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LI. La conversión de Monna Brigida

sonrisa fingida en los labios⁠—cuando se apartaba el pelo gris y lo dejaba caer de la sencilla manera piagnone alrededor de su rostro, el valor le fallaba. Monna Berta sin duda estallaría en carcajadas al verla y la llamaría vieja bruja, y como Monna Berta en realidad solo tenía cincuenta y dos años, poseía una superioridad que haría que el comentario resultara hiriente. Toda mujer que no fuera piagnone se encogería de hombros al verla, y los hombres se le acercarían como si fuera su abuela. Mientras que, a los cincuenta y cinco años, una mujer no era tan vieja⁠—solo requería un poco de arreglo. Así que el colorete, las trenzas y la birreta bordada volvían a ponerse, y Monna Brigida quedaba satisfecha con el efecto acostumbrado; en cuanto a su cuello, si se lo cubría, la gente podría suponer que era demasiado viejo para lucirlo y, por el contrario, con los collares alrededor, se veía mejor que el de Monna Berta. Ese mismo día, mientras se preparaba para el Carnaval piagnone, se había producido tal lucha, y los temores y anhelos encontrados que causaron dicha lucha hicieron que retrocediera y buscara refugio en la botica antes que enfrentarse a los recolectores del Anatema cuando Romola no estaba a su lado. Pero Monna Brigida no fue lo suficientemente rápida en su retirada. Había sido avistada, incluso antes de dar media vuelta, por los muchachos vestidos de blanco situados en la retaguardia de los que se giraban hacia Tessa, y la facilidad con la que se prescindió de Tessa se debió quizás, en parte, a que una sección de la tropa ya había abordado a un personaje que llevaba de forma más ostensible el peligroso peso del Anatema. Casualmente, varios miembros de esta tropa pertenecían a la edad más temprana admitida en un adoctrinamiento especial; y un pequeñajo de diez años, con su corona de olivo descansando sobre mejillas querúbicas y grandes

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