guiará; o debes desobedecerla, y se colgará de ti con el peso de una cadena que arrastrarás para siempre. Pero la obedecerás, hija mía. Tu viejo criado volverá contigo con las mulas; mi compañero ha ido a buscarlo; y regresarás a Florencia.
Se levantó con furia en la mirada y se volvió hacia el orador. Era fray Girolamo: eso ya lo sabía de sobra.
Era casi tan alta como él, y sus rostros quedaban casi a la misma altura.
Se había levantado con palabras desafiantes a punto de estallar en sus labios, pero volvieron a apagarse sin llegar a pronunciarse. Se había topado con la mirada serena de fray Girolamo, y la impresión que le causó fue tan nueva para ella, que su ira decayó, avergonzada como algo fuera de lugar.
No había nada de trascendente en el rostro de Savonarola. No era hermoso. Tenía rasgos marcados y debía toda su finura a los hábitos mentales y a la rigurosa disciplina del cuerpo.
La fuente de la impresión que su mirada produjo en Romola fue la sensación que le transmitió de interés y cuidado hacia ella, ajenos a cualquier sentimiento personal. Era la primera vez que se encontraba con una mirada en la que la simple camaradería humana se expresaba como un vínculo intensamente sentido.
Tal mirada constituye la mitad de la vocación del sacerdote o guía espiritual de los hombres, y Romola sintió que le era imposible volver a cuestionar su autoridad para hablarle.
Permaneció en silencio, mirándolo. Y él volvió a hablar.
—Proclamas tu libertad con orgullo, hija mía. ¿Pero hay acaso alguien tan vil como el deudor que se cree libre?