las calles tanto en los días de fiesta como en los laborables— con el rostro apenas un poco menos radiante que de costumbre, por el pesar de llegar tan tarde: un pesar que no necesitaba testimonio, puesto que había renunciado a ver el Corso para expresarlo; y luego se dispuso a imprimir un extra de animación a la velada, aunque todo el tiempo su conciencia obraba como una máquina de complejo mecanismo, dejando depósitos muy distintos al hilo de la conversación; y para cuando descendió las escaleras de piedra y salió por la sombría puerta bajo la luz de las estrellas, su mente había alcanzado verdaderamente una nueva etapa en la gestación de un propósito.

Y cuando, al día siguiente, una vez libre de sus labores profesorales, subió por la Via del Cocomero hacia el convento de San Marcos, su propósito estaba ya plenamente definido.

Iba a cerciorarse de fray Lucas de cuánto conjeturaba exactamente de la verdad y sobre qué fundamentos lo conjeturaba; y, además, cuánto tiempo iba a permanecer en San Marcos.

Y sobre la base de ese conocimiento más completo esperaba moldear una declaración que en cualquier caso lo librara de la necesidad de abandonar Florencia.

Tito nunca antes había tenido ocasión de inventar una mentira ingeniosa: la ocasión había llegado ahora —la ocasión que la circunstancia nunca deja de engendrar sobre la falsedad tácita—, y su ingenio estaba listo. Pues se había convencido de que no estaba obligado a ir en busca de Baldassarre. Una vez había dicho que, ante la seguridad razonable de la existencia de su padre y su paradero, iría tras él sin vacilar. Pero, después de todo, ¿por qué estaba obligado a ir?

¿Qué era, mirándolo bien, el fin de toda vida, sino extraer la máxima suma de placer? ¿Y no era su propia y floreciente vida una promesa de

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