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XLVIII. Comprobación

La autenticidad implicaba la confesión del pasado, y la confesión conllevaba un cambio de propósito. Pero Tito tenía tan poca inclinación en esa dirección como la que tiene un leopardo a lamer leche cuando ya le han crecido los dientes. De todas las relaciones que no fuesen fáciles y agradables, ya sabemos que Tito huía: ¿por qué iba a aferrarse a ellas?

Y Romola había hecho difíciles sus relaciones con otros además de con ella misma. Había tenido una entrevista molesta con Dolfo Spini, que había vuelto furioso tras un inútil empapa-polainas bajo la lluvia y una larga espera en acecho, y aquella escena entre Romola y él mismo a la puerta de Nello, una vez llegada a oídos de Spini, podía ser la semilla de algo más ingobernable que la sospecha.

Pero ahora, al menos, creía que había dominado a Romola mediante un terror que apelaba a las fuerzas más poderosas de su naturaleza. Había alarmado su afecto y su conciencia mediante la imagen sombriza de las consecuencias; había paralizado su intelecto al colgar ante él la idea de una complejidad desesperada en los asuntos que desafiaba cualquier juicio moral.

Sin embargo, Tito no estaba tranquilo. El mundo aún no estaba del todo acolchado con terciopelo y, de haberlo estado, él no se habría entregado a esa blandura con pleno disfrute; pues antes de volver a salir esta noche se puso su coleto de cota de malla.

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