Porque no son solo las montañas y el río que se curva hacia el oeste lo que reconoce; no solo los oscuros flancos del monte Morello que tiene en frente, y el largo valle del Arno que parece extender su gris y mechona frondosidad hasta las lejanas crestas de Carrara; y la empinada altura de Fiesole, con su corona de muros monásticos y cipreses; y todas las laderas verdes y grises salpicadas de quintas que sabe nombrar mientras las mira.
Él ve otros objetos familiares mucho más cercanos a sus paseos diarios. Pues aunque echa de menos las setenta o más torres que antaño coronaban las murallas y ceñían la ciudad como con una diadema real, sus ojos no se detienen en ese vacío; se sienten atraídos irresistiblemente por la singular torre que surge, como el tallo alto de una flor que busca el sol, de la maciza torre almenada del Viejo Palacio en el corazón mismo de la ciudad—la torre que no parece haber empeorado por los cuatro siglos transcurridos desde que solía caminar bajo ella. La gran cúpula también, la más grande del mundo, que en su temprana infancia había sido tan solo un atrevido pensamiento en la mente de un hombre bajito de ojos vivaces—allí alza aún sus amplias curvas, eclipsando las colinas. Y los conocidos campanarios—el de Giotto, con su lejano tinte de rico color, y la Badia de esbelta aguja, y los demás—, a todos los miró desde el hombro de su nodriza.
“Seguramente —piensa—, Florencia aún puede tocar sus campanas con el solemne sonido de martillo que solía latir en los corazones de sus ciudadanos y avivar allí el fuego. Y aquí, a la derecha, se alza la larga masa oscura de la Santa Croce, donde enterramos a nuestros célebres muertos, colocando el laurel en sus frentes frías y abanicándolos con el soplo de la alabanza y de las banderas. Pero la Santa Croce no tenía chapitel entonces; los florentinos estábamos demasiado ocupados con grandes proyectos de construcción como para llevarlos a todos a cabo en piedra y mármol; teníamos que pagar nuestros