“¡Es un cúmulo de mentiras!”, exclamó el doctor, esforzándose por articular palabra, y luego desistió alarmado ante la proximidad de la navaja.
—No es a mí, ni a ninguno de los presentes, a quien tiene que decirle eso, doctor. No somos cabezas en las que plantar semejantes zarandajas. Pero ¿y qué? ¿Qué es un puñado de hombres prudentes contra una turba con piedras en las manos?
Los hay entre nosotros que piensan que Cecco d'Ascoli era un sabio inocente, y todos sabemos cómo lo quemaron vivo por ser más sabio que sus semejantes.
Ah, doctor, no es viviendo en Padua como se puede llegar a conocer a los florentinos. Creo firmemente que apedrearían al mismo Santo Padre si encontrasen una buena excusa para ello; y están convencidos de que usted es un nigromante que intenta propagar la peste vendiendo medicinas secretas, y me han dicho que sus específicos tienen en verdad un mal olor.
—¡Es falso! —exclamó el doctor, mientras Nello retiraba la navaja—; ¡es falso! Les mostraré las píldoras y los polvos a estos honorables signori, y el ungüento... tiene un olor excelente... un olor a... a ungüento.
Se levantó de un salto con la espuma en la barbilla y el paño al cuello para buscar en su alforja los difamados medicamentos, y Nello, en un instante, movió hábilmente la silla de afeitar hasta dejarla muy cerca de la cabeza del caballo, mientras Sandro, que ya había regresado, a una seña de su amo se colocó junto a la brida.
“¡Mirad, messeri!”, dijo el doctor, trayendo una pequeña caja de medicinas y abriéndola ante ellos.