enjundiosa soltura de Ridolfi—, puedo aprovechar esta oportunidad para decir que, si bien mis deseos están determinados en parte por relaciones personales de larga data, no puedo embarcarme en proyectos positivos con personas sobre cuyas acciones no tengo control. Yo mismo podría conformarme con una restauración del viejo orden de cosas; pero con modificaciones, con modificaciones importantes. Y el único punto en el que deseo declarar mi coincidencia con Lorenzo Tornabuoni es que la mejor política que deben seguir nuestros amigos es inclinar el peso de sus intereses hacia el partido popular. Por mi parte, no me abajo a ninguna disimulación; ni veo tampoco en el presente al partido o al proyecto que merezca mi entera aprobación. En todos por igual hay crudeza y confusión de ideas, y de los veinte hombres que son mis colegas en la crisis actual, no hay uno con quien no me encuentre en profundo desacuerdo.
Niccolò Ridolfi se encogió de hombros y dejó que otro tomara la iniciativa.
A medida que el vino corría, la conversación se volvía cada vez más franca y animada, y el deseo de varios a la vez de ser el principal orador hizo que, como de costumbre, la compañía se dividiera en pequeños grupos de dos o tres.
Era un resultado que Lorenzo Tornabuoni y Giannozzo Pucci habían previsto, y fueron de los primeros en apartarse de la corriente de la conversación general para entablar un diálogo particular con Tito, que se sentaba entre ellos; alejando poco a poco sus asientos y dando la espalda a la mesa y al vino.
“En verdad, Melema —decía Tornabuoni en este momento, cruzando una pierna calzada con calzas sobre la rodilla de la otra y acariciándose el tobillo—, no conozco en Florencia a ningún hombre que pueda servir a nuestro partido mejor que tú.