el ceño a la ribera del Arno, y se consideraba que las defensas de la República residían en su astucia y en sus arcas. Pues la lanza y el escudo podían alquilarse con florines de oro, y en los florines de oro siempre había estado la imagen de San Giovanni.
Mucho bien le había llegado a Florencia desde el oscuro tiempo de lucha entre el viejo patrono y el nuevo: alguna querella y derramamiento de sangre, sin duda, entre güelfos y gibelinos, entre negros y blancos, entre hijos ortodoxos de la Iglesia y patarinos herejes; algunas inundaciones, hambre y pestilencia; pero aun así, mucha riqueza y gloria.
Florencia había logrado conquistas sobre ciudades amuralladas antaño más poderosas que ella misma, y especialmente sobre la odiada Pisa, cuyos edificios de mármol eran demasiado altos y hermosos, cuyos mástiles eran demasiado honrados en las costas griegas e italianas.
El nombre de Florencia había ido creciendo con más y más orgullo en todas las cortes de Europa, qué digo, en la propia África, gracias a la fortaleza de su moneda de oro más puro, sus más finos tintes y tejidos, su erudición y genio poético sobresalientes, y sus ingenios de la clase más útil para la política y la banca: era un nombre tan omnipresente que un Papa con dotes para el epigrama había llamado a los florentinos «el quinto elemento».
Y de este gran destino, aunque pudiera depender en parte de las estrellas y de la Madonna dell’ Impruneta, y dependiera ciertamente de otros Poderes superiores menos nombrados, el mérito se debía en gran medida a San Giovanni, cuya imagen estaba en los hermosos florines de oro.
Por tanto, era justo que el día de San Giovanni—aquella antigua festividad de la Iglesia ya venerable en los días de san Agustín— fuera un día de singular regocijo para Florencia, y estuviera precedido por una vigilia guardada como mandaba el estricto estilo antiguo florentino, con mucha danza, muchas bromas callejeras y tal vez no pocas pedradas y