El premio está casi al alcance de la mano
Tito caminaba con paso ligero, pues el miedo inmediato se había desvanecido; la habitual alegría de su carácter recuperó el predominio, y se dirigía a ver a Romola.
Sin embargo, la vida de Romola parecía una imagen de esa entrega amorosa y compasiva, de esa paciencia para soportar las tareas pesadas de las que él había huido y ante las cuales se había excusado.
Pero no había perdido el amor por la bondad, ni estaba preparado para sumergirse en el vicio: se encontraba en su temprana juventud, con pulsaciones sensibles a todo encanto y hermosura; conservaba aún un apetito saludable por los gozos humanos ordinarios, y el veneno solo podía hacer efecto poco a poco.
Se había vendido al mal, pero por el momento la vida le parecía tan semejante a lo de antes que no era consciente del vínculo. Pretendía que todo siguiera como hasta entonces, tanto en su interior como en el exterior: se proponía ganarse opiniones favorables mediante un esfuerzo meritorio, un saber ingenioso y una amable docilidad; no iba a hacer nada que lo desentonara con los seres a quienes quería.
Y le importaba muchísimo Romola; deseaba tenerla por esposa hermosa y amorosa. Podría haber una alianza más rica al alcance definitivo de unos logros tan exitosos como los suyos, pero no había ninguna mujer en toda Florencia como Romola. Cuando ella estaba cerca de él y lo miraba con sus sinceros ojos avellana, él quedaba subyugado por una influencia deliciosa, tan fuerte e inevitable