Guiadas enteramente por pasiones superficiales, supersticiones, costumbres, tradiciones y teorías sentimentales, las personas que forman y componen la muchedumbre se ven envueltas en disensiones partidarias que impiden toda posibilidad de acuerdo, aun cuando este se base en un razonamiento perfectamente sólido. Cada decisión de la muchedumbre depende de la mayoría accidental o preestablecida que, debido a su ignorancia de los secretos políticos, emite decisiones absurdas, introduciendo así las semillas de la anarquía en el gobierno.
La política no tiene nada en común con la moral. El gobernante guiado por la moral no es un político experto y, en consecuencia, no está firme en su trono.
Quien desee gobernar debe recurrir a la astucia y a la hipocresía. Las grandes cualidades populares —la honradez y la franqueza— se convierten en vicios en política, ya que derrocan de manera más certera y segura que el más poderoso enemigo.
Estas cualidades deben ser atributos de los países goyim; pero nosotros de ningún modo debemos guiarnos por ellas.
Nuestro derecho radica en la fuerza. La palabra «derecho» es una idea abstracta, incapaz de ser demostrada. Esta palabra no significa otra cosa que: Dame lo que deseo para poder tener la prueba de que soy más fuerte que tú.
¿Dónde empieza el derecho? ¿Dónde termina?
En un Estado con un gobierno mal organizado y donde las leyes carecen de importancia, y el gobernante ha perdido su dignidad como resultado de la acumulación de derechos liberales, encuentro un nuevo derecho, a saber, el derecho de la fuerza para destruir todo el orden y todas las