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LXIV

El profeta en su celda

La visita de Tito a San Marco había sido anunciada de antemano, y fray Niccolò, el secretario de Savonarola, lo condujo de inmediato por la escalera de caracol hacia los largos pasillos flanqueados de celdas; pasillos donde los frescos de fray Angélico, delicados como el arco iris en la nube que se disuelve, sorprendían aquí y allá al ojo desacostumbrado, como si hubieran sido reflejos repentinos proyectados desde un mundo etéreo, donde la Madonna se sentaba coronada en su radiante gloria, y el Divino Infante miraba hacia fuera con perpetua promesa.

Era una hora de descanso en el convento, y la mayoría de las celdas estaban vacías. La luz a través de las estrechas ventanas no contemplaba más que las paredes desnudas, el duro jergón y el crucifijo. E incluso detrás de aquella puerta, al fondo de un largo pasillo, en la celda interior que se abría desde una antesala donde el Prior solía sentarse a su escritorio o recibir visitas privadas, el alto haz de luz caía sobre un solo objeto más, que parecía tan común en el ámbito monástico como las paredes desnudas y el duro jergón. No era sino la espalda de una figura con la larga túnica y el escapulario blancos de los dominicos, arrodillada con la cabeza inclinada ante un crucifijo. Habría podido ser cualquier Fray Girolamo ordinario, que no tuviera peor pecado que confesar que pensar en cosas indebidas mientras cantaba en el coro, o sentir una alegría maliciosa cuando Fray Benedetto derramaba la tinta sobre sus propias miniaturas en el breviario que estaba iluminando; alguien que no albergara mayor pensamiento que el de trepar a salvo al Paraíso por la estrecha escalinata de la oración, el ayuno y la obediencia. Pero bajo aquella particular túnica blanca latía un corazón con una consciencia inconcebible

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