instituciones existentes, para poner las manos en la ley, para alterar todas las instituciones y para convertirse en gobernante de aquellos que voluntaria, liberalmente han renunciado en nuestro beneficio a los derechos sobre su propio poder.
Con la inestabilidad actual de toda autoridad, nuestro poder será más inexpugnable que cualquier otro, porque será invisible hasta que esté tan bien arraigado que ninguna astucia pueda socavarlo.
Del mal temporal al que ahora nos vemos obligados a recurrir emergerá el bien de un gobierno inquebrantable, que restablecerá el funcionamiento ordenado del mecanismo de la existencia popular interrumpido ahora por el liberalismo.
El fin justifica los medios.
Al trazar nuestros planes debemos prestar atención no tanto a lo bueno y moral como a lo necesario y útil. Ante nosotros se yergue un plan en el que se muestra una línea estratégica, de la cual no debemos desviarnos bajo pena de arriesgar el colapso de muchos siglos de trabajo.
Al elaborar un plan de acción oportuno es necesario tener en cuenta la mezquindad, la vacilación, la inconstancia de la muchedumbre, su incapacidad para valorar y respetar las condiciones de su propia existencia y de su propio bienestar.
Es necesario comprender que el poder de las masas es ciego, carece de raciocinio y de discernimiento, propenso a escuchar a diestra y siniestra.
El ciego no puede guiar a los ciegos sin conducirlos al abismo; por consiguiente, los miembros de la multitud, los advenedizos salidos del pueblo, aun cuando fueran hombres de genio pero incompetentes en política, no pueden erigirse en líderes de la muchedumbre sin arruinar a toda la nación.