que le peguen. Pero ¿qué va a hacer una vieja sin un palo cuando las piernas del muchacho se ponen tan fuertes? Que su nobleza mire sus piernas».
Lillo, consciente de que se estaba hablando de sus piernas, se subió un poco más la camisa y las miró, tan redondas y aceitunadas, con un aire desapasionado y curioso.
Romola rió y se inclinó para darle una caricia, sacudiéndolo con afecto, y un beso; este gesto contribuyó a disipar los temores que Tessa ya había empezado a perder gracias a las palabras que Monna Lisa le había dirigido a Romola.
Pues cuando a Naldo le habían contado lo del Carnaval, y Tessa le había preguntado quién podría ser aquella señora celestial que había aparecido justo cuando se la necesitaba y se había desvanecido tan pronto —si no sería acaso la Santísima Virgen en persona—, él le había contestado: «No exactamente, mi Tessa; tan solo una de las santa», y no había querido decir más.
De modo que, en esa combinación onírica de escasas experiencias que componía el pensamiento de Tessa, la imagen de Romola había quedado confusamente asociada a la de los cuadros de las iglesias; y cuando volvió a aparecer, el agradecido recuerdo de su protección estaba ligeramente teñido de temor religioso —no muy hondo, pues el miedo de Tessa se debía sobre todo a los seres feos y malignos.
Parecía improbable que los seres buenos se enfadaran y la castigasen, como era costumbre en Nofri y en el demonio. Y ahora que Monna Lisa había hablado con franqueza de las piernas de Lillo y Romola se había echado a reír, Tessa se sentía mucho más tranquila.
—Ninna está en la cuna —dijo—. Es bonita también.