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VIII. Un rostro entre la multitud

el ceño a la ribera del Arno, y se consideraba que las defensas de la República residían en su astucia y en sus arcas. Pues la lanza y el escudo podían alquilarse con florines de oro, y en los florines de oro siempre había estado la imagen de San Giovanni.

Mucho bien le había llegado a Florencia desde el oscuro tiempo de lucha entre el viejo patrono y el nuevo: alguna querella y derramamiento de sangre, sin duda, entre güelfos y gibelinos, entre negros y blancos, entre hijos ortodoxos de la Iglesia y patarinos herejes; algunas inundaciones, hambre y pestilencia; pero aun así, mucha riqueza y gloria.

Florencia había logrado conquistas sobre ciudades amuralladas antaño más poderosas que ella misma, y especialmente sobre la odiada Pisa, cuyos edificios de mármol eran demasiado altos y hermosos, cuyos mástiles eran demasiado honrados en las costas griegas e italianas.

El nombre de Florencia había ido creciendo con más y más orgullo en todas las cortes de Europa, qué digo, en la propia África, gracias a la fortaleza de su moneda de oro más puro, sus más finos tintes y tejidos, su erudición y genio poético sobresalientes, y sus ingenios de la clase más útil para la política y la banca: era un nombre tan omnipresente que un Papa con dotes para el epigrama había llamado a los florentinos «el quinto elemento».

Y de este gran destino, aunque pudiera depender en parte de las estrellas y de la Madonna dell’ Impruneta, y dependiera ciertamente de otros Poderes superiores menos nombrados, el mérito se debía en gran medida a San Giovanni, cuya imagen estaba en los hermosos florines de oro.

Por tanto, era justo que el día de San Giovanni⁠—aquella antigua festividad de la Iglesia ya venerable en los días de san Agustín⁠— fuera un día de singular regocijo para Florencia, y estuviera precedido por una vigilia guardada como mandaba el estricto estilo antiguo florentino, con mucha danza, muchas bromas callejeras y tal vez no pocas pedradas y

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