CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
Page 147 of 836
Table of Contents

IX. El rescate de un hombre

Cuando Cennini cerró la puerta tras él, Tito se dio la vuelta mientras la sonrisa se le borraba del rostro, y clavó los ojos en la mesa donde yacían los florines. No hizo ningún otro movimiento, sino que se quedó con los pulgares metidos en el cinturón, mirando hacia abajo, en ese estado de transfiguración que acompaña la concentración de la conciencia en alguna imagen interior.

“¡El rescate de un hombre!”, ¿quién había dicho que quinientos florines eran más que el rescate de un hombre? Si ahora, bajo este sol de mediodía, en alguna costa lejana y calurosa, un hombre ya entrado en años —un hombre no exento de nobles pensamientos y poseedor del corazón más apasionado—, un hombre que hacía muchos años había rescatado a un pequeño de una vida de mendicidad, inmundicia y cruel agravio, que lo había criado con ternura y había sido para él como un padre; si ese hombre estuviera ahora bajo este sol de verano trabajando como esclavo, cortando leña y acarreando agua, tal vez siendo golpeado y abofeteado por no ser diestro ni ágil? Si se estuviera diciendo a sí mismo: “Tito me encontrará: no tenía más que llevar nuestros manuscritos y gemas a Venecia; habrá conseguido dinero y no descansará hasta dar conmigo”? Si eso fuera seguro, ¿podría él, Tito, ver el precio de las gemas tendido ante sí y decir: “Me quedaré en Florencia, donde me abanican los suaves aires del amor y la prosperidad prometidos; no me arriesgaré por su causa”? No, desde luego que no, si fuera cierto.

Pero nada podía estar más lejos de la certeza. La galera había sido capturada por una embarcación turca en su camino a Delos: eso se sabía por el informe de la galera compañera, que había escapado. Pero había habido resistencia, y probablemente derramamiento de sangre; se había visto a un hombre caer por la borda: ¿quiénes eran los supervivientes y qué les había ocurrido entre toda la multitud de posibilidades?

¿No había sufrido él, Tito, un naufragio, y escapado por poco de morir ahogado? Tenía sobrados motivos para sentir la omnipresencia de contingencias que amenazaban todos los proyectos con la futilidad.

147