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VI. Esperanzas al amanecer

Esperanzas al amanecer

Cuando Maso volvió a abrir la puerta y dio paso a los dos visitantes, Nello, haciendo primero una profunda reverencia a Romola, empujó con suavidad a Tito delante de él y avanzó con este hacia el padre de ella.

—Messer Bardo —dijo, en un tono más medido y respetuoso de lo habitual en él—, tengo el honor de presentaros al erudito griego, que ha estado deseoso de hablar con vos, tanto por el informe que le he hecho de vuestra sabiduría y de vuestras inestimables colecciones, como por el apoyo que vuestro patrocinio pueda brindarle ante la necesidad transitoria a la que se ha visto reducido por un naufragio. Se llama Tito Melema, a vuestro servicio.

El asombro de Romola difícilmente habría sido mayor si el desconocido hubiera llevado una piel de pantera y portado un tirso; pues el astuto barbero no había dicho nada sobre la edad ni el aspecto del griego, y entre los visitantes eruditos de su padre apenas había visto jamás a hombres que no fuesen de mediana edad o de canas.

Solo había un rostro masculino, a la vez juvenil y hermoso, cuya imagen había quedado profundamente grabada en su mente: era el de su hermano, que muchos años atrás la había tomado sobre sus rodillas, la había besado y nunca había vuelto: un rostro apuesto, de cabellos dorados como los suyos.

Pero la actitud habitual de su espíritu hacia los extraños⁠—una orgullosa autocomplacencia y la determinación de no pedir nada ni con una sonrisa⁠—, reafirmada en ella por las quejas de su padre contra la injusticia

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