no tengo voluntad de resistirme al tuyo; más bien, mi corazón acogió la súplica de Tito desde su misma primera expresión. Sin embargo, debo hablar con Bernardo sobre las medidas necesarias que deben observarse. Pues no debemos actuar a la ligera, ni hacer nada indecoroso para con mi nombre. Soy pobre, y los ricos de nuestra familia me tienen en poco valor —incluso, puedo considerarme un hombre solitario—, pero aun así debo recordar que el nacimiento noble tiene sus obligaciones. Y no quisiera que mis conciudadanos me reprochasen una prisa imprudente al entregar a mi hija. Bartolommeo Scala dio su Alessandra al griego Marullo, pero el linaje de Marullo era bien conocido, y el propio Scala es de baja extracción. Sé que Bernardo sostendrá que debemos tomarnos nuestro tiempo: tal vez me reproche la falta de la debida previsión. Sed pacientes, hijos míos: sois muy jóvenes.
No se podía decir más, y el corazón de Romola estaba plenamente satisfecho. No así el de Tito.
Si la sutil mezcla de bien y mal prepara sufrimientos para la verdad y la pureza humanas, también hay sufrimientos preparados para el malhechor por esas mismas condiciones encontradas.
Mientras Tito besaba a Romola en su despedida aquella noche, la fuerza misma de la emoción que conmovía todo su ser al sentir que aquella mujer, cuya belleza era casi imposible concebir sino como consecuencia necesaria de su noble naturaleza, lo amaba con toda la ternura que revelaban sus claros ojos, provocó una intensa reacción de arrepentimiento por no haberse mantenido libre de aquel primer engaño que lo había arrastrado al peligro de caer en desgracia ante ella.
Un manantial de amargura se mezclaba con aquella fuente de dulzura. ¿Detendría eso la muerte Fray Luca? Tenía la esperanza de que así fuera.