Ariadna se descorona
Pasaron más de tres semanas antes de que todo el contenido de la biblioteca fuera empaquetado y trasladado. Y Romola, en lugar de cerrar los ojos y los oídos, había presenciado todo el proceso.
El agotamiento provocado por una emoción violenta suele traer consigo una brumosa incredulidad sobre la realidad de su causa; y por la tarde, cuando los obreros se habían marchado, Romola tomaba su lámpara de mano y caminaba lentamente entre la confusión de paja y cajas de madera, deteniéndose ante cada pedestal vacante, cada objeto familiar reducido a la impotencia, con una especie de amargo deseo de asegurarse de que existía una razón suficiente para que su amor se hubiera esfumado y el mundo fuera para ella un yermo.
Y aun así, al caer cada tarde, iba y volvía a ir; ya no para convencerse, sino porque avivar ese dolor y esa desolación en torno a la memoria de su padre era la vida más intensa que le quedaba a sus afectos.
El 23 de diciembre, supo que se llevaban los últimos bultos. Corrió a la galería de la parte alta de la casa para no perderse el último tormento de ver las lentas ruedas avanzar por el puente.
Era un día nublado y se acercaba el anochecer. El Arno corría oscuro y estremecido; las colinas estaban melancólicas; y Florencia, con sus torres de piedra circundantes, tenía ese aspecto silencioso y sepulcral que la sombra ininterrumpida confiere a una ciudad vista desde arriba. > Santa Croce, donde yacía su padre, estaba oscura en medio de esa oscuridad, y cruzando lentamente el