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LV. Esperando

Ya avanzado el caluroso mes de junio, la Excomunión, llegada de Roma unas semanas antes, se promulgó solemnemente en el Duomo. Romola fue a presenciar la escena, para que la resistencia que esta inspiraba pudiera vigorizar aquella simpatía por Savonarola que era una de las fuentes de su fuerza. Aquello contrastaba de manera memorable con la escena que estaba acostumbrada a presenciar allí.

En lugar de rostros ciudadanos levantados que llenaban la vasta extensión bajo la luz de la mañana, con los más jóvenes ascendiendo en forma de anfiteatro hacia los muros y haciendo una guirnalda de esperanza en torno a los recuerdos de la vejez; en lugar de la voz poderosa que estremecía todos los corazones con el sentimiento de grandes cosas, visibles e invisibles, por las cuales luchar, estaban los muros desnudos al atardecer vueltos más sombríos por el parpadeo de los cirios; estaba el rebaño negro y gris de monjes y clérigos seculares con rostros agachados y sin esperanza; estaba el tintineo ocasional de campanillas en las pausas de una voz monótona que leía una oración que ya llevaba mucho tiempo colgada en las iglesias; y por fin estaba la extinción de los cirios y el paso lento y arrastrado de los pies monásticos que se marchaban en el silencio penumbroso.

El ardor de Romola a favor del Frate se vio doblemente fortalecido por el jubiloso triunfo que veía en los rostros duros y toscos, y por la confusión atemorizada en los rostros y en las palabras de muchos entre sus más fervientes amigos. La cuestión de dónde termina el deber de obediencia y dónde comienza el de resistencia no podía ser fácil en ningún caso; pero se volvía abrumadoramente difícil debido a la creencia de que la Iglesia era —no un compromiso entre partidos para asegurar una justicia más o menos aproximada en la asignación de fondos, sino— un organismo vivo, imbuido de poder divino para bendecir y para maldecir. Para la mayoría de los piadosos florentinos, que hasta entonces no habían sentido dudas en su adhesión al Frate, esa creencia en la potencia divina de la Iglesia no era una opinión adoptada, sino una impresión

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