Cuando lleguen más tarde a leer, señores, la historia de la revolución rusa, verán que algunos de los combates más sangrientos y los peores horrores han ocurrido en las aldeas. Esa gente sencilla y amante de la paz había estado viviendo entre sí durante siglos en mayor o menor armonía bajo su sistema comunista.
Pero de repente Lenin, mediante sus perniciosas políticas, enciende las pasiones de la clase desmoralizada y las vuelve contra las otras dos clases. En lugar de promover el amor fraternal y ayudar a unificar el sentimiento de la nación por el bien de todos, como nos esmeramos en hacer en América, los bolcheviques intentan, mediante la envidia y la animosidad, desintegrar a la población de diversas localidades en clases con la mira de que el honrado trabajador sea vencido y subyugado.
Ahora bien, esto es un asunto grave. El campesinado representa el 85 por ciento de los 160.000.000 de rusos.
“En Rusia el odio de clase se manifiesta en todas partes. Mencionaré un ejemplo que presencié en Petrogrado: el despojo de una mujer. Ya había oído hablar de eso antes. Serían como las seis y media, y empezaba a oscurecer, mientras caminaba por la Avenida Nevski de camino a casa. Oí el grito de angustia de una mujer en una calle perpendicular a la Nevski.
Allí, dos soldados le estaban quitando la capa —un abrigo de paño muy bueno y consistente— a una mujer. Y cuando los transeúntes protestaron, la respuesta fue: «Durante muchos años os hemos lustrado las botas y lavado la ropa. Ahora a vosotros, los burgueses, os toca inclinaros ante nosotros y lavar nuestra ropa y lustrarnos las botas».
Según los informes, el despojo para robar ropa se generalizó considerablemente en Moscú, Petrogrado y Kiev. Llegó al extremo de quitarles a las mujeres, además de las capas, los vestidos mismos y, cuando podían arreglárselas, quitarles también la ropa y los abrigos a los hombres...