El poder nacional de los Estados no judíos debe ser destruido mediante la instigación de revoluciones internas apelando al odio de clase, y mediante esfuerzos fingidos para obtener mayor libertad y privilegios para ciertas clases del pueblo, usando las palabras «libertad, igualdad y fraternidad» meramente como consignas para ganar reclutas para la causa judía. Los gobiernos autocráticos, que son los únicos fuertes, deben ser debilitados en primera instancia mediante la introducción del liberalismo, lo cual pavimentará el camino hacia la anarquía.
Todas las guerras deben ser «trasladadas a una base económica», sin permitir que de la guerra resulten ventajas territoriales, tendiendo así a hacer del control judío de la riqueza el factor determinante en la guerra.
Los derechos internacionales judíos deben fortalecerse a expensas de los derechos nacionales de las distintas naciones gentiles.
Los Estados no judíos deben debilitarse aún más mediante la promoción de políticas falsas y contradictorias; obteniendo el control secreto sobre las acciones de los funcionarios públicos; mediante la manipulación de la prensa y mediante la eliminación gradual de la libertad de expresión.
La autoridad de los gobiernos en los que impera el liberalismo debe ser debilitada mediante la destrucción de la religión (que no sea la religión judía), ya que es la fuerza conservadora y moral que hace posibles a los gobiernos liberales.
Para superar la resistencia de aquellos estados que no estén dispuestos a someterse al nuevo poder judío, no debe haber vacilación en recurrir a la violencia, la astucia, la hipocresía, el soborno, el fraude y la traición, ni a la incautación de la propiedad ajena.