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LXII

Pero entonces llegó la voz, clara y baja al principio, pronunciando las palabras de absolución⁠—Misereatur vestri⁠—y más cayeron de hrodillas; y a medida que se elevaba más y más clara, las cabezas erguidas fueron cada vez menos, hasta que, al llegar a las palabras Benedicat vos omnipotens Deus, se elevó en un grito varonil, como protestando por su poder de bendecir bajo las garras de un demonio que quería ahogarla: resonó como una trompeta hasta los confines de la Plaza, y bajo ella toda cabeza fue inclinada.

Tras la emisión de aquella bendición, el propio Savonarola cayó de hinojos y ocultó el rostro en un agotamiento pasajero.

Aquellos grandes surtidores de emoción eran una parte necesaria de su vida; él mismo había dicho al pueblo hacía mucho tiempo: «Sin predicar no puedo vivir».

Pero era una vida que lo destrozaba.

Unos minutos más tarde, algunos se habían puesto en pie, pero un número mayor permanecía de rodillas, y todos los rostros lo miraban con fijeza. Había tomado en sus manos un vaso de cristal que contenía la Hostia consagrada y se disponía a hablar al pueblo.

“Recordáis, hijos míos, que hace tres días os supliqué, cuando alzara este Sacramento en mis manos ante todos vosotros, que rogarais fervorosamente al Altísimo para que, si esta obra mía no procede de Él, envíe un fuego y me consuma, para que yo desaparezca en la oscuridad eterna, lejos de Su luz que he ocultado con mi falsedad. De nuevo os supliqué que hagáis esa oración, y que la hagáis ahora”.

Era un momento sin aliento: quizá nadie rezaba realmente, si es que algunos, en espíritu de devota obediencia, hacían el esfuerzo de rezar. Toda conciencia estaba poseída principalmente por la sensación de que Savonarola estaba rezando, con una voz no alta, pero claramente audible en la amplia quietud.

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