El señor Dillon enfatiza que las demandas judías de privilegios nacionales especiales fueron fomentadas en gran medida por los judíos occidentales, incluidos los de los Estados Unidos. Afirma incluso que, entre los muchos judíos que estuvieron presentes en la Conferencia de Paz de París, «el contingente más numeroso y brillante fue enviado por los Estados Unidos». (Página 12).
Según este autor, «su misión principal, con la que simpatizaba de todo corazón cualquier hombre imparcial, era asegurar para sus familiares en Europa Oriental derechos iguales a los de las poblaciones entre las cuales residen. Y para crédito de los polacos, rumanos y rusos, a quienes se iba a obligar a eliminar todas las incapacidades existentes, estos emanciparon a los elementos hebreos espontáneamente. Pero los judíos occidentales que defendieron a sus hermanos orientales procedieron a exigir una concesión adicional que muchos de sus propios correligionarios se apresuraron a rechazar por peligrosa: una especie de autonomía que los estadistas rumanos, polacos y rusos, así como muchos de sus conciudadanos judíos, consideraban equivalente a la creación de un Estado dentro de otro Estado». (Página 13).
Los tratados impuestas por los Aliados a Polonia, Rumanía, Checoslovaquia, Yugoslavia y Grecia concedieron todas, o casi todas las demandas de los judíos contenidas en la mencionada «Declaración de Derechos», mientras que Austria y Hungría dieron garantías en sus tratados con las Potencias Aliadas y Asociadas de que protegerían los «derechos de las minorías» de la misma manera general definida en los tratados con las otras cinco potencias.
Estos tratados, como señala acertadamente el Sr. Dillon, van mucho más allá de garantizar a los judíos residentes en estos diversos países plena igualdad política con los demás ciudadanos, y libertad frente a la persecución o la discriminación por motivos de raza o religión.