—Soy de la misma opinión que nuestro viejo Piero di Cosimo —dijo Francesco Cei—. Melema no me gusta ni medio pelo. Ese tic de la sonrisa se le está haciendo cada vez más pronunciado; no me extraña que tenga arrugas alrededor de la boca.
—Tiene demasiado éxito —dijo Maquiavelo, en tono de broma—. Seguro que le pasa algo malo, de lo contrario no tendría ese puesto de secretario.
—Es un hombre capaz —dijo Cennini, con un tono de imparcialidad judicial—. Mi hermano y yo siempre lo hemos encontrado útil con nuestros manuscritos griegos, y rinde gran satisfacción a los Diez. Me gusta ver a un joven abrirse camino por mérito propio. Y el secretario Scala, que lo favoreció desde el principio, sigue teniendo un alto concepto de él, bien lo sé.
—Sin duda —dijo un notario al fondo—. Le escribe las cartas oficiales a Scala, o se las corrige, y además le pagan muy bien por ello.
—Ojalá mester Bartolommeo me pagara por curarle el latín gotoso —dijo Maquiavelo, con un encogimiento de hombros—. ¿Le habló usted de la paga, ser Ceccone, o fue el propio Melema? —añadió, mirando al notario con un rostro irónicamente inocente.
—¿Melema? ¡De eso nada! —respondió ser Ceccone—. Es más cerrado que una nuez. Nunca presume. Por eso lo contratan en todas partes. Dicen que se está enriqueciendo haciendo toda clase de trabajos turbios.
—Es una pena imperdonable —dijo Maquiavelo—, ¡y con tantos notarios competentes sin empleo!
“Bueno, debo decir que me pareció una historia fea la de hace uno o dos años sobre aquel hombre que decía haber robado joyas —dijo Cei—. De algún modo se silenció; pero recuerdo que Piero di Cosimo dijo, en su momento, que creía que había algo de verdad en ello, pues vio el