Pero después de representada la comedia, aparece la realidad de la deuda, y suele ser cuantiosa. Para poder pagar los intereses, hay que emitir nuevos empréstitos, los cuales no liquidan sino que incrementan la deuda original.
Luego, cuando la capacidad de endeudamiento del gobierno se ha agotado, resulta necesario sufragar los intereses del empréstito —no el empréstito en sí— mediante nuevos impuestos. Estos impuestos no son más que un débito utilizado para cubrir un débito.
Luego viene el período de las conversiones, pero estas solo disminuyen el pago de los intereses sin anular las deudas. Además, no pueden realizarse sin el consentimiento de los tenedores de bonos.
Cuando se anuncia una conversión, se ofrece devolver el dinero a quienes no estén dispuestos a convertir sus bonos. Si todo el mundo exigiera su dinero, el gobierno caería en su propia red y sería incapaz de devolverlo todo.
Afortunadamente, los súbditos goyim, ignorantes de los asuntos financieros, siempre han preferido sufrir una caída en el valor de sus títulos y una reducción de los intereses antes que correr el riesgo de nuevas inversiones; así, han dado a estos gobiernos más de una oportunidad de deshacerse de un déficit de varios millones.
En la actualidad, con la existencia de préstamos extranjeros, los goyim no pueden jugar a esas tretas, pues saben que exigiríamos la devolución de todo el dinero.
Por tanto, una bancarrota declarada será la mejor prueba de la falta de interés común entre el pueblo y su gobierno.
Llamo su atención expresa sobre la circunstancia anterior, así como sobre la siguiente: