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LXIX

De regreso a casa

En aquellas silenciosas horas invernales en que Romola yacía descansando de su fatiga, su mente, remontándose al pasado y contemplando la indefinida distancia del futuro, veía todos los objetos desde una nueva perspectiva.

Su experiencia desde el momento en que despertó en la barca había tenido sobre ella un efecto tan intenso como el de un sello fresco sobre la cera blanda. Se había sentido sin ataduras, sin motivación; hundiéndose en una mera queja egoísta de que la vida no podía traerle ninguna satisfacción; sintiendo el derecho a decir: «Estoy cansada de la vida, quiero morir».

Ese pensamiento había sollozado en su interior al quedarse dormida, pero desde el instante posterior a su despertar en que el grito la había atraído, ni siquiera había reflexionado, como solía hacerlo en Florencia, sobre el hecho de que se alegraba de vivir porque podía aligerar el sufrimiento; simplemente había vivido, con un impulso tan enérgico de compartir la vida a su alrededor, de responder a la llamada de la necesidad y hacer la obra que clamaba a gritos por ser hecha, que las razones para vivir, soportar y trabajar nunca adoptaron la forma de un argumento.

La experiencia fue como un nuevo bautismo para Romola. En Florencia, las relaciones más sencillas del ser humano con sus semejantes se habían visto complicadas para ella con todos los vínculos especiales del matrimonio, el Estado y el discipulado religioso, y cuando estos habían defraudado su confianza, el golpe pareció apartarla de la vida y entorpecer su compasión. Pero ahora se dijo:

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