Sin embargo, cuando Romola le sonrió al pequeño que se chupaba sus propios labios lechosos y volvió a tender el vaso de bronce, diciendo: «Danos más, buen padre», este obedeció con menos nerviosismo que antes.
Por su parte, Romola no carecía de perspicacia; y cuando se hubo bebido la segunda ración de leche, miró al hombre de cabeza redonda y dijo con apacible decisión:
“Y ahora dime, padre, cómo vino esta pestilencia, y por qué dejas que tu gente muera sin los sacramentos y yazca sin sepultura. Pues he venido a través del mar para ayudar a los que quedan con vida, y tú también los ayudarás ahora”.
Él le contó la historia de la peste: y mientras se la contaba, el joven, que había huido antes, había venido espiando y avanzando gradualmente, hasta que al final se detuvo y observó la escena desde detrás de un arbusto cercano.
Tres familias de judíos, veinte almas en total, habían sido desembarcadas muchas