“Estoy casada —dijo Tessa, con cierta mojigatería, recordando la orden de Naldo de que se comportara con gravedad—, y mi esposo me cuida mucho”.
“¡Ah, pues entonces has caído de pie! Nofri decía que eras una alimaña buena para nada; ¿pero y qué? Un asno puede rebuznar un buen rato antes de hacer caer las estrellas. Yo siempre dije que hiciste bien en huir, y no es frecuente que Bratti se equivoque.
Vaya, ¿con que tienes marido y un montón de dinero? Entonces nunca te parecerá mucho dar cuatro quattrini blancos por una cruz roja. Yo no obtengo ganancia; pero entre la hambre y la religión nueva, toda la demás mercancía se ha venido abajo.
Vives en el campo, donde hay castañas en abundancia, ¿eh? Ya veo que nunca te ha faltado la polenta”.
—No, nunca he querido nada —dijo Tessa, aún a la defensiva.
«Entonces te puedes permitir comprar una cruz. Hube de pedirle a un padre que las bendijera, y te llevas la bendición y todo por cuatro quattrini. No es por la ganancia; apenas gano un danaro con todo el lote. Pero al fin y al cabo son artículos sagrados, y cada vez cuesta más trabajo encontrar el camino al Paraíso: hasta el Carnaval parece la Semana Santa, y lo mínimo que puedes hacer para evitar que el Diablo tome la delantera es comprar una cruz. ¡Que Dios te guarde! ¡piensa en lo afilado que es el diente del Diablo! Ya le habrás visto morder al hombre en San Giovanni, ¡eso espero!»
Tessa se sentía muy agobiada y asustada.