Hay otros que acuden con el fin de aprovechar la oportunidad de presentar al público sus esperanzas imposibles e infundadas. Anhelan la emoción del éxito y los aplausos que les otorgamos generosamente. Creamos su éxito para utilizar el autoengaño que nace con él y mediante el cual la gente, sin darse cuenta, comienza a seguir nuestras sugerencias sin sospecharlas, estando plenamente convencida de que su infalibilidad origina sus propias ideas y, por tanto, no necesita las de los demás. No os hacéis idea de lo fácil que es llevar incluso a los goyim más inteligentes a un estado de credulidad inconsciente y, por otra parte, lo fácil que es desanimarlos con el más mínimo fracaso, o simplemente dejando de aplaudirles, reduciéndolos así a la servidumbre con el fin de lograr un nuevo éxito. > En la misma medida en que nuestra gente ignora el éxito en aras de llevar a cabo sus planes, los goyim están dispuestos a sacrificar todos sus planes en aras del éxito. Su psicología nos facilita el problema de la dirección. Esos tigres en apariencia tienen almas de ovejas y la necedad se filtra por sus cabezas. Como pasatiempo les hemos dado el sueño de sumergir el individualismo humano a través de la idea simbólica del colectivismo.
Aún no han descubierto y no descubrirán que este pasatiempo es una clara infracción de la principal ley de la naturaleza, la cual, desde el principio del mundo, creó a un ser distinto de todos los demás, precisamente con el fin de expresar su individualidad.
Si fuimos capaces de conducirlos a creencias tan dementes y ciegas, ¿acaso no prueba esto evidentemente el bajo nivel de desarrollo de la mente goyim en comparación con la nuestra? Es precisamente esto lo que garantiza nuestro éxito.
¡Qué clarividentes fueron nuestros sabios de la antigüedad cuando dijeron que para alcanzar un objetivo serio no hay que detenerse ante los