En consecuencia, el mejor método de tributación es el establecimiento de un impuesto progresivo sobre la propiedad. De este modo, los impuestos se pagarán sin dificultad ni ruina en proporción respectiva a la cantidad de bienes poseídos. Los ricos deben comprender que es su deber ceder una parte de su riqueza excedente en beneficio del país en su conjunto, porque el gobierno garantiza la inviolabilidad de la parte restante de su propiedad y el derecho a la ganancia honesta. Digo honesta porque el control de la propiedad impedirá el robo legal.
Esta reforma social debe venir desde arriba, porque el momento está maduro y se está volviendo necesaria como garantía de paz.
El impuesto a los pobres es la semilla de la revolución y obra en detrimento del gobierno, que pierde lo mucho en su persecución de lo poco. Además, la imposición fiscal sobre el capital disminuirá el aumento de la riqueza en manos privadas, en las cuales actualmente la hemos concentrado como contrapeso al poder gubernamental de los goyim, a saber, a la tesorería del Estado.
La contribución progresiva, tasada en proporción al capital, producirá unos ingresos mucho mayores que el sistema actual de gravar a todos por igual, el cual solo nos es útil ahora como medio para excitar la revuelta y el descontento entre los goyim.
El poder de nuestro soberano residirá principalmente en el equilibrio y en las garantías de paz. Para lograrlos, los capitalistas deben ceder una parte de sus ingresos a fin de proteger el funcionamiento de la maquinaria gubernamental. Las necesidades públicas deben ser cubiertas por quienes mejor pueden permitírselo y por aquellos a quienes se les puede quitar algo.
Semejante medida eliminará el odio de los pobres hacia los ricos, ya que estos serán considerados como los sostenes financieros del Estado y los garantes de la paz y la prosperidad. Los pobres también verán que los ricos están proporcionando los medios necesarios para asegurar este fin.